VALERIA
Emma tenía una teoría sobre las despedidas. Decía que, si alguien prometía volver, despedirse no era triste: solo significaba esperar.
Había llegado a aquella conclusión la noche anterior a mi viaje a Bellcosta, mientras me ayudaba a cerrar una maleta que contenía más ropa de la necesaria.
—¿Y si tardas mucho? —preguntó.
—Te llamaré todas las noches.
—¿Incluso cuando estés cansada?
—Incluso entonces.
Se quedó pensativa, abrazada a Nube, el conejo de peluche que había elegido como compañero inseparable desde que cumplió cuatro años.
—Entonces tienes que contarme algo bonito.
—¿Qué clase de cosa bonita?
—Una historia que no sea triste. Y que tenga una tortuga.
Le inventé una historia sobre una tortuga que quería conocer el mar y terminaba siguiendo las estrellas. Emma me interrumpió tres veces para aclarar que las tortugas no corrían, que algunas vivían en el agua y que las estrellas desaparecían cuando había nubes. Acabé prometiéndole que mi siguiente historia tendría más sentido.
Ahora, sentada en el apartamento que había alquilado cerca del hospital, observaba su fotografía en la pantalla del teléfono y deseaba escuchar otra de sus correcciones.
La llamada llegó a las ocho.
—¡Mamá!
Su rostro apareció tan cerca de la cámara que solo pude distinguir un ojo y parte de su frente.
—Hola, cariño. ¿Dónde está el resto de tu cara?
Se alejó riendo. Llevaba un pijama amarillo y dos trenzas desiguales.
—Mira lo que hice.
Levantó una hoja. Había dibujado una casa azul, un árbol enorme y tres figuras tomadas de la mano.
—Es precioso.
—Esta eres tú. Esta soy yo. Y esta es la abuela, pero me salió demasiado alta.
Sonreí. Mi madre había insistido en cuidar a Emma durante las primeras semanas de mi contrato. Vivía a pocos minutos de nuestra casa en Montelune y conocía cada detalle de su rutina: las comidas que rechazaba, las historias que pedía antes de dormir y la forma de convencerla de ponerse un abrigo sin convertirlo en una negociación interminable.
—¿Cómo te fue hoy? —pregunté.
—Bien. La abuela hizo sopa.
—¿Te la comiste?
Emma miró hacia un lado.
—Casi toda.
—Emma.
—Tenía muchas zanahorias.
Escuché la risa de mi madre fuera de cámara.
—Se la comió —intervino—. Solo dejó un poco de pan.
—Porque estaba duro —protestó Emma.
—Mamá, ¿Bellcosta tiene mar?
—Sí.
—¿Hay tortugas?
—No lo sé.
—Tienes que averiguarlo.
—Lo intentaré.
—Y sacar una foto.
—Prometido.
Me miró con una seriedad que me desarmó.
—Te quiero hasta el mar.
—Y yo a ti hasta donde termina.
—El mar no termina, mamá.
—Entonces te quiero todavía más.
La pantalla se apagó y el apartamento quedó en silencio.
No era una habitación triste. Había una mesa pequeña junto a la ventana, una cocina luminosa y un dormitorio donde había dejado espacio para las cosas de Emma. Había elegido aquel lugar pensando en ella: las escaleras, el trayecto hasta el hospital, el parque cercano y la posibilidad de encontrar una escuela adecuada si decidíamos quedarnos más tiempo.
Todo lo que hacía pasaba por una pregunta: ¿sería bueno para mi hija?
A veces temía que esa pregunta hubiera terminado por borrar todas las demás.
Miré la carpeta de trabajo que esperaba sobre la mesa. Había regresado a Bellcosta porque quería seguir creciendo como médica, porque podía aportar algo al hospital y porque el salario nos daría estabilidad. Necesitaba recordar que esos motivos también importaban. Emma merecía una madre que no viviera únicamente para protegerla del mundo.
Me preparé una taza de té y abrí el calendario. Había marcado las semanas de adaptación, los posibles días de viaje de mi madre y los turnos en que necesitaría apoyo para el cuidado de Emma. Las fechas parecían ordenadas. Mi vida, por primera vez desde el reencuentro, no tanto.
Damián Vercourt.
Bastaba pensar su nombre para que el apartamento se sintiera más pequeño.
No sabía qué habría visto él en mi rostro durante la reunión. Yo había intentado mantenerme firme, pero todavía recordaba la forma en que se detuvieron sus dedos sobre la carpeta. La sorpresa fue real. Eso me tranquilizaba y me inquietaba al mismo tiempo.
No había regresado para buscarlo. Ni siquiera sabía que participaba en el proyecto. Claudia me había recomendado para el puesto y yo había confiado en ella. Quizá demasiado.