Tardé tres días en aceptar que Blasto no iba a volver entre los árboles.
No lo esperaba como una niña que busca un rescate, es solo que todavía no me acostumbraba a su ausencia. Buscaba a alguien que mirara, escuchara y me corrigiera antes de cometer un error.
La primera mañana sola, mi mano se movió hacia el lugar donde él solía sentarse. Solo encontré tierra húmeda y hojas aplastadas.
La segunda mañana caminé muy rápido para intentar sentirme segura.
A la tercera mañana me detuve a respirar y me obligué a recordar lo que Blasto me repetía tanto: no corras, piensa y decide.
Esa mañana armé mi bolsa con cuidado, revisé el nudo de la cuerda y me acomodé el cuchillo en la cintura. También me aseguré de que la caja siguiera pegada a mi cuerpo, sin golpearme la cadera ni colgar demasiado.
No perdí el tiempo mirándola, solo la aseguré.
Luego levanté la mirada hacia el bosque.
—Estoy aquí —susurré.
En el bosque todo seguía en silencio y yo tampoco esperaba escuchar nada.
Caminé con la disciplina que aprendí a base de golpes, barro y lágrimas. Evité pisar hojas secas y no pasé dos veces por el mismo lugar. Cambié de rumbo cuando el viento traía un olor diferente. Al encontrar agua, bebí, me mojé la nuca y continué rápido para no dejar rastros.
A veces la soledad me pesaba, pero también me aliviaba, porque al estar sola nadie podía verme temblar.
Al cuarto día vi humo desde una loma con pasto alto. Era un poblado pequeño, de unas cuantas casas de madera, cercos bajos, gallinas y una plaza. Había gente moviéndose con total tranquilidad.
Me quedé agachada, con el corazón golpeándome el pecho.
—No entres —me dije—. No entres.
Pero me hacía falta comida caliente, agua limpia y escuchar a alguien que no fuera un peligro.
Me arrastré hasta una roca para ver mejor a dos hombres que hablaban cerca del pozo, a una mujer que barría la entrada de una casa y a un niño que corría tras un perro.
Todo parecía tranquilo y de alguna forma eso me dolió.
—Si entro me van a ver —murmuré—. Empezarán a preguntar y tendré que mentir. Y si miento mal...
No terminé la frase.
Vi a un hombre con una escopeta vieja caminando por el borde del poblado. No parecía soldado, pero estaba atento.
Respiré despacio.
—No pertenezco aquí.
Me quedé vigilando un rato más para entender cómo funcionaba el lugar. Me fijé en quién salía, quién regresaba, qué caminos usaban y cuáles puertas quedaban solas.
Cuando el sol bajó un poco, me aparté.
Rodeé el poblado, crucé cerca de un campo de cultivo y volví a meterme entre los árboles.
De pronto el entorno cambió y el silencio se volvió extraño, denso. Daba la impresión de que algo acababa de ocurrir porque los animales se quedaron completamente quietos.
Me detuve.
Aguanté la respiración para escuchar, pero no se oía nada, ni pájaros ni insectos. Solo el viento a lo lejos.
—Eso no está bien —susurré.
Di un paso y vi muchas huellas pesadas en el barro, algunas con el talón arrastrado.
Entre ellas había otra marca distinta, una línea irregular, como si alguien hubiera sido arrastrado por el suelo.
Me agaché y toqué el barro con dos dedos. Estaba húmedo y era reciente.
—Alguien...
No pude terminar.
Seguí la marca con el estómago encogido. Unos metros después encontré un trozo de tela rasgada enganchado en una rama.
Era un pedazo de ropa pequeña.
—No —susurré.
Las palabras de Blasto llegaron a mi cabeza.
"No te metas en algo que no puedas manejar".
Pero también pensé en algo más simple y directo: si decido no ver, luego no puedo quejarme de que el mundo siga igual.
Apreté el cuchillo.
—Si sigo, puede ser una trampa —dije en voz baja.
Miré a mi alrededor, traté de calmarme y busqué que el coraje no decidiera por mí.
—No es por coraje —me dije—, lo hago por mi propia decisión.
Continué caminando con cuidado, sin correr. A lo lejos escuché voces bajas que daban órdenes de forma seca.
—Más rápido.
—Cúbrele la cabeza.
—No la dejes hablar.
Me pegué al suelo detrás de un tronco caído y asomé apenas los ojos.
Los vi.
Eran hombres con capucha que arrastraban a una joven con una cuerda. Tenía las manos amarradas y la boca tapada.