La hija que nunca supiste que tenías

CAPÍTULO 6: LA NIÑA DEL JARDÍN

DAMIÁN

El viernes por la noche encontré un sobre sobre mi escritorio. No tenía nada especial: una carpeta del archivo corporativo, con una etiqueta blanca y una referencia administrativa escrita en la esquina superior.

«Fundación Vercourt. Programa Horizonte. Revisión interna 2020».

La había solicitado dos días antes. Debería haberla abierto de inmediato. En cambio, permanecí mirando el sobre mientras recordaba la conversación con Valeria.

«Preferiste creerles a ellos antes que a mí».

No había dejado de escuchar aquella frase. Era una acusación que conocía bien. La había oído durante nuestra última discusión y después, en diferentes versiones, dentro de mi propia cabeza. Durante años respondí siempre de la misma manera: había visto pruebas, tomado una decisión y Valeria se había marchado.

Pero aquella tarde dijo algo que me resultaba más difícil de ignorar.

«Me acusaste».

Abrí la carpeta. El expediente contenía un resumen de revisión, comunicaciones administrativas y una relación de documentos asociados. Algunos anexos no estaban incluidos. Había una nota de cierre firmada por el área jurídica.

Samuel Rivas.

Conocía a Samuel desde hacía años. Era un abogado eficiente, discreto y particularmente hábil para resolver conflictos antes de que llegaran al consejo. Mi madre confiaba en él. Yo también lo había hecho.

Encontrar su nombre en un expediente de la fundación no era extraño. Lo extraño era que aquel asunto hubiera sido cerrado con una explicación tan breve.

Tomé una hoja y anoté tres preguntas.

¿Qué irregularidades se detectaron?

¿Quién verificó que estaban resueltas?

¿Dónde estaban los anexos?

Después cerré la carpeta. No iba a resolverlo aquella noche. Y, por mucho que el regreso de Valeria me hubiera hecho recordar 2020, no tenía derecho a convertir una coincidencia en una acusación.

El sábado asistí a una comida familiar en Miravent.

La residencia de mis padres se encontraba sobre una colina desde la que podía verse la bahía de Bellcosta. Era una casa amplia, rodeada de jardines cuidadosamente mantenidos y terrazas donde mi madre organizaba reuniones para personas que parecían disfrutar más de ser vistas que de conversar.

De niño me había parecido un lugar enorme. De adulto me resultaba demasiado silencioso.

Helena me recibió en el salón principal.

—Pensé que cancelarías otra vez.

—Te dije que vendría.

Me besó en la mejilla. Llevaba un vestido oscuro y un collar de perlas que reconocí de una fotografía familiar.

—Tu padre está en el despacho.

—Lo saludaré después.

Me observó con atención.

—Pareces cansado.

—Ha sido una semana complicada.

—Ese hospital está consumiendo demasiado tiempo.

—Es un proyecto importante.

—Todos los proyectos son importantes cuando decides involucrarte personalmente.

No respondí. La seguí hasta la terraza, donde habían preparado el almuerzo.

Durante la comida hablamos de una cena benéfica, una operación inmobiliaria y el aniversario de una empresa asociada al grupo. Mi padre se incorporó a mitad de la conversación.

—¿Cómo marcha San Elian? —preguntó.

—Estamos preparando una propuesta de inversión por etapas.

—¿Con la dirección médica?

—Sí. Y con los profesionales del servicio.

Helena dejó la copa sobre la mesa.

—Espero que no estés permitiendo que cada departamento decida cuánto dinero quiere gastar.

—Estoy intentando saber qué necesitan realmente.

—Las necesidades siempre superan los recursos.

—Precisamente por eso debemos establecer prioridades.

Mi madre sonrió con una paciencia que conocía demasiado bien.

—No necesitas explicarme cómo funciona una fundación, Damián.

—No lo estaba haciendo.

Esteban intervino antes de que la conversación se convirtiera en una discusión.

—¿Y el equipo nuevo? ¿Estás satisfecho?

Pensé en Valeria. En la firmeza con la que había defendido sus propuestas. En el modo en que se había marchado de la sala de reuniones.

—Hay profesionales muy competentes —respondí.

Helena asintió.

—Eso espero.

No mencioné su nombre. No sabía por qué. Quizá no estaba preparado para escuchar la opinión de mi madre sobre Valeria. Quizá necesitaba comprender primero qué estaba ocurriendo conmigo.

—¿Recuerdas el Programa Horizonte? —pregunté.

Frunció el ceño.




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