VALERIA
Emma había decidido que las gaviotas de Bellcosta eran demasiado ruidosas.
—Gritan como si estuvieran enojadas —declaró desde el banco donde desayunábamos, frente a la bahía.
—Tal vez solo quieren conversar.
—Entonces deberían hablar más bajito.
Mi madre soltó una carcajada. Había viajado desde Montelune con Emma el domingo por la tarde y se quedaría unos días, hasta que organizáramos una rutina estable. Ver a mi hija en la ciudad donde yo había conocido a Damián me producía una alegría tan grande como el miedo que trataba de esconder. Emma, en cambio, estaba encantada con el mar, los barcos y el hecho de que nuestro apartamento tuviera un ascensor que anunciaba los pisos con una voz solemne.
—¿Hoy vuelves al hospital? —preguntó.
—Sí. Tengo que trabajar.
—¿Y Claudia me llevará otra vez al jardín?
—Esta tarde te quedarás con la abuela. Claudia también tiene trabajo.
Emma hizo un pequeño gesto de decepción. Luego sacó a Nube de su mochila y le mostró el agua, como si el conejo necesitara comprobar personalmente dónde nos encontrábamos.
No le pregunté qué había ocurrido durante su visita al jardín del hospital. Claudia me había contado que se habían encontrado con Damián y que él había ayudado a Emma a recuperar su juguete. Cuando me lo dijo, tuve que sentarme.
—No pasó nada más —me aseguró—. Yo estaba presente todo el tiempo.
No dudaba de ella. El problema no era lo que hubiera ocurrido. Era lo que podía ocurrir a partir de entonces.
En el camino al hospital, mientras mi madre llevaba a Emma a conocer una pequeña biblioteca infantil, pensé en la carta que guardaba desde agosto de 2020. La original estaba protegida en una carpeta, junto con el comprobante de entrega y la respuesta del despacho jurídico. Durante años la había considerado una prueba suficiente de que Damián no quería saber nada de nosotras. Sin embargo, Claudia había insistido en algo que yo prefería no escuchar: una carta enviada a una oficina no demostraba necesariamente quién la había leído.
Lo sabía. Nadia Beltrán, la abogada a la que consulté entonces, me lo había explicado con toda claridad. También me había explicado las opciones para establecer legalmente la paternidad. No había seguido aquel camino. Primero porque estaba aterrada; después porque cada mes que pasaba parecía hacer más difícil remover lo que yo había enterrado.
No era una decisión que pudiera defender con orgullo. Era la decisión que había tomado.
Llegué a San Elian poco antes de las ocho. En la primera consulta me esperaba un niño que había empezado a recuperar movilidad después de una intervención compleja. Su padre me mostró un video de los pasos que había logrado dar en casa. Celebramos el progreso y reajustamos los objetivos. Durante esa hora fui solamente su médica, y agradecí poder concentrarme en algo que entendía.
A media mañana, Irene me pidió que revisara unas observaciones del presupuesto. Cuando salí de su despacho, Damián estaba al final del corredor.
No hablaba con nadie. Parecía esperarme.
—Buenos días —dije, intentando pasar.
—Necesito hacerte una pregunta.
Su voz era distinta. No tenía la seguridad distante de nuestras reuniones. Parecía un hombre que había pasado la noche sin dormir.
—Ahora no, Damián.
—Es sobre Emma.
Me detuve.
El ruido del hospital continuó a nuestro alrededor: un carro de material cruzó el pasillo, sonó un teléfono, alguien llamó a una enfermera. Yo apenas escuchaba nada.
—No hables de mi hija aquí.
Él miró alrededor y asintió.
—Tienes razón. Perdóname. ¿Podemos buscar un lugar privado? No quiero incomodarte ni involucrar al hospital.
Su petición fue tan razonable que me dejó sin la excusa que estaba buscando.
—Tengo veinte minutos antes de mi siguiente consulta —respondí—. Hay una sala de descanso al fondo. Si está libre, podemos hablar allí.
Entramos. Cerré la puerta sin echar el seguro. Había dos sillas, una mesa pequeña y una ventana que daba al estacionamiento. Nada en aquel lugar invitaba a una conversación que podía cambiar varias vidas.
Damián permaneció de pie.
—Conocí a Emma en el jardín —dijo.
—Claudia me lo contó.
—No sabía que tenías una hija.
—Hay muchas cosas de mi vida que no sabes.
Aceptó el golpe sin discutir.
—Lo entiendo.
Esperé. Él miró sus manos y después levantó la vista.
—¿Cuántos años tiene?
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.
Era una pregunta sencilla. Podría haber respondido sin más. Emma tenía cinco años. Había nacido en abril de 2021. Su edad no era un secreto vergonzoso.
Pero conocía demasiado bien al hombre que estaba frente a mí para no comprender lo que estaba calculando.