Nota del autor: Aunque el nombre se escribe "Jaelith", su pronunciación correcta es "Yeilith".
El amanecer entraba tranquilo por la ventana. El rocío brillaba sobre las espigas y el aire olía a campo mojado.
Ese lugar era el único mundo que yo conocía de verdad.
Bajé descalza, con el pelo todavía revuelto de dormir. El olor a pan tostado y leche tibia me llegó antes de llegar a la cocina. Papá estaba de espaldas, revolviendo la olla con la cuchara de madera para que no se derramara.
—Buenos días, dormilona —dijo sin girarse—. Hoy pensé que por fin te ganaba.
Me quedé en la puerta, fingiendo indignación.
—¿Dormilona yo? Bajo un minuto después solo para que no te sientas mal.
Se rio bajo.
—Algún día me vas a quitar el puesto—dijo, sirviendo la leche en dos tazas—. Y el día que me toque descansar, me voy a aburrir a los cinco minutos.
Tomé una taza y le di un sorbo.
Estaba perfecta, justo como me gustaba.
—Tú no sabes sentarte —le dije—. Aunque lo intentaras, en cinco minutos ya estarías arreglando algo que no está roto.
—Eso es mentira.
—¿Ah sí? Dime cuántas mañanas has desayunado sin hablar de una cerca, un poste o el estado del suelo.
Me miró, derrotado y sonriendo.
—Está bien. Me atrapaste.
Nos sentamos juntos. Pan, miel, leche tibia. Mordí el pan con hambre y lo vi comer más despacio, como si tuviera la cabeza en otra parte.
—¿Dormiste bien? —le pregunté.
—Lo suficiente.
—Ya veo, entonces no.
Soltó un suspiro corto.
—Dormí poco, pensando en el trabajo que me espera temprano.
Me reí, pero lo miré con cuidado. Tenía la mandíbula un poco tensa. Algo pequeño, de esas cosas que solo se notan si conoces bien a alguien.
Yo lo conocía bien.
—¿Y tú? —me devolvió la pregunta—. ¿Soñaste otra vez con tonterías?
Dejé la taza.
—No son tonterías. A veces sueño con una mujer que me canta.
Papá se quedó quieto. No se movió mucho, pero sentí que algo en el aire cambiaba.
—¿Una mujer? —preguntó, con la voz estable.
—Sí. No le veo la cara. Solo siento sus manos en mi pelo y su voz calmándome. No sé por qué me pasa.
Bajó la vista al pan, como si ahí hubiera una respuesta.
—Los sueños mezclan recuerdos con deseos —dijo al fin—. Y tú siempre has tenido el corazón sensible. Eso es todo.
Quise insistir, pero noté que no iba a decir más y preferí no seguir preguntando.
—Bueno —dije para aligerar—, soy sensible porque tú me criaste así.
Levantó la vista y sonrió, agradecido por el cambio.
—Termina de comer. Hoy hay que revisar los surcos del este.
Salimos cuando el sol ya calentaba para trabajar codo a codo. Él caminaba entre los surcos con la azada al hombro y yo lo seguía sin cansarme.
—Mira —dijo, agachándose a tomar un puñado de tierra—. ¿Ves esto?
Me agaché a su lado.
—Está blanda.
—Ya quedó lista para la siembra. Así las raíces se agarran bien y la tierra da buena cosecha.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
Me quedé pensando un momento.
—¿Entonces si uno asusta a los demás, la vida lo trata mal?
Se enderezó despacio.
—¿Por qué dices eso?
Me encogí de hombros.
—Porque en la ciudad la gente vive más tensa, se nota el estrés en el ambiente.
Me miró, midiendo las palabras.
—La ciudad siempre se llena de problemas por precios, rumores y disputas. No dejes que eso te confunda —me dio un toque en el hombro—, tú decides quién eres.
Asentí, aunque el nudo no se me deshizo.
Más tarde papá volvió a la casa, se secó las manos y sacó un papel arrugado. Se sentó a escribir con calma.
—Sal, aceite, tela, hilo... una piedra de afilar... dos jabones —murmuró.
Leí por encima de su hombro.
—¿Y los granos de arroz?
Se quedó un segundo y agregó una línea.