Izan: El Último Guardián del Sol.

Capítulo 4: La Sombra sobre las Ruinas

Antes de que Izan pudiera asimilar la idea de viajar a Perú con una desconocida y el fantasma de un rey inca, la temperatura de la sala subterránea cayó en picada.

​El agua de los brazueros se congeló al instante y el olor a azufre y tierra podrida llenó el aire.

​-Están aquí... -susurró Yawar, retrocediendo hacia el altar.

​Desde las sombras de los arcos de piedra, la materia oscura comenzó a filtrarse, adoptando la forma de criaturas cuadrúpedas de contornos difusos, con ojos rojos como brasas extintas.

​Izan dio dos pasos atrás, el corazón latiéndole a mil por hora.

​-¡¿Qué demonios son esas cosas?! -gritó, sintiendo que las piernas le temblaban.

​-¡Engendros del Uku Pacha! -exclamó Nayra. Sin perder un segundo, alzó su vara y golpeó el suelo con fuerza. Una onda de energía luminosa repelió a la primera criatura, haciéndola retroceder con un chillido agudo.

​Uno de los monstruos saltó directamente hacia Izan. Llevado por el mero instinto de conservación, Izan levantó los brazos para cubrirse la cara. La marca de su pecho estalló en llamas doradas y, al empujar las manos hacia adelante, lanzó una ráfaga de fuego que redujo a la bestia a cenizas en medio segundo.

​Izan se miró las manos, atónito y temblando de miedo.

​-¡Cuidado! -gritó Nayra, apartándolo de un tirón justo cuando otra sombra arremetía donde él estaba parado.

«¡Usa el fuego, muchacho! ¡No le tengas miedo al poder que llevas dentro!», le gritó Atahualpa.

​-¡No sé cómo usarlo! ¡Solo empujé los brazos! -respondió Izan presa del pánico.

​Nayra se colocó espalda con espalda junto a él, sosteniendo su vara con firmeza. Izan podía sentir el calor de su cuerpo y su respiración agitada pero controlada.

​-Escúchame, Izan -dijo Nayra, mirándolo de reojo con firmeza-. Deja de luchar contra el collar. Si quieres salir vivo de esta cueva, tienes que confiar en mí y en la energía que tienes. ¿Entendiste?

​Izan miró a los monstruos que se acercaban, luego miró a Nayra. A pesar de la locura de la situación, la determinación en los ojos de la chica le dio el primer rayo de certeza en todo el día.

​-Está bien... -asintió Izan, apretando los puños mientras las venas doradas volvían a brillar bajo su piel-. Dime qué hago.

​-Mantén el fuego activo y cubre el altar. Yo abriré el pasaje de salida -ordenó Nayra, comenzando a recitar una invocación en kichwa mientras su vara brillaba con intensidad.

​Izan dio un paso al frente, haciendo frente a las sombras, aceptando por primera vez que el mundo al que pertenecía ya nunca volvería a ser el mismo.




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