La mujer que ocupa mi lugar

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Capítulo 4. Manual para enamorar a un buen hombre

El sábado llegó demasiado pronto.

Leticia llevaba casi una hora frente al armario cuando recibió una llamada de Nubia.

—Dime que ya estás lista.

—Estoy decidiendo qué ponerme.

—¿Todavía?

—No quiero parecer desesperada.

—Tranquila. Si te vieras como te ves cuando vas al supermercado, yo también estaría preocupada.

—¡Nubia!

—Perdón, perdón. Pero escucha: ponte algo bonito, femenino, que te favorezca. A Rodolfo le gustan las mujeres que se arreglan.

Leticia miró los vestidos que había extendido sobre la cama.

—¿Y si no le gusta cómo me veo?

—No podemos controlar todo. Pero podemos evitar que llegues con cara de estar cumpliendo una condena.

Leticia soltó una risa involuntaria.

—Está bien. Ya voy.

Eligió un vestido color vino, se maquilló con cuidado y se dejó el cabello suelto. Antes de salir, se miró una última vez. No estaba acostumbrada a dedicar tanto tiempo a su apariencia, pero aquella noche quería causar una buena impresión.

No quería que Rodolfo la descartara antes de conocerla.

El restaurante era pequeño y acogedor. Nubia había elegido una mesa para cuatro, aunque el cuarto invitado canceló a última hora. Leticia sospechó que aquello no había sido una casualidad, pero prefirió no preguntar.

Rodolfo llegó unos minutos después.

—Buenas noches.

Saludó a Nubia con un abrazo cordial y luego dirigió la mirada hacia Leticia.

—Tú debes ser Leticia.

—Sí. Mucho gusto.

—El gusto es mío.

Le estrechó la mano y sonrió. Después le entregó una pequeña bolsa.

—Nubia me dijo que hoy habías tenido una semana complicada. Pensé que quizá esto podría alegrarte la noche.

Leticia abrió la bolsa. Dentro había una caja de chocolates.

—No tenías que molestarte.

—No es molestia. Espero que te gusten.

Leticia sintió una emoción que intentó disimular.

—Muchas gracias.

Nubia observaba la escena con una sonrisa satisfecha.

Durante la cena, Rodolfo resultó ser tal como ella lo había descrito. Preguntaba, escuchaba y parecía interesado en las respuestas. No interrumpía para hablar de sí mismo ni intentaba impresionar contando historias exageradas.

Cuando Leticia mencionó que había tenido un día difícil en el trabajo, él dejó los cubiertos.

—¿Qué ocurrió?

Ella estuvo a punto de responder con una queja sobre sus compañeros, pero recordó la conversación con Nubia.

—Tuve algunas diferencias con una compañera.

—¿Pudieron resolverlas?

—Más o menos.

—A veces es difícil trabajar con personas que piensan diferente. Pero supongo que también es una oportunidad para aprender a tener paciencia.

Leticia sonrió.

—Eso suena muy bonito.

—No siempre lo consigo —admitió él—. También tengo mis días malos.

Aquella respuesta le gustó. No parecía estar presumiendo de ser un hombre perfecto.

Más tarde, mientras Nubia se levantaba para atender una llamada, Rodolfo le preguntó:

—¿Te gustan las reuniones familiares?

—Sí, claro.

La respuesta salió demasiado rápido.

—A mí me encantan. En mi familia somos bastante unidos. Me gusta que los niños crezcan rodeados de sus abuelos, sus tíos, sus primos. Creo que esos recuerdos los acompañan toda la vida.

Leticia imaginó una mesa llena de personas, una casa con voces, niños jugando en el patio.

—También me gustaría tener una familia así.

Rodolfo la miró con una expresión distinta.

—¿Te gustaría tener hijos?

—Mucho.

—A mí también. Quisiera ser un padre presente. No quiero que mis hijos recuerden que su papá siempre estaba trabajando y nunca tenía tiempo para ellos.

—Eso es importante.

—Mi padre trabajó muchísimo para que nunca nos faltara nada. Se lo agradezco, pero a veces pienso que me habría gustado compartir más cosas con él. Quiero hacerlo diferente.

Leticia lo escuchaba con atención. Aquello no parecía una conversación preparada para conquistar a una mujer. Era una parte de él que estaba mostrando sin darse cuenta.

—¿Y qué clase de esposa te gustaría tener? —preguntó ella.

Rodolfo sonrió.

—Una compañera. Alguien con quien pueda hablar, reírme, compartir mis preocupaciones. No espero que piense igual que yo en todo. Pero sí quisiera que nos tratáramos con cariño, incluso cuando estemos en desacuerdo.

Leticia bajó los ojos.

—¿Y si discuten?

—Pues tendremos que aprender a resolverlo. No creo que un matrimonio sea feliz porque nunca discuta. Lo importante es no convertir cada diferencia en una guerra.

Aquella frase se le quedó grabada.

Cuando Nubia regresó, la conversación continuó entre los tres. Sin embargo, Leticia ya no veía a Rodolfo como un simple candidato a esposo. Le gustaba su manera de hablar, su tranquilidad y la facilidad con que expresaba sus sentimientos.

Al despedirse, él se ofreció a acompañarla hasta su automóvil.

—Me ha gustado conocerte —dijo.

—A mí también.

—Espero que podamos repetirlo.

Leticia sonrió.

—Me gustaría.

Rodolfo abrió la puerta del automóvil y esperó a que ella entrara.

—Que llegues bien a casa.

—Gracias.

Él se inclinó un poco para despedirse y luego se alejó.

Leticia permaneció unos segundos con las manos sobre el volante.

Había recibido chocolates, había tenido una conversación agradable y un hombre le había dicho que quería volver a verla. No parecía gran cosa, pero para ella era suficiente para regresar a casa con una sonrisa.

—¿Y bien? —preguntó Nubia al día siguiente por teléfono.

—Es agradable.

—¿Solo agradable?

—Muy agradable.

—Te lo dije.

Leticia guardó silencio unos instantes.

—Me preguntó si quería tener hijos.

—Eso es importante para él.

—También habló de su familia, de su padre, de cómo le gustaría ser esposo.




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