El ascenso fuera de la caverna fue un desastre de tropezones y negación. Izan escaló la grieta rocosa impulsado por un pánico ciego, esperando que la luz del sol disipara al espectro y la extraña sensación en su pecho.
Pero no ocurrió.
Al salir al frío aire del páramo, la silueta etérea de Atahualpa flotaba justo a su lado, inmune al viento helado.
«Tu resistencia es admirable, pero tus quejas son inútiles», dijo el príncipe con cierta impaciencia. «Avanza. Las sombras que viste abajo eran solo rastreadores. Pronto vendrán más.»
-Déjame en paz -masculló Izan, apretándose el pecho y caminando a trompicones entre los pajonales-. No hay rastreadores, no hay sombras, no hay nada. Me caí, me golpeé y estoy teniendo una psicosis inducida por el golpe. Eso es todo.
De repente, una gran roca de andesita bloqueó el sendero estrecho del barranco. En condiciones normales, Izan habría tenido que rodearla por la pendiente peligrosa. Frustrado y al borde de las lágrimas, le propinó una patada a la piedra sin pensar.
El resultado lo dejó helado.
La roca -un bloque de más de doscientos kilos- salió disparada varios metros como si fuera un balón de fútbol, estrellándose contra el barranco y haciéndose pedazos. El impacto levantó una nube de polvo.
Izan miró su bota intacta. Luego miró sus manos, que no sentían el más mínimo dolor.
-No... no puede ser -susurró, dando tres pasos hacia atrás, hiperventilando-. ¿Qué carajos...?
«Te lo dije», intervino Atahualpa con frialdad. «El Nina Amaru te otorga la fuerza de diez guerreros. Pero tu mente se niega a aceptarlo. Si no canalizas esa energía hacia Tomebamba, tu corazón terminará por quemarse.»
-¡Yo no pedí la fuerza de diez guerreros! ¡Yo quería entregar un informe de Geografía! -gritó Izan al aire, llamando la atención de Mateo que caminaba a lo lejos.
-¡Izan! -gritó Mateo a la distancia, corriendo hacia él-. ¡¿Qué fue ese estruendo?! ¡Te estuvimos buscando! ¿Estás bien? Estás blanco como un papel.
Izan miró a Mateo, luego a la roca destruida y finalmente al espectro de Atahualpa, a quien Mateo parecía ignorar por completo.
-Mateo... -dijo Izan con la voz temblorosa, agarrando a su amigo por los hombros con tanta fuerza involuntaria que Mateo dio un quejido de dolor-. Dime que ves al tipo flotando al lado mío. Por favor, dime que lo ves.
-¡Aay! ¡Sueltamé, hermano! ¿De qué hablas? No hay nadie -dijo Mateo sobándose los brazos, mirándolo con preocupación genuina-. Estás delirando, te cayó mal la altura. Vamos al autobús ya.
Izan soltó a su amigo, tragando saliva. La realidad lo estaba aplastando: no estaba loco, la fuerza era real, la marca en su pecho ardía y nadie más podía ver al rey muerto que lo acompañaba.
-Sí... la altura -mintió Izan, ajustándose la chaqueta para ocultar el brillo de su pecho-. Vamos al autobús.
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Editado: 23.09.2026