Jaelith - La Heredera de la Sangre Escarlata

Capítulo 4 - Bajo la Sombra del Maestro

Lo primero que Blasto me enseñó no tuvo nada que ver con un arma.

No me mostró cómo cortar, apuntar o golpear. Tampoco me habló de los hombres que me perseguían, ni prometió protegerme para siempre. Solo me llevó a un claro estrecho en el bosque y señaló un punto en el suelo.

—Siéntate ahí —dijo.

Lo miré como si hubiera escuchado mal.

—¿Ahí? —pregunté, con la garganta todavía áspera por el humo—. ¿Para qué?

Blasto no cambió la expresión.

—Porque ahora tu cuerpo te domina y te arrastra, y si te dejas llevar vas a morir.

La frase fue seca. No parecía decirla para herirme, pero me dolió igual.

—Yo solo...

—Él levantó una mano para poner un límite, no para amenazar.

—No te estoy acusando —dijo—. Te estoy describiendo.

Tragué saliva y quise discutir para defenderme, pero su tono me demostró que era inútil pelear con palabras.

Me senté.

La tierra estaba húmeda. El frío me atravesó la ropa y la caja, atada a mi cintura, me incomodó de inmediato. Llevé la mano hacia ella sin pensarlo, solo para comprobar que seguía ahí.

Blasto lo notó.

—No la toques.

Levanté la vista de golpe.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Si tocas la caja cada cinco minutos se vuelve una cadena que no te deja aprender nada, y vas a vivir cuidando un peso que te hunde.

Apreté los labios.

—No lo entiendes. Es lo único que me queda de él.

Blasto tardó un segundo en responder. Ese segundo fue la primera grieta de humanidad que le vi desde que lo conocí.

—Lo entiendo demasiado —dijo al fin—. Por eso mismo te digo que no te encadenes a él.

Me quedé callada.

El silencio fue incómodo. Yo tenía la caja, el colgante y muchas preguntas, él solo mostraba una paciencia firme que no consolaba pero tampoco se alejaba.

Blasto se agachó frente a mí, dejando suficiente distancia para que no me sintiera atrapada.

—Respira —ordenó.

Solté una risa amarga.

—Estoy respirando.

—No —corrigió—. Estás jadeando.

Fruncí el ceño.

—¿Y cuál es la diferencia?

—Que una cosa te deja pensar y la otra solo te deja correr. Cuatro adentro. Cuatro afuera. Hazlo.

—No soy una niña.

—Precisamente. Por eso voy a exigirte como a una adulta.

Lo odié un poco por eso y también lo obedecí.

Lo odié un poco por eso y también lo obedecí

Inhalé de forma torpe. El aire me tembló dentro del pecho y salió de golpe.

—Otra vez —dijo.

Lo hice.

—Otra.

Cerré los ojos. El bosque empezó a sonar más claro: hojas moviéndose, un pájaro lejano, agua corriendo en alguna parte.

—Otra.

El corazón me seguía golpeando, pero ya no parecía a punto de romperme por dentro.

Blasto se incorporó.

—Bien. Ahora levántate.

Abrí los ojos.

—¿Ya?

—Sí.

Me levanté con dificultad. Me dolían las piernas como si llevara días sin sentarme. Blasto dio un paso hacia mí.

—Postura.

—¿Postura?

Me acomodó un hombro, luego el codo, después la barbilla.

—No te encorves porque así tu cuerpo se rinde aunque digas lo contrario.

Me enderecé y el gesto me dolió más de lo que esperaba.

—No estabas hecha para huir así —dijo—. Naciste para sobrevivir y te voy a ayudar a recuperar eso.

Sentí ganas de responderle algo cruel. Algo que le doliera tanto como me dolía a mí todo lo que estaba pasando. Pero esa frase me golpeó por dentro.

—Yo no pedí esto —susurré.

Blasto asintió.

—Nadie pide que le quiten su vida. Lo que sí puedes elegir es qué hacer después.

Apreté los puños.

—No sé qué hacer.

—Por eso estoy aquí y no vas a discutir cada lección, si quieres discutir hazlo con el bosque cuando te trague.

Lo miré con rabia y necesidad, y me molestó darme cuenta de eso.

—Está bien —dije casi escupiendo las palabras—. ¿Qué hago?



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En el texto hay: #fantasía, #inmortalidad, #espia

Editado: 07.11.2026

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