Minutos antes...
Intenté dormir porque se lo había prometido a mi padre.
Pero por más que lo intentaba no pude.
Me quedé mirando el techo de mi cuarto, con el colgante de madera apretado entre los dedos. La hoja de olmo todavía conservaba algo del calor de sus manos, o al menos eso quería creer. Cada vez que la tocaba, recordaba su rostro de esa tarde, su voz rara y esa forma de mirarme como si quisiera decirme algo y no pudiera.
Abajo la casa estaba casi en silencio, hasta que escuché un paso y luego otro.
Me incorporé despacio, intentando que la cama no hiciera ruido. La puerta de mi cuarto estaba entreabierta y, por la rendija, vi una luz débil moverse por el pasillo. Era mi padre. Llevaba la lámpara de aceite en una mano y caminaba con cuidado, como si no quisiera despertarme.
Me levanté descalza.
El suelo estaba frío. Contuve el aliento y me acerqué a la puerta. Mi padre bajó las escaleras hasta la sala.
No entendí por qué se movía así. No parecía alguien que se levanta por agua ni alguien que recuerda una ventana abierta. Cada gesto suyo estaba medido. Revisó el pestillo de la puerta trasera, escuchó junto a la ventana y después fue a la mesa.
Ahí estaba la caja.
La misma caja oscura que yo había visto una vez en el estante alto de la alacena. La misma que él había apartado con demasiada rapidez cuando le pregunté qué había dentro.
Sentí un nudo en el estómago.
—Papá... —murmuré desde arriba, tan bajo que quizá no me escuchó.
Él apoyó la mano sobre la caja, pero no la abrió. Se quedó quieto, con la cabeza baja.
Entonces dijo un nombre.
—Rilacia...
Lo dijo apenas en un susurro, pero en toda la casa se escuchó igual.
Me quedé helada.
No conocía ese nombre, o eso creía, pero algo en mí reaccionó al escucharlo como si ya lo hubiera oído antes.
Mi padre respiró hondo.
—Lo intenté —dijo con una voz que no parecía suya—. Te juro que lo intenté.
No pude moverme.
Quise bajar a preguntarle quién era Rilacia, exigirle la verdad y decirle de una vez que ya no aguantaba más secretos.
Entonces sonó algo afuera.
Se escuchó un ruido pequeño de metal contra metal y mi padre levantó la cabeza de golpe, poniéndose en alerta.
Ya no era el hombre cansado que me preparaba leche tibia por la mañana ni el que se reía cuando yo lo acusaba de no saber descansar. Se puso de pie sin hacer ruido, apagó la lámpara y sacó un cuchillo del mueble de la cocina.
El miedo me subió hasta la garganta.
—Papá —dije, ahora más fuerte.
Él giró hacia la escalera.
—Jaelith, vuelve a tu cuarto.
Su voz no fue dura, pero me asustó más que si hubiera gritado.
—¿Qué pasa?
—No vengas, quedate arriba.
No obedecí.
Bajé los primeros escalones y desde allí alcancé a ver la sala iluminada solo por el fuego de la chimenea, justo cuando la puerta trasera tembló por un golpe.
Me agarré del barandal.
Hubo otro golpe y la madera crujió.
—Papá...
—¡Vete Arriba! —gritó esta vez.
La puerta recibió un tercer golpe que astilló la madera, y de inmediato empezó a entrar por debajo un humo espeso que no venía de la chimenea, sino de las antorchas de afuera.
Mi padre se puso entre la puerta y la escalera.
—¡¿Quién está ahí?!
Nadie contestó.
La ventana del fondo estalló.
Grité del susto cuando un hombre entró por la fuerza, cayó en medio de la sala y se levantó sin ninguna prisa. Llevaba una capucha oscura que le tapaba casi todo el rostro, pero alcancé a verle una placa metálica en el brazo con el dibujo de una media luna atravesada por una línea.
Mi padre apretó el cuchillo.
—¡No te acerques!
El hombre no le hizo caso. Levantó apenas la mano y dos más entraron por la puerta rota. Uno traía una antorcha. El otro llevaba una hoja corta. El fuego iluminó sus capuchas, sus botas llenas de barro y las manchas oscuras de sus guantes.
El de la antorcha miró hacia la escalera y me vio.
—La chica —dijo.