Izan: El Último Guardián del Sol.

Capítulo 3: Los Herederos de Tomebamba

El viaje nocturno hacia la ciudad de Cuenca fue una tortura silenciosa. Izan viajó pegado a la ventana del autobús, sintiendo cómo el collar escondido bajo su ropa latía en sincronía con sus nervios.
Guiado contra su voluntad por las constantes órdenes de Atahualpa en su cabeza, Izan terminó caminando a altas horas de la madrugada por los pasajes tradicionales de Pumapungo, hasta detenerse frente a un muro de piedra antigua que parecía no tener entrada.
-No hay nada aquí -protestó Izan en un susurro cansado-. Es una pared. Una simple pared.
«Coloca tu mano. El fuego reconoce el hogar», ordenó el príncipe.
Izan suspiró, agotado de discutir. Presionó la palma de la mano contra la superficie fría de la piedra. Al instante, la marca de su pecho ardió con fuerza y las líneas de la pared se iluminaron con un tono dorado, abriendo un pasaje subterráneo que descendía en la oscuridad.
-Genial. Entrada secreta estilo película. Esto sigue empeorando -murmuró, adentrándose por el túnel.
Al llegar al fondo, se encontró en una sala subterránea iluminada por brazueros. En el centro, un anciano vestía túnicas tradicionales frente a un altar. Pero lo que hizo que Izan se detuviera en seco fue la chica que estaba a su lado.
Llevada por ropa de montaña adaptada, una trenza negra impecable y sosteniendo una vara de madera con incrustaciones de piedra con una postura implacable, la joven se posicionó en guardia en cuanto escuchó los pasos de Izan.
-¡Detente! -exclamó ella con voz firme, fijando en él una mirada penetrante y calculadora-. Este es un territorio protegido por la Orden de Tomebamba. ¿Quién eres y cómo entraste?
-Mira, te juro que ni yo sé cómo entré -dijo Izan levantando las manos rápidamente, aterrorizado de que la chica le lanzara algo-. No busco problemas. Solo me caí en un agujero, un fantasma me persigue y una piedra hirviente se me pegó al cuerpo. ¡Solo quiero que me quiten esto!
La chica entrecerró los ojos, sin bajar la guardia.
-¿De qué estás hablando? No digas tonterías. Ningún extraño puede romper el sello de la entrada.
«Es suficiente», la voz de Atahualpa retumbó en la estancia, haciendo que las llamas de los braseros se elevaran dos metros. El espectro se volvió visible frente al altar.
El anciano cayó de rodillas al suelo, temblando. La chica dio un paso atrás, con los ojos desorbitados por el asombro, mirando alternamente al príncipe y a Izan.
-El... el Nina Amaru -susurró el anciano-. La profecía del fuego.
Izan se abrió la chaqueta, mostrando la reliquia dorada que brillaba en su pecho.
La joven se acercó despacio, bajando la vara sin poder ocultar la mezcla de fascinación y absoluto descontento en su rostro. Lo examinó minuciosamente, como si no pudiera creer lo que tenía enfrente.
-No puede ser... -dijo ella, cruzándose de brazos-. El destino del imperio, el sello de Wakon... ¿dependen de un universitario asustado que ni siquiera sabe qué hace aquí?
-¡Oye! -protestó Izan, sintiendo un golpe a su orgullo en medio del caos-. ¡Tampoco pedí esto! Si prefieres el collar, te lo regalo con gusto, porque no tengo idea de cómo manejar un 'sello del imperio'.
El anciano se levantó con solemnidad y miró a Izan.
-Mi nombre es Yawar, guardián de Tomebamba. Y ella es mi hija, Nayra. Durante generaciones hemos esperado este momento. Pero el muchacho tiene razón, hija: no eligió este peso, la reliquia lo eligió a él.
Nayra miró a Izan directamente a los ojos. Su expresión rígida cambió levemente, revelando la enorme responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.
-Si no aprendes a controlar el fuego, las sombras te destruirán y a nosotros contigo -dijo Nayra con frialdad y determinación-. Mi padre conoce los ritos, pero yo seré quien te entrene y te mantenga con vida.
Izan tragó saliva, sintiendo el intenso contraste entre la postura firme de Nayra y su propio pánico interno.
-¿Y a dónde se supone que nos lleva todo esto? -preguntó Izan con incertidumbre.
-A recuperar la segunda pieza antes de que Wakon despierte por completo -respondió Nayra, ajustando su equipo-. Nos vamos al Cusco.




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