Las heridas ya no latían igual.
La primera venía de la espada que me había alcanzado durante la emboscada. La segunda estaba un poco más arriba, debajo de las costillas, justo donde Vania había clavado el cuchillo que yo misma le entregué.
El ardor fuerte había bajado. Ahora sentía una presión constante que empeoraba cada vez que respiraba demasiado hondo. Avancé sin prisa, apoyándome de vez en cuando en la barra de hierro que había sacado de la casa abandonada. No era un arma cómoda, pero era lo único que tenía.
La niebla se había vuelto más delgada. Eso empeoraba mi escape. Cuanto más veía yo, más me veían ellos. La sangre de la venda ya estaba oscura, pero seguía oliendo a sangre. Si tenían rastreadores cerca, eso podía ser suficiente.
—Si me están siguiendo, no es solo por el rastro —murmuré—. Es porque saben cómo buscarme.
Me detuve junto a unas rocas y ajusté el vendaje con una mano. No miré las heridas más de lo necesario. Verlas no iba a cerrarlas ni tampoco quejarme.
Al apretar la tela recordé la sonrisa de Vania, su voz llamando a los rastreadores y la facilidad con la que había dejado de fingir miedo. Había inventado un hermano, había esperado a que bajara la guardia y después me apuñalo sin remordimiento.
Yo conservaba la placa que le había quitado a uno de los hombres y el nombre de la fábroca vieja. Era poco, pero era más de lo que ellos querían que sacara de la trampa.
—Un paso más y llegaré al río grande —me dije—. Dos pasos más y el ruido del agua me cubrirá.
Entonces escuché metal.
No se escuchaba como una patrulla, el sonido era más limpio y controlado. Hubo un roce breve, una pausa y luego otro paso.
Me agaché detrás de una roca para contener la respiración mientras escuchaba un paso, una pausa y otra pisada. Justo después sonó un golpe sordo, y todo quedó en silencio.
No me moví de inmediato. La última vez que vi a una mujer indefensa, terminé de rodillas con mi propio cuchillo debajo de las costillas. Dejé que el miedo gritara en mi cabeza unos segundos y luego lo obligué a callarse.
Acercarme podía ser una trampa, pero dejar de hacerlo significaba permitir que mataran a alguien.
Esta vez no decidí por impulso. Esperé, escuché las voces y busqué movimientos escondidos antes de acercarme.
Avancé en diagonal cubriéndome con los troncos caídos, pero caminé despacio porque correr habría hecho ruido. Al llegar a un claro pequeño, me detuve justo en la orilla.
En el lugar estaban tres encapuchados, dos estaban de pie y el otro de rodillas.
Frente a ellos estaba un hombre vestido de azul oscuro con placas de metal en los hombros y el pecho. No llevaba una armadura pesada, ya que esa protección le permitía aguantar golpes sin perder velocidad.
El encapuchado de rodillas jadeaba.
—No era mi decisión —balbuceó—. Yo solo sigo órdenes.
El hombre de azul no respondió enseguida. Sacó un cuchillo corto y lo sostuvo con una calma que me dio escalofríos.
—Tus órdenes ya mataron a demasiados inocentes —dijo.
Los otros dos encapuchados levantaron sus armas.
—¡Atrás! —escupió uno—. No te metas.
El hombre de azul giró apenas la cabeza.
—Ya estoy metido —respondió—. Ustedes empezaron todo esto.
Cortó con un movimiento seco y el encapuchado cayó de lado.
Se me revolvió el estómago al ver el ataque, pero no porque me asustara ver morir a alguien, ya que antes me ha tocado presenciar y causar bajas. Lo que me impactó fue su técnica y la manera en que se movió sin desperdiciar fuerza.
Los otros dos retrocedieron.
—¡Hay una sombra cerca! —dijo uno, mirando alrededor—. ¡Se mueve!
Me quedé inmóvil.
El hombre de azul no se alteró.
—Sí —dijo, sin levantar la voz—. Hay otra.
Me vio y sin darme cuenta apreté la barra de hierro.
Uno de los encapuchados cambió de dirección y avanzó hacia el lugar donde yo estaba escondida. No sabía si me había visto o solo había escuchado algo, pero ya no podía esperar.
No le di tiempo.
Entré por el flanco izquierdo, donde el suelo era más blando. Le golpeé detrás de la rodilla con la barra y lo obligué a caer. Antes de que pudiera gritar, le golpeé la muñeca, le quité la hoja corta que llevaba en el cinturón y terminé el movimiento sin dejar que alertara a los demás.
El segundo alcanzó a girar.
El hombre de azul ya estaba sobre él. Usó el peso del enemigo contra el suelo, lo inmovilizó con una rodilla y terminó la pelea con un gesto mínimo.