Jaelith - La Heredera de la Sangre Escarlata

Capítulo 7 - Susurro de Armaduras

El sonido del metal llegó desde mi derecha.

Me detuve con un pie hundido en el barro y la mano cerca del cuchillo. El bosque estaba casi oscuro. La niebla seguía baja, pegada a las raíces, pero ya no cubría todo como en la mañana. Entre los árboles podía distinguir formas, troncos caídos y una parte del camino.

El metal volvió a sonar cuando una pieza chocó con otra, pero luego todo quedó en silencio. Me agaché detrás de un helecho grande para escuchar los pasos de los que venían. Eran dos adelante y otros más atrás, caminando separados para cuidar el camino y los costados.

Eso me hizo desconfiar.

Los hombres del molino caminaban como personas acostumbradas a obedecer. Estos se movían como si esperaran un ataque.

Miré el suelo. Había huellas profundas de botas y dos líneas irregulares entre ellas. Algo pesado había sido arrastrado.

Seguí el rastro con la vista hasta que vi una silueta aparecer entre la niebla.

Era una mujer que caminaba encorvada, con las manos atadas delante del cuerpo y una cuerda alrededor del cuello. Cada tanto tropezaba, y uno de los hombres tiraba de ella para obligarla a seguir.

Detrás venía un joven con las muñecas encadenadas. Tenía la camisa rota y sangre seca en una ceja.

Se me revolvió el estómago al ver que eran dos cautivos y cuatro guardias a la vista, aunque tal vez había más escondidos, así que preferí quedarme inmóvil

Se me revolvió el estómago al ver que eran dos cautivos y cuatro guardias a la vista, aunque tal vez había más escondidos, así que preferí quedarme inmóvil.

La mujer levantó la cabeza por un instante. Miró hacia los árboles, justo hacia donde yo estaba.

No podía verme. Había demasiadas ramas entre las dos.

Aun así, su expresión cambió.

Abrió los ojos y movió la cabeza un poco de un lado al otro, indicándome que me fuera.

El guardia que llevaba la cuerda le dio un tirón.

—Mira al frente.

Ella bajó la cabeza.

El grupo siguió caminando, así que esperé a que pasaran para revisar el camino que dejaban atrás.

No vi nada, ni una sombra o un paso en falso, por lo que todo parecía demasiado fácil.

Un traslado con dos prisioneros, al final del día, por una ruta estrecha y con solo cuatro hombres a la vista.

—Quieren que alguien los vea —murmuré.

Me retiré unos metros y empecé a seguirlos desde el costado, sin pisar el camino. Cambié de posición cada vez que el terreno se abría. No quería acercarme, pero tampoco podía dejarlos desaparecer sin saber a dónde iban.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Los hombres no hablaron y la mujer siguió tropezando, mientras el joven arrastraba las cadenas haciendo más ruido del necesario.

Clac.

Clac.

Clac.

El sonido era tan constante que empezó a llamarme la atención.

Cuando lo miré mejor, me di cuenta de que el joven no caminaba agotado, sino que regulaba el paso para que las cadenas sonaran siempre igual.

Sentí frío en la espalda.

La mujer volvió a mirar hacia los árboles, pero esta vez no movió la cabeza y solo apretó los labios.

Ella sabía lo que estaba pasando y él también, pero no estaban del mismo lado.

El camino descendía hacia una zona de rocas. Más adelante, los árboles crecían juntos y dejaban un paso angosto entre dos pendientes.

Era un lugar perfecto para una emboscada.

También era un lugar perfecto para fingir que uno podía emboscar a alguien.

Me detuve.

Los guardias entraron en el desfiladero sin cambiar la formación, mientras la mujer desaparecía entre las rocas seguida por el joven, y en cuanto entró el último hombre, el metal dejó de sonar.

Me quedé donde estaba.

Pasaron diez segundos y luego veinte, pero nadie salió por el otro lado.

—Ya saben que estoy aquí —susurré.

Retrocedí.

Una rama crujió a mi espalda.

Me giré y vi la flecha cuando ya estaba en el aire.

Me lancé al suelo. La punta golpeó el árbol donde había tenido la cabeza y quedó clavada en la corteza.

—¡Ahora! —gritó alguien.

El bosque se llenó de armas. Los hombres escondidos detrás de los troncos salieron al mismo tiempo: dos a mi izquierda, tres a la derecha y uno más cerrando el camino por el que llegué.

No eran cuatro, eran al menos nueve.



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Editado: 07.11.2026

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