Jaelith - La Heredera de la Sangre Escarlata

Capítulo 3 - El Eco del Bosque

Corrí tanto que se me olvidó por completo el paso de las horas.

Al principio contaba los pasos para no pensar en otra cosa: uno, dos, tres, cuatro... pero pronto perdí la cuenta y me quedé sin fuerzas para seguir.

Solo corría.

El cielo ya no estaba tan oscuro cuando me di cuenta de que seguía viva. Había una luz gris entre los árboles y el frío me golpeaba el rostro con cada respiración. Tenía las piernas llenas de barro, las manos arañadas y ramas pequeñas enredadas en el cabello que preferí ignorar.

La caja seguía atada a mi cintura.

La había amarrado con la cinta de mi capa porque no podía cargarla en las manos. A cada paso me golpeaba la cadera y me recordaba que papá me la había entregado antes de empujarme fuera de casa.

Él me había dicho que no mirara atrás y yo le hice caso, pero ahora me odiaba por haber obedecido.

Detrás de mí se escucharon voces.

—¡Por ahí!

Me detuve de golpe, con el corazón golpeándome tan fuerte que por un segundo pensé que ellos también podían oírlo.

—¡No la pierdan!

—¡Rápido!

Tragué saliva, pero la garganta me dolía tanto que apenas pude hacerlo. Me apoyé contra un árbol y cerré los ojos un segundo.

No iba a derrumbarme todavía.

Tenía que seguir adelante porque la persecución ya no era solo de los encapuchados. Ahora los ayudaban hombres ambiciosos que buscaban una estúpida recompensa.

Un ladrido sonó a la derecha y abrí los ojos.

—No... —susurré—. No, por favor.

Quise correr más rápido, como si eso fuera a arreglarlo todo, pero recordé la voz de papá.

"Cuando tengas miedo, no corras más rápido. Corre mejor."

Me tapé la boca con una mano para no sollozar.

Él me daba ese consejo cuando yo era niña y me asustaba en el bosque, explicándome que el miedo hace demasiado ruido en la cabeza y que si lo dejas crecer, no te permite escuchar nada útil.

Así que hice lo único que podía hacer.

Me obligué a escuchar.

Los ladridos y las voces venían de la derecha, y aunque al frente se escuchaban más ruidos en la distancia, supe de inmediato que me estaban acorralando.

—Piensa, Jaelith —me dije en voz baja—. Piensa.

El agua.

Era mi única opción. Era el truco que papá me enseñó para burlar el olfato de los perros.

Miré alrededor, intentando ubicar el arroyo. Al principio solo escuché mi respiración. Después, entre las ramas, reconocí ese ruido bajo de corriente chocando contra piedras.

Estaba cerca.

Bajé hacia la orilla como pude y resbalé dos veces. En la segunda me golpeé la rodilla y me mordí la lengua para no gritar, obligándome a seguir a pesar del dolor.

Cuando llegué, caí de rodillas.

Metí las manos en el agua y bebí demasiado rápido. El frío me dolió en los dientes y en el pecho, pero me ayudó a pensar un poco mejor.

—Otra vez —murmuré.

Bebí de nuevo. Después me mojé la cara, la nuca y el cuello. Quise respirar tranquila, pero el cuerpo no me obedecía.

—No llores —me dije—. Ahora no.

Aún asó lloré.

Es imposible no hacerlo.

—Papá...

Su nombre no me salió de la garganta y lo único que pude balbucear fue un susurro: papá.

Me limpié la cara con la manga y miré la corriente. Si caminaba por el agua, al menos los perros tendrían más problemas para seguirme.

Me metí hasta las pantorrillas y el frío fue horrible.

Me quedé quieta un segundo con ganas de salir corriendo a tierra firme, pero apreté los dientes y empecé a caminar contra la corriente despacio y pegada a la orilla, aguantando cómo las piedras se clavaban bajo mis pies.

—Aguanta —susurré—. Solo un poco más.

Entonces escuché una voz muy cerca.

—¡Aquí! ¡El agua! ¡Pasó por aquí!

Me agaché de inmediato.

Otra voz respondió, más calmada:

—Rodeen la zona y suelten a los perros primero, pero manténganse en silencio.

Su avance ya no era caótico, sino firme y seguro de atraparme.

—No —dije, casi sin voz—. No me van a atrapar.

Salí del agua donde el arroyo se hacía más angosto y me metí entre unos matorrales. Me quedé agachada, abrazando la caja contra mi costado.

El bosque estaba lleno de ruidos pequeños entre hojas, ramas, insectos y viento, donde cualquier crujido parecía un paso y cada sombra se convertía en un perseguidor.

Y entonces lo vi.

Al otro lado del arroyo había un hombre.

No llevaba antorcha, no gritaba ni traía perros, y tampoco venía corriendo como los demás. Solo estaba ahí de pie, con una silueta que no se parecía en nada a la de los hombres que me perseguían.



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Editado: 07.11.2026

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