El motor del camión de carga retumbaba con un chasquido metálico mientras cruzaban los caminos clandestinos entre Macará y la frontera peruana. La noche era helada, cerrada y sin estrellas. En la parte trasera, acurrucados entre sacos de café y lonas de plástico, Izan y Nayra compartían una manta en silencio.
Izan no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro deforme de los engendros y la voz retumbante de Atahualpa lo despertaban de golpe. Su pecho latía a un ritmo sofocante.
-Respira lento -murmuró Nayra en la penumbra. Su voz, tan cerca de su oído, le erizó la piel.
-No puedo -dijo Izan, mirando sus propias manos. Los nudillos le temblaban y finos hilos de luz dorada brotaban de sus uñas-. Siento que en cualquier momento voy a hacer explotar este camión. Es como tener agua hirviendo en las venas todo el tiempo.
Nayra no dudó. Se acercó más a él, tomó la mano derecha de Izan entre las suyas y entrelazó sus dedos. El contacto fue directo y eléctrico; la piel de ella estaba fría, y al tocarlo, una sensación de alivio inmediato recorrió el brazo de Izan, sofocando la fiebre del collar.
-El fuego busca quemar todo lo que toca porque está desorientado -dijo ella, mirándolo a los ojos en la penumbra del vehículo-. Tienes que fijar tu mente en algo real. Algo que te mantenga en la tierra cuando la energía quiera arrastrarte.
Izan la miró fijamente. En mitad de la oscuridad y del miedo a volverse un monstruo, la presencia de Nayra era el único punto firme en su mundo.
-En ti -susurró Izan sin pensarlo, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco.
Nayra se quedó en silencio un segundo, con los labios ligeramente entreabiertos. Una chispa distinta, no mágica sino dolorosamente humana, cruzó la mirada de ambos. Ella no soltó su mano; al contrario, apretó los dedos con más fuerza.
-En mí -asintió ella en un susurro tenue-. Cuando sientas que te pierdes, búscame.
Un frenazo seco del camión los arrojó hacia adelante.
El vehículo derrapó ruidosamente sobre la grava de la carretera y el motor se apagó de golpe. Un silencio sepulcral cayó sobre la noche, roto solo por el silbido del viento andino.
-¿Qué pasó? -dijo Izan, la adrenalina disparándose al instante.
«¡Están aquí!», rugió la voz de Atahualpa en la mente de Izan, tan fuerte que le hizo ahogar un grito de dolor. «¡Izan, prepárate!»
Fuera del camión, el chofer lanzó un alarido desgarrador que se cortó en seco con el crujido horrendo de huesos rompiéndose.
Un olor nauseabundo a carne podrida y azufre atravesó las lonas de la camioneta. Al segundo siguiente, la estructura de metal del techo fue arrancada de cuajo por un zarpazo de sombra pura, dejando la parte trasera al descubierto bajo el cielo nocturno.
-¡Abajo! -gritó Nayra, alzando su vara.
Tres criaturas del Uku Pacha, más corpulentas y ágiles que las de Tomebamba, cayeron al interior del camión. Sus ojos rojos relucían con un hambre salvaje, y de sus hocicos goteaba una baba negra que corroía los sacos de madera al tocar tierra.
Una de las bestias saltó hacia Nayra, atrapándola por el hombro con sus garras oscuras y derribándola violentamente contra el borde de la carrocería.
-¡Nayra! -gritó Izan.
La visión de Nayra atrapada y en peligro rompió el último cerrojo de la cordura de Izan. La ira y el pánico se fusionaron en un estallido brutal. El Nina Amaru en su pecho detonó con un resplandor dorado incandescente que iluminó la noche entera.
Las venas de su rostro y brazos se marcaron como riachuelos de fuego líquido. Izan no pensó; se abalanzó sobre la criatura con una velocidad inhumana.
Atrapó a la bestia de sombra por las mandíbulas con las manos desnudas. El fuego sagrado brotó de sus palmas con la fuerza de un soplete industrial. El monstruo lanzó un chillido insoportable mientras el fuego dorado lo incineraba desde el interior, reduciéndolo a cenizas volátiles en cuestión de tres segundos.
Sin detenerse, impulsado por una furia ciega, Izan se giró hacia las otras dos criaturas.
-¡Izan, detente! -gritó Yawar desde un rincón, tratando de protegerse de las esquirlas de luz.
Izan no escuchaba. Sus ojos eran dos orbes dorados sin pupila. El poder del rey inca amenazaba con devorarlo por completo. Flexionó las piernas y se lanzó sobre las bestias restantes, conectando un puñetazo directo al tórax del primer monstruo. La onda de choque de aire y fuego destruyó la criatura y mandó a volar al segundo engendro a veinte metros de distancia, estrellándolo contra un muro de piedra al borde de la carretera.
El camión entero estaba en llamas. El aire se volvía irrespirable.
Izan permaneció de pie en medio del fuego, respirando con estertores violentos, apretando los puños. Las llamas de sus manos no se apagaban; comenzaban a trepar por sus brazos hacia su cuello. La sed de destrucción lo estaba consumiendo.
-Izan... -una voz suave se abrió paso entre el rugido del fuego en sus oídos.
Nayra, sujetándose el hombro ensangrentado, caminó directamente hacia él a través de las brasas. Ignoró el calor sofocante que el cuerpo de Izan emanaba.
-Aléjate... -alcanzó a articular Izan con una voz gruesa, distorsionada por la energía divina-. Te voy a hacer daño...
-No lo harás -dijo Nayra con una determinación absoluta.
Caminó hasta quedar frente a él, se puso de puntillas y le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla a los ojos. El contacto helado de las manos de Nayra con la piel hirviente de Izan soltó una estela de vapor blanco.
-Mírame, Izan -le ordenó ella en un susurro firme-. Soy Nayra. Estás aquí, conmigo. Vuelve.
Izan la miró. En el fondo de sus ojos dorados, la pupila humana volvió a aparecer. Sintió el dolor del hombro de Nayra, sintió el frío de la noche y el pulso agitado de la chica contra sus palmas.
La vorágine de fuego en su mente retrocedió. El resplandor de sus brazos se apagó poco a poco, dejando solo la marca dorada en su pecho latiendo con suavidad.
Izan cayó de rodillas, agotado, sosteniéndose de la cintura de Nayra para no desplomarse en la tierra. Apoyó la cabeza contra el abdomen de ella, respirando a bocanadas desesperadas.
-Lo... lo siento -susurró él, temblando por el colapso de adrenalina.
Nayra le pasó los dedos por el cabello desordenado, abrazándolo con fuerza contra su pecho mientras miraba los restos en llamas de la carretera.
-Lo hiciste bien -murmuró ella, con la voz quebrada por la emoción-. Nos salvaste.
A lo lejos, en las profundidades de las montañas peruanas, un retumbo sepulcral sacudió la tierra. Wakon sabía que el fuego cruzaba la frontera, y el tiempo para alcanzar el Cusco se agotaba.
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Editado: 24.09.2026