Izan: El Último Guardián del Sol.

La Fractura del Sol y la Sombra

Mucho antes de que los hombres trazaran fronteras sobre la piedra o midieran el tiempo en los astros, la tierra andina respiraba al ritmo de dos fuerzas primordiales.
En las alturas del cielo habitaba el Nina Amaru, la gran serpiente alada de fuego, cuyo aliento encendía la vida, doraba el maíz y otorgaba la furia del combate. En las profundidades de los ríos y lagunas dormía el Yaku Amaru, la serpiente de cristal y plata, cuyo dominio sobre las corrientes traía la lluvia, sanaba las heridas y resguardaba el equilibrio del mundo.
Ambas deidades existían para contener a Wakon, la entidad primogénita del Uku Pacha. Wakon no poseía forma fija; era una masa de sombra, sequía y hambre voraz que ansiaba devorar la luz del mundo y reducir la vida a un páramo estéril. Para asegurar la protección de la humanidad, los Amarus depositaron la esencia de su poder en dos reliquias de metal divino: el pectoral del fuego y el pectoral de las corrientes. Solo quien uniera ambas piezas mediante el rito del Unanchanacuy podría invocar el poder absoluto de los dragones.
Siglos más tarde, el imperio del Tahuantinsuyo prosperó bajo la sombra de estas leyendas. El Inca Huayna Cápac, presintiendo su final, entregó el Nina Amaru a su hijo Atahualpa en el norte, y el Yaku Amaru a su hijo Huáscar en el sur.
-Guarden el equilibrio -les advirtió el monarca en su lecho de muerte-. Si el fuego y el agua se enfrentan, las cadenas del inframundo se romperán.
Pero la ambición de los consejeros y el veneno de la desconfianza pudieron más que el mandato paternal. La guerra fratricida estalló. En los campos de Tomebamba, el suelo se tiñó de rojo con la sangre de miles de guerreros. El dolor y la ira de la contienda agrietaron los sellos profundos de la tierra. Desde el abismo, Wakon comenzó a despertar, absorbiendo el odio de los hermanos.
En medio de aquel caos, los cielos se oscurecieron con un presagio aún peor: extraños hombres de hierro desembarcaron en las costas. El imperio, dividido y desangrado, se desmoronó.
En la penumbra de su cámara real, minutos antes de ser capturado, Atahualpa miró el collar de fuego en sus manos. Un retumbo cavernoso sacudió los cimientos del templo.
-El devorador despierta... -susurró el príncipe, sintiendo el aire volverse acre-. Mi hermano y yo le hemos entregado el mundo en bandeja.
-Señor -intervino el sumo sacerdote de Tomebamba, cubierto en ceniza-. Debemos ocultar las reliquias. Si los invasores o las sombras de Wakon las reclaman, no habrá mañana.
-Llévenlas a las entrañas de la tierra -ordenó Atahualpa con voz firme, aunque sus ojos reflejaban una honda pesadumbre-. Que descansen hasta que nazca un espíritu capaz de reparar la herida que Huáscar y yo le hicimos al Sol.
El Nina Amaru fue sepultado en una bóveda olvidada de la Sierra norte. El Yaku Amaru viajó hacia las profundidades de Sacsayhuamán. El imperio cayó, los príncipes murieron y la historia se volvió ceniza. Pero en el abismo, Wakon continuó acumulando rencor, esperando el momento en que las cadenas del tiempo terminaran de ceder.




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