Capítulo 1. La mujer de las fotografías
Rodolfo había aprendido a medir sus palabras antes de hablar con su esposa. Delante de los niños, por supuesto, pero también cuando estaban solos. Había descubierto que algunas conversaciones terminaban antes de empezar y que, si insistía demasiado, podía pasar varios días sin recibir una respuesta amable.
No era la manera en que había imaginado su matrimonio. Sin embargo, todavía conservaba la esperanza de que algún día pudieran recuperar la tranquilidad que había soñado cuando se casó.
Aquella noche, mientras Leticia veía televisión en el sofá, él permanecía sentado en el borde de la cama con un álbum abierto sobre las piernas.
No era la primera vez que lo hacía.
Las fotografías tenían varios años, pero conservaban intactos los recuerdos de una época que Rodolfo echaba de menos. En una de ellas, Leticia aparecía abrazada a su cuello, con una sonrisa amplia y un vestido blanco de verano. En otra, sostenía un ramo de flores que él le había llevado sin motivo especial. Había también una fotografía tomada durante una cena, en la que ella apoyaba la cabeza sobre su hombro mientras él la miraba con una expresión de absoluta felicidad.
Rodolfo pasó el dedo por aquella imagen.
—Qué felices éramos... —murmuró.
—¿Todavía estás con eso?
La voz de Leticia lo hizo levantar la cabeza.
Ella estaba en la puerta del dormitorio, con el control remoto en una mano y un gesto de fastidio.
—Solo estaba mirando unas fotografías.
—Pues llevas bastante tiempo mirando esas mismas fotografías.
Rodolfo cerró parcialmente el álbum.
—Son recuerdos bonitos.
—Los recuerdos no pagan las facturas ni resuelven los problemas.
—No he dicho que lo hagan.
Leticia entró en la habitación y dejó el control remoto sobre la cómoda.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche?
—Ya voy.
—Eso dijiste hace media hora. Te preparé algo de cenar, pero como nunca estás pendiente de nada...
—Pensé que ya habías cenado.
—Pues pensaste mal.
Rodolfo respiró profundamente. No quería discutir. Había tenido un día difícil en el trabajo y lo único que deseaba era cenar tranquilamente con su esposa.
—Podemos comer juntos ahora.
—No tengo hambre.
Ella salió de la habitación.
Él miró nuevamente el álbum. La mujer de las fotografías parecía otra persona. No solamente por su aspecto, sino por aquella expresión que tenía cuando lo miraba. Había una ternura que Rodolfo no encontraba desde hacía mucho tiempo.
Se preguntó en qué momento habían dejado de tratarse como dos personas que estaban enamoradas.
El domingo por la mañana, Rodolfo se levantó temprano.
Mientras los niños dormían, preparó café, tostó unas rebanadas de pan y colocó sobre la mesa el desayuno que sabía que a Leticia le gustaba.
También había comprado unas flores el día anterior.
No eran especialmente costosas. Un pequeño ramo de rosas que había visto en una tienda mientras regresaba del trabajo.
Cuando Leticia apareció en la cocina, todavía llevaba el cabello desordenado y una expresión de sueño.
—Buenos días —la saludó él.
—Buenos días.
—Te preparé el desayuno.
Ella miró la mesa.
—¿Y esto?
—Pensé que podríamos desayunar juntos.
Leticia reparó en las flores.
—¿Otra vez comprando flores?
Rodolfo sonrió ligeramente.
—¿Qué tienen de malo?
—Nada. Pero podrías gastar ese dinero en algo más útil.
—No son tan caras.
—No se trata de cuánto cuestan, Rodolfo. Se trata de que tienes dos hijos y una casa que mantener. A veces parece que sigues viviendo de noviazgo.
Él bajó la mirada hacia las rosas.
—Pensé que te gustaban.
—Antes. Ahora tengo otras preocupaciones.
Leticia se sirvió café y se sentó. No hizo ningún comentario sobre el desayuno.
Rodolfo ocupó la silla de enfrente.
—Podríamos llevar a los niños al parque después de comer. Hace días que no salimos los cuatro.
—Ve tú con ellos.
—Me gustaría que fueras.
—No tengo ganas.
—Podríamos pasar un rato juntos.
Leticia dejó la taza sobre el plato.
—¿Por qué tienes esa necesidad de estar haciendo cosas en familia todo el tiempo? Los niños necesitan salir, sí, pero tampoco hay que convertir cada domingo en una excursión.
Rodolfo no respondió.
Desde el pasillo llegó la voz de uno de los pequeños, que preguntaba si ya podían desayunar.
El padre se levantó inmediatamente.
—Claro, campeón. Ven, que hay panqueques.
El niño entró corriendo y se sentó junto a su padre.
—¿Hoy vamos al parque?
Rodolfo miró a Leticia antes de contestar.
—Todavía no lo hemos decidido.
—¡Yo quiero ir!
El niño miró a su madre, esperando que ella confirmara el paseo. Leticia continuó bebiendo su café.
—Podemos ir otro día —dijo el pequeño, y siguió comiendo.
—Ya veremos, hijo —respondió Rodolfo.
El padre lo observó con cariño. Había trabajado muchos años para darles a sus hijos una vida tranquila. Quería que tuvieran recuerdos de paseos, cumpleaños, tardes de juegos y conversaciones alrededor de la mesa. No deseaba que crecieran creyendo que un hogar era simplemente un lugar donde cada quien atendía sus propias necesidades.
Había soñado con una familia que disfrutara estando junta.
Y todavía no estaba dispuesto a renunciar a ese sueño.
Aquella tarde, después de regresar de la iglesia, Rodolfo se quedó unos minutos sentado en el automóvil.
Los niños habían entrado corriendo a la casa. Leticia se había adelantado porque quería cambiarse de ropa.
Él permaneció inmóvil, con las manos apoyadas sobre el volante.
Durante el servicio, el pastor había hablado del amor dentro del matrimonio. Había recordado que el amor debía manifestarse en el trato cotidiano, en la paciencia, en el respeto y en la consideración por el otro.