La hija que nunca supiste que tenías

CAPÍTULO 4: LA MUJER DE LA QUE DESCONFIÉ

DAMIÁN

El problema de los números era que podían explicar una pérdida sin mostrar a quién había afectado. Un presupuesto reducido aparecía como una cifra negativa. Un contrato cancelado, como una línea eliminada de una tabla. En San Elian, sin embargo, aquellas decisiones tenían rostros.

Lo comprendí durante mi segunda visita al hospital.

Irene Salvat me condujo por el ala norte antes de la reunión de coordinación. Dos salas permanecían cerradas: una necesitaba reparaciones y la otra se había convertido en depósito. Había equipos cubiertos con fundas y cajas apiladas junto a una pared.

—¿Cuánto costaría recuperar estos espacios? —pregunté.

—El informe técnico incluye una estimación.

—Lo he leído. Quiero saber qué necesitan para utilizarlos después de la reparación.

—Personal, principalmente.

Continuamos por el corredor. A través de un ventanal vi a Valeria arrodillada junto a una colchoneta. Hablaba con un niño de unos ocho años que mantenía los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo.

No podía escuchar sus palabras. Ella no intentó obligarlo a continuar. Esperó. Le dijo algo y el pequeño negó con la cabeza. Valeria respondió con una expresión exageradamente seria que consiguió arrancarle una sonrisa. Después le ofreció la mano. Él la aceptó.

Me detuve sin darme cuenta.

—La doctora Sorel se ha adaptado muy rápido —comentó Irene.

—Parece que tiene buena relación con los pacientes.

—Sabe escuchar. Aquí eso importa tanto como cualquier protocolo.

Recordé a Valeria durante nuestros primeros meses juntos. Podía pasar una tarde estudiando y aun así encontrar tiempo para escuchar a alguien que necesitara ayuda. Yo solía bromear diciendo que quería salvar al mundo. Ella respondía que el mundo era demasiado grande, pero siempre podía empezar por una persona.

Había olvidado aquella frase.

O había intentado hacerlo.

En la reunión, Valeria presentó una propuesta dividida en tres niveles: necesidades urgentes, mejoras necesarias y adquisiciones que podían esperar. No buscó impresionar a nadie. Explicó con claridad qué cambios mejorarían la atención y cuáles serían inútiles sin personal suficiente.

—La contratación de profesionales genera gastos permanentes —señaló el responsable financiero.

—También genera tratamientos —respondió ella—. Y esa es la razón por la que existe el servicio.

Tuve que contener una sonrisa.

—La doctora tiene razón —intervine—. Debemos calcular la capacidad real de atención, no solo el precio de compra.

Valeria me miró brevemente. Parecía sorprendida de que hubiéramos coincidido.

La reunión terminó con un acuerdo: el equipo clínico revisaría las prioridades y el financiero prepararía escenarios de inversión. Irene quería un documento conjunto antes de presentarlo al consejo.

Cuando los asistentes comenzaron a marcharse, me acerqué a Valeria.

—Tu propuesta fue buena.

Ella guardó sus notas.

—Gracias.

—Especialmente la distribución por prioridades.

—Es un procedimiento habitual.

—Aun así, está bien planteado.

Levantó la mirada.

—¿Necesitas algo más, señor Vercourt?

El tratamiento formal empezaba a irritarme.

—Puedes llamarme Damián.

—Estamos trabajando.

—Eso no impide que utilices mi nombre.

—Tampoco hace necesario que lo haga.

Había olvidado lo difícil que resultaba discutir con ella cuando se lo proponía.

—Valeria...

—Tengo pacientes esperando.

—No intento incomodarte.

Se detuvo antes de salir.

—Entonces no lo hagas.

No levantó la voz. No necesitaba hacerlo.

Me quedé solo en la sala. La había visto defender a los pacientes, había escuchado sus argumentos y durante algunos minutos había sentido la antigua facilidad de estar de acuerdo con ella. Después había cometido el error de intentar recuperar una familiaridad que ya no me pertenecía.

No sabía cómo comportarme frente a Valeria. Era una constatación incómoda para alguien acostumbrado a decidir cada palabra antes de pronunciarla.

Regresé a la Torre Vercourt después del mediodía. Marina me esperaba con varios documentos.

—El consejo solicita una actualización del proyecto San Elian —informó—. También llegó parte de la documentación histórica de los programas de apoyo sanitario.

—¿Qué documentación?

—Los archivos vinculados a la financiación de servicios de rehabilitación. Los solicitaron desde el equipo de coordinación.

Recordé una referencia que había visto en la carpeta de la primera reunión.




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