La hija que nunca supiste que tenías

CAPÍTULO 5: NADA HA CAMBIADO

VALERIA

Había una diferencia entre recordar a alguien y tener que aprender a convivir con su presencia.

Los recuerdos podían guardarse. Una decidía cuándo abrirlos, cuánto tiempo permanecer en ellos y en qué momento volver a cerrarlos. Damián, en cambio, aparecía justo cuando empezaba a concentrarme en otra cosa.

No estaba siempre. Eso habría sido más fácil de manejar. Aparecía lo suficiente para alterar mi tranquilidad y desaparecía antes de que pudiera acostumbrarme.

El viernes por la mañana lo encontré conversando con Irene frente al área de rehabilitación. Llevaba una carpeta con evaluaciones y tenía diez minutos para llegar a una reunión. Mi primer impulso fue dar media vuelta.

Me detuve.

No iba a cambiar de pasillo para evitar a un hombre.

—Doctora Sorel —me saludó Irene—. Justamente hablábamos de su propuesta.

—Buenos días.

Damián inclinó la cabeza.

—Valeria.

No respondí a la familiaridad de su saludo.

Irene explicó que el consejo necesitaba aclaraciones sobre los plazos de implementación. Respondí sus preguntas. Durante varios minutos hablamos exclusivamente de trabajo. Después recibió una llamada y tuvo que retirarse.

—Regreso enseguida —dijo.

Nos dejó solos.

Miré mi reloj.

—Tengo una reunión en unos minutos.

—No voy a retenerte.

—Bien.

Intenté pasar a su lado.

—Valeria.

Me detuve. Había algo en la manera en que pronunciaba mi nombre que todavía me hacía volver la cabeza. Lo odiaba.

—¿Qué ocurre?

—Quería preguntarte algo.

—Si está relacionado con el proyecto, puedes enviármelo por correo.

—No tiene que ver con el proyecto.

—Entonces no creo que sea el momento.

—¿Habrá algún momento adecuado?

Lo miré. Permanecía frente a mí con las manos en los bolsillos y una expresión que no conseguí descifrar.

—No lo sé.

—Han pasado seis años.

La frase me golpeó.

—Soy consciente.

—No podemos fingir que somos desconocidos.

—No estoy fingiendo. Estamos trabajando en el mismo hospital y trato de comportarme profesionalmente.

—No he dicho que no lo hagas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Damián guardó silencio. Por un instante pareció buscar una respuesta que no tenía preparada.

—Entender por qué regresaste.

Lo observé, incrédula.

—¿Por qué regresé a Bellcosta?

—Sí.

—Porque acepté un contrato.

—Sabes a qué me refiero.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—No. No lo sé. Si quieres saber por qué estoy aquí, consulta mi expediente profesional. Si quieres saber por qué elegí este hospital, pregúntale a Irene. Pero si estás intentando averiguar si regresé por ti, la respuesta es no.

Apretó la mandíbula.

—No he insinuado eso.

—Entonces deja de hacer preguntas como si mi presencia necesitara una explicación personal.

Pasé a su lado. Esta vez no intentó detenerme.

Llegué a la sala de trabajo con el pulso acelerado. Claudia levantó la mirada.

—¿Qué ocurrió?

—Nada.

—Valeria.

Dejé la carpeta sobre la mesa.

—Me encontré con Damián.

Mi amiga suspiró.

—¿Discutieron?

—No exactamente.

—Eso significa que sí.

Me senté.

—Quería saber por qué regresé.

Claudia frunció el ceño.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Toda?

La miré.

—La parte que le corresponde conocer.

No respondió. Sabía lo que estaba pensando. Desde que le conté lo ocurrido durante mi embarazo, Claudia nunca había dejado de preguntarse si Damián recibió realmente la carta.

Yo también me lo había preguntado.

Había enviado una comunicación certificada a su oficina en agosto de 2020. Conservaba el comprobante de entrega. Días después llegó una respuesta con membrete jurídico. Decía que Damián estaba informado y no deseaba contacto personal, y que cualquier asunto de paternidad debía tratarse por las vías legales.




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