Izan: El Último Guardián del Sol.

Capítulo 5: La Fuga de las Sombras

El aire dentro de la cámara subterránea ardía a temperaturas sofocantes. El hedor a carne quemada y azufre se pegaba al fondo de la garganta de Izan mientras las llamas doradas, nacidas de sus propias manos, reducían a cenizas a otra de las bestias del inframundo.

​Pero por cada criatura de sombra que caía, dos más brotaban de las grietas de la piedra.

​-¡Nayra, no aguantaré mucho más! -gritó Izan, con la voz quebrada. Tenía los nudillos al rojo vivo y sentía cómo el Nina Amaru golpeaba contra sus costillas como un segundo corazón desbocado, amenazando con incinerarle los pulmones desde adentro.

​-¡Sigue empujando! ¡Falta poco! -respondió Nayra. Su voz resonaba firme, aunque gotas de sudor perlaban su frente. Agitaba la vara de madera trazando glifos de luz en el aire, haciendo crujir una pesada compuerta de piedra al fondo del altar.

​De pronto, un alarido gutural sacudió los cimientos del templo. Un engendro de sombra, tres veces más grande que los demás y con mandíbulas hechas de pura oscuridad, surgió del techo directo hacia la espalda de Nayra.

​-¡Cuidado! -el cuerpo de Izan reaccionó antes de que su cerebro pudiera procesarlo.

​Impulsado por la fuerza sobrehumana del collar, Izan cruzó el recinto en un pestañeo. Tacleó a la bestia en pleno vuelo, estrellándola contra una columna de piedra con un impacto sordo que hizo retumbar la sala. El choque lanzó a Izan al suelo, pero la criatura, envuelta en las garras de sombra, se abalanzó sobre su pecho.

​Izan sintió el frío cadavérico de la sombra atravesándole la piel. El pánico lo cegó.

«¡Déjale ir el fuego, muchacho! ¡Quémalo todo!», rugió el espectro de Atahualpa dentro de su cabeza, incitándolo con una furia ancestral.

​Un pensamiento salvaje y desconocido se apoderó de Izan. Sus ojos se tiñeron de un dorado incandescente. La necesidad de destruir, de aplastar a la bestia con violencia pura, amenazó con borrar su propia cordura. Alzó los puños, envueltos en llamaradas purpúreas, listo para desatar una explosión que no solo mataría al monstruo, sino que derrumbaría el templo entero sobre ellos.

​-¡Izan, no! ¡Mírame! -una mano cálida y firme le sujetó la muñeca.

​Nayra estaba inclinada sobre él. Sus ojos oscuros lo fijaban con una intensidad hipnótica, atravesando la vorágine de llamas. Con la otra mano, le presionó el cuello, justo sobre la yugular, entonando una palabra suave en kichwa.

​El efecto fue inmediato. La marea de calor en la mente de Izan retrocedió un milímetro, lo suficiente para que recuperara la visión. Con un movimiento rápido, en lugar de provocar la explosión masiva, Izan canalizó un rayo de fuego concentrado directamente a la cabeza del engendro, pulverizándolo.

​El templo comenzó a venirse abajo. Bloques de piedra de varios cientos de kilos caían del techo.

​-¡Entren al pasaje! ¡Ahora! -ordenó Yawar desde el umbral de la compuerta.

​Nayra jaló a Izan de la chaqueta, obligándolo a ponerse de pie. Ambos corrieron hacia el pasadizo justo cuando una tonelada de roca selló el templo detrás de ellos, dejando la cámara sumergida en un silencio de tumba y en la más absoluta penumbra.

​El túnel de escape los condujo, tras casi una hora de caminata a ciegas, a las orillas del río Tomebamba, en las afueras de la ciudad. El cielo del amanecer se teñía de tonos violetas y anaranjados.

​Izan se dejó caer de espaldas sobre el pasto húmedo, jadeando descontrolado, mirando sus manos temblorosas. Las venas de sus brazos aún emitían un tenue resplandor dorado bajo la piel.

​-Casi pierdes el control allá adentro -dijo Nayra, de pie a su lado, limpiando la punta de su vara con un trapo.

​-Esa cosa... esa voz en mi cabeza quería que destruyera todo -admitió Izan, con la voz ahogada por el pavor-. Si no me hubieras detenido, los habría matado a ustedes también. Nayra, esta mierda me está cambiando. Sentí... sentí ganas de destruir.

​Nayra se agachó a su lado. Se quitó el morral y sacó un pequeño frasco de arcilla con ungüento de hierbas. Sin pedir permiso, le abrió la chaqueta a Izan y aplicó la pasta fría sobre la marca del collar en su pecho. Izan soltó un jadeo ante el contacto de sus dedos.

​-El Nina Amaru no es solo una herramienta, Izan. Es la furia de un rey que perdió su imperio -dijo ella en voz baja, mirándolo fijamente a muy corta distancia. El calor del aliento de Nayra contrastaba con el aire helado de la mañana-. Si solo luchas contra él, te consumirá. Tienes que aprender a ser el recipiente, no la mecha.

​-No sé si pueda hacer esto -confesó Izan, clavándole la mirada, completamente vulnerado-. Hace doce horas mi única preocupación era un examen. Ahora hay monstruos persiguiéndome y un fantasma que quiere que sea un dios de la guerra.

​-No estás solo -respondió Nayra. Por primera vez, su voz no tenía frialdad, sino una calidez profunda que hizo que a Izan se le acelerara el pulso por razones muy distintas al miedo-. Mi padre y yo hemos entrenado toda la vida para este momento. Si el destino te eligió a ti, es porque tienes algo que Atahualpa no tuvo.

​-¿Y qué es?

​-Un corazón que todavía le teme a la violencia -dijo ella, esbozando una débil sonrisa.

​Yawar se acercó a ellos, mirando hacia el horizonte del sur.

​-Las sombras volverán al caer la noche -interrumpió el viejo sacerdote, rompiendo la tensión entre los dos jóvenes-. Y para entonces debemos estar cruzando la frontera. El Yaku Amaru aguarda bajo las piedras de Sacsayhuamán, pero el camino a Perú está lleno de los ojos de Wakon.

​Izan se incorporó despacio, ajustándose la ropa. Miró a Nayra, que le ofreció la mano para ayudarlo a levantarse. Al estrecharla, una pequeña chispa dorada y una corriente de aire fresco se cruzaron entre la piel de ambos.

​-Bien -dijo Izan, apretando la mano de Nayra con determinación-. Vamos al Cusco.




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