VALERIA
Hay ciudades que uno abandona sin mirar atrás. Y hay otras que se quedan viviendo en algún lugar de la memoria, esperando el momento preciso para recordarnos quiénes éramos cuando todo se vino abajo.
Bellcosta pertenecía a la segunda clase.
La reconocí antes de cruzar el puente de los Sauces. El perfil de los edificios aparecía sobre la bahía, recortado contra un cielo gris de octubre. Más allá de los muelles, el mar reflejaba una franja de luz pálida. Había nuevos hoteles junto a la avenida Costera, pero la ciudad conservaba ese aspecto elegante y ligeramente distante que tanto me había fascinado cuando llegué por primera vez.
Seis años.
Habían pasado seis años desde que prometí no regresar.
Apreté el volante. En el asiento del acompañante llevaba la carpeta del Hospital San Elian, con el contrato temporal de seis meses y el programa de recuperación del servicio de rehabilitación infantil. Lo había leído tantas veces que conocía los apartados casi de memoria. La oferta era buena. La necesidad del hospital, real. La posibilidad de trabajar en un equipo que quería recuperar tratamientos suspendidos era exactamente el tipo de oportunidad por la que había estudiado medicina.
Nada de aquello impedía que me temblaran las manos.
El teléfono vibró en el soporte del tablero. Claudia.
—Dime que estás cerca —dijo en cuanto respondí por el manos libres.
—Buenos días para ti también.
—Valeria, llevo media hora imaginando que te has arrepentido.
—Todavía faltan cuarenta minutos para la reunión. Estoy cruzando el puente.
—Perfecto. Te espero en la entrada. Tengo café y una lista interminable de cosas que mostrarte.
—En ese orden, espero.
Su risa sonó como una puerta que se abría en una casa conocida.
Claudia Miret había sido mi amiga cuando todavía no sabía cuánto podía cambiar una vida en pocos meses. Conocía mis épocas de estudio, mis primeras guardias, mis entusiasmos y mis peores silencios. También había estado conmigo en Montelune cuando me costaba levantarme de la cama y fingía que solo estaba cansada.
—¿Cómo estás de verdad? —preguntó.
Miré la carretera.
—Todavía no lo sé.
—No tienes que demostrarle nada a esta ciudad.
—He venido a trabajar.
—Lo sé. Por eso te llamé. Eres buena en lo que haces y aquí necesitamos ayuda.
—Entonces voy por el motivo correcto.
—Exactamente. Nos vemos pronto.
Colgué y seguí conduciendo. En aquella ciudad había sido feliz. No quería olvidar eso. Me había enamorado allí, había aprendido a vivir lejos de Montelune y había descubierto que la medicina podía convertirse en algo más que una profesión. También había perdido una parte de mí que tardé años en recuperar.
Cuando llegué al estacionamiento del hospital, apagué el motor y permanecí inmóvil.
Mi teléfono mostró un mensaje de mi madre: «Todo tranquilo por aquí. Desayunó bien. Te mandamos un beso».
Debajo había una fotografía de Emma sosteniendo un conejo de peluche contra la mejilla. Tenía el cabello revuelto y esa sonrisa que conseguía convertir cualquier mañana difícil en algo soportable.
Acaricié la pantalla con el pulgar.
«Dile que la llamaré esta noche. Las quiero».
Guardé el teléfono antes de que las lágrimas me estropearan el maquillaje. No era la primera vez que me separaba de mi hija durante unas horas de trabajo, pero sí la primera en que una ciudad entera parecía interponerse entre nosotras. Habíamos acordado que Emma se quedaría inicialmente en Montelune, con mi madre, hasta que yo tuviera resueltos los horarios y el alojamiento. Después vendría a Bellcosta. La separación sería breve. Me lo había repetido muchas veces.
Respiré hondo y salí del automóvil.
Claudia me esperaba junto a las puertas automáticas, con dos vasos de café y una expresión que combinaba alegría y preocupación.
—¡Por fin! —Me abrazó con tanta fuerza que casi derramó las bebidas—. Tienes cara de haber dormido tres horas.
—Cuatro y media. No exageres.
—Eso explica tu extraordinario optimismo.
Me entregó un vaso.
—Sin azúcar.
—Te quiero.
—Lo sé. Ahora ven. Hay mucho que enseñarte.
El vestíbulo de San Elian estaba lleno de movimiento. Una enfermera acompañaba a un paciente hacia los ascensores. Cerca de las ventanas, un niño intentaba abrir una caja de jugo.
El olor a café y desinfectante me resultó familiar. Reconfortante, incluso.
Claudia me condujo por un corredor luminoso hacia el ala de rehabilitación.
—Tenemos profesionales excelentes —explicó—, pero las listas de espera son demasiado largas. Dos salas funcionan por debajo de su capacidad, algunos equipos necesitan mantenimiento y las horas disponibles no alcanzan.