El viento de la alta montaña soplaba con la fuerza de una hoja de afeitar. A más de tres mil metros sobre el nivel del mar, el páramo se extendía como un mar de paja dorada y neblina espesa que engullía los contornos de las rocas.
Izan se ajustó la bufanda, temblando bajo su abrigo. A sus veinte años, lo único que le importaba esa mañana era recoger un par de muestras de suelo, entregar el informe de Geografía Andina al profesor y volver a su casa a descansar.
-¡Hey, Izan! ¡Avanza, hombre! ¡Te vas a quedar congelado si sigues a ese paso de tortuga! -le gritó Mateo desde una cresta rocosa, agitando un mapa.
-¡Adelántense! -respondió Izan, ahogando un estornudo-. ¡Se me cayó la libreta cerca del borde!
Se agachó entre los matorrales helados, renegando entre dientes. La libreta de apuntes reposaba a pocos centímetros de una hendidura en la roca. Al inclinarse para recogerla, el piso emitió un chasquido seco.
El suelo simplemente desapareció.
-¡Mateo, aahh! -alcanzó a gritar Izan antes de caer al vacío.
El descenso fue un caos de piedras, golpes secos y tierra colándosele por la boca y la ropa. Izan rodó por una pendiente inclinada, raspándose los brazos, hasta golpear brutalmente contra un suelo de piedra fría.
Se quedó tendido un largo minuto, jadeando, convencido de que se había roto al menos tres costillas. El silencio del lugar era aplastante, roto solo por el sonido de su propia respiración desbocada.
-No puede ser... no, no, no... -gimió, llevándose las manos a la cabeza.
Sacó el teléfono del bolsillo con la mano temblorosa. La pantalla estaba hecha pedazos, pero la linterna aún encendía. Al alzar la luz, se dio cuenta de que no estaba en una cueva común: estaba en una galería subterránea de bloques de piedra perfectamente pulidos, cubierta de grabados antiguos.
Y al fondo, sobre una estructura de piedra, un pectoral de metal dorado emitía un brillo cálido, casi hipnótico.
-¿Qué es esto? ¿Un sitio arqueológico? -murmuró, retrocediendo un paso.
De pronto, la tierra bajo sus pies vibró con violencia. Un chapopote negro y nauseabundo comenzó a brotar de las grietas, desprendiendo un hedor a azufre que le hizo dar arcadas. Esas manchas oscuras empezaron a elevarse, cobrando forma de tentáculos o brazos deformes que se extendieron directamente hacia su cuello.
-¡¿Qué carajos es eso?! -gritó Izan, aterrorizado.
Llevado por el puro pánico, sin pensar en absoluto, se abalanzó sobre el pedestal y agarró el collar para usarlo como defensa.
En el instante en que sus dedos tocaron el metal, una descarga de calor abrasador le recorrió los brazos. Izan soltó un alarido de dolor. Sintió cómo la piel de su pecho ardía bajo la camiseta, dibujando una marca en fuego que atravesó su carne. Una onda de luz dorada estalló desde la joya, pulverizando las sombras que lo rodeaban.
Izan cayó de rodillas, sujetándose el pecho, mareado, vomitando el aire por la conmoción. Su corazón parecía a punto de reventar.
-Esto es un sueño... estoy en coma, me caí y me golpeé la cabeza -se repetía a sí mismo en un susurro histérico, apretándose los ojos-. Despierta, Izan. Despierta.
«No estás soñando, muchacho», resonó una voz profunda y retumbante que pareció brotar del aire mismo.
Izan dio un brinco, arrastrándose de espaldas por el piso hasta chocar contra la pared.
Frente a él, flotando a pocos centímetros del suelo y envuelto en una aureola de llamas doradas, apareció el espectro de un hombre alto, vestido con túnicas imperiales y una corona con flecos rojos sobre la frente.
Izan se quedó congelado, con la boca abierta y los ojos desorbitados.
-No... no, no. Estoy alucinando. Es la falta de oxígeno o un trauma craneal -decía Izan, levantando las manos temblorosas para alejarse del fantasma-. Quédate ahí. No te acerques.
«Soy el espíritu de Atahualpa», declaró la figura con gravedad. «Y tú has sido elegido por el Nina Amaru para frenar la sombra de Wakon...»
-¡Pára, pára! ¡¿Atahualpa?! -interrumpión Izan, riéndose con un tono claramente histérico y fuera de sí-. ¡El rey inca de los libros de historia! Claro que sí. Y yo soy el Rey de España. A ver, señor alucinación, no sé qué clase de gas tóxico hay en este agujero, pero necesito salir ya mismo.
«Escúchame, mortal insolente», la voz del espíritu hizo retumbar la bóveda entera, haciendo que cayeran pequeñas piedras del techo. «La marca en tu pecho no es gas ni alucinación. El fuego corre por tus venas.»
Izan miró hacia abajo y se abrió la chaqueta. Bajo su camiseta rota, un grabado con la forma de un dragón envuelto en llamas brillaba con luz propia sobre su piel. Se pasó los dedos por encima: la piel estaba intacta, pero el calor que emanaba era real.
-Esto... esto no es normal -susurró Izan, sintiendo un escalofrío de puro terror recorriéndole la espalda-. ¿Qué me hiciste? ¡Quítame esto! ¡Yo solo soy un estudiante, ni siquiera hago ejercicio!
«No puedo quitártelo. El Nina Amaru se ha unido a tu alma», respondió Atahualpa, cruzando los brazos etéreos. «Si no aprendes a dominar el fuego, consumirá tu cuerpo desde adentro. Y si no reunimos el poder de mi hermano Huáscar, el devorador arrasará tu mundo.»
Izan se cubrió el rostro con las manos, respirando a bocanadas cortas.
-Esto es una pesadilla... -murmuró entre dientes, al borde del colapso-. Una maldita pesadilla.
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Editado: 23.09.2026