DAMIÁN
Había aprendido a escuchar malas noticias sin mostrar sorpresa. En el Grupo Vercourt, cualquier gesto de incertidumbre podía convertirse en una ventaja para alguien más. Mi padre llamaba a eso disciplina. Mi madre, carácter. Yo siempre había pensado que era una forma útil de protegerse.
Aquella mañana descubrí que no servía de nada frente a Valeria Sorel.
Estaba sentada a menos de cuatro metros de mí, con una carpeta abierta y el cabello oscuro recogido en una coleta baja. Había cambiado. Su rostro conservaba los rasgos que recordaba, pero en su expresión había una seguridad distinta, como si hubiera aprendido a sostenerse incluso cuando el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Valeria —repetí, incapaz de encontrar algo mejor.
Ella levantó ligeramente la barbilla.
—Señor Vercourt.
Dos palabras pronunciadas con una cortesía impecable. Dos palabras que me dejaron más lejos de ella que todos los kilómetros que habían existido entre nosotros durante seis años.
Irene Salvat nos observó.
—¿Se conocen?
—Coincidimos hace algunos años —respondió Valeria.
Casi dos años de relación reducidos a una coincidencia. No tenía derecho a reprochárselo.
—Así es —confirmé.
Irene retomó la presentación. Me senté y abrí la carpeta, aunque apenas podía concentrarme. El nombre de Valeria aparecía en la tercera página de la lista de incorporaciones. Había tenido aquel documento a mi disposición y no lo había leído con atención. El hospital seleccionaba su personal clínico sin nuestra intervención, como correspondía. No tenía motivos para revisar cada contratación.
Pero habría querido saberlo antes de verla.
La reunión continuó. Irene habló de equipos, listas de espera y salas cerradas. Respondí preguntas sobre los plazos de financiación y anoté dos observaciones. A simple vista, nada había cambiado. Por dentro, sin embargo, era incapaz de dejar de pensar en una noche de julio.
La última vez que vi a Valeria antes de aquella mañana estaba llorando.
Recuerdo los documentos extendidos sobre mi escritorio. Un informe de seguridad corporativa. Copias de comunicaciones internas. Una relación de archivos presuntamente compartidos con personas ajenas al grupo. Todo señalaba a Valeria, que había tenido acceso a documentación de la fundación durante su formación clínica.
Yo conocía su carácter. Su obstinación cuando creía que algo era injusto. La manera en que discutía con cualquier persona que intentara reducir a un paciente a una cifra. La facilidad con la que encontraba motivos para confiar en los demás.
También conocía el interés que despertaba mi apellido.
Elegí creer en los documentos.
No en ella.
«¿De verdad crees que sería capaz de hacerte algo así?», me preguntó.
No respondí. O respondí demasiado tarde, cuando ella ya había comprendido que nada de lo que dijera cambiaría mi decisión.
Durante años me repetí que había actuado con la información disponible. Era una explicación cómoda. No necesitaba preguntarme por qué no exigí una verificación independiente antes de enfrentarla. Tampoco por qué permití que el orgullo hablara por mí.
—Señor Vercourt.
Levanté la mirada. Irene esperaba.
—Disculpe. ¿Podría repetir la pregunta?
—Si la aprobación de los equipos dependerá de que finalicen las obras del ala norte.
Consulté las cifras.
—No necesariamente. Si pueden utilizarse de inmediato y hay espacios adecuados, no veo motivos para retrasar la compra.
—Eso reduciría varias semanas de espera —intervino Valeria.
Su voz conservaba aquella firmeza tranquila que tantas veces había confundido con terquedad.
—¿Tiene identificadas las prioridades? —pregunté.
—Necesito revisar las evaluaciones del servicio. No recomendaría aprobar una lista cerrada sin consultar a quienes utilizarán los equipos.
—Estoy de acuerdo.
Pareció sorprenderse, apenas un instante.
—Bien —respondió.
Fue nuestro primer intercambio sin una herida visible. O quizá las heridas estaban allí, escondidas bajo términos administrativos.
Cuando terminó la reunión, varias personas se acercaron a conversar conmigo. Respondí preguntas sobre presupuestos y contratos mientras observaba, de manera involuntaria, cómo Valeria guardaba sus documentos. Claudia Miret se colocó junto a ella.
—Doctora Sorel —la llamé.
Se detuvo.
—¿Sí?
—Quisiera revisar algunas observaciones sobre la reorganización del servicio.
—Podemos programarlo con Irene —respondió—. Tengo una visita pendiente al área clínica.
—No llevará mucho tiempo.
—Preferiría disponer de la documentación completa. Así aprovecharemos mejor la reunión.