La mujer que ocupa mi lugar

7

7

Capítulo 7. Enamorándote de una mentira

Rodolfo encontró la caja de las fotografías un martes por la tarde.

Había llegado temprano del trabajo porque una reunión se había cancelado. Leticia había salido a hacer unas compras y los niños estaban en el colegio. La casa estaba silenciosa.

Mientras buscaba unos documentos en el armario del dormitorio, vio la caja sobre una repisa. La reconoció enseguida. Era la misma que habían abierto días atrás.

La bajó y se sentó en la cama.

No sabía por qué últimamente le costaba tanto recordar cuándo habían sido felices. A veces pensaba que quizá estaba exagerando, que todos los matrimonios atravesaban temporadas difíciles. Pero después recordaba las respuestas de Leticia, su indiferencia y la manera en que parecía molestarse por cualquier gesto suyo.

Abrió el álbum.

En una fotografía estaban los dos durante su primera cena. Leticia llevaba aquel vestido color vino y sonreía mientras él le entregaba una caja de chocolates.

En otra aparecían abrazados durante un paseo.

Rodolfo pasó las páginas lentamente.

Recordaba cada momento. Recordaba lo que habían hablado, las promesas que se hicieron y las veces que ella le había dicho que deseaba una familia.

Pero ahora había algo que no conseguía entender.

¿Cómo podía una mujer cambiar tanto?

Cuando Leticia regresó, lo encontró sentado en la cama con el álbum abierto.

—¿Qué haces?

—Estaba viendo las fotografías.

Ella dejó las bolsas sobre una silla.

—¿Y?

—Me acordé de muchas cosas.

—Eso está bien.

Rodolfo levantó la mirada.

—¿Te acuerdas de esta cena?

—Sí.

—Ese día me dijiste que te encantaba recibir flores.

Leticia se quitó los zapatos.

—Me gustaban en aquel momento.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo otras preocupaciones.

Rodolfo pasó una página.

—Aquí me dijiste que soñabas con tener una casa llena de niños.

—Y los tenemos.

—También me dijiste que querías que fuéramos una pareja cariñosa.

Leticia suspiró.

—Rodolfo, ¿adónde quieres llegar?

Él cerró parcialmente el álbum.

—Quiero saber qué pasó con la mujer que aparece en estas fotografías.

Leticia lo miró fijamente.

—Esa mujer ya no existe.

—Eso es lo que siempre dices. Pero necesito entenderlo.

—No hay nada que entender. La gente cambia.

—Lo sé. Yo también he cambiado. Pero no creo que cambiar signifique dejar de tratarse con cariño.

Leticia se levantó.

—No voy a discutir contigo por unas fotografías.

—No quiero discutir. Quiero hablar.

—Pues yo no tengo ganas.

Rodolfo dejó el álbum sobre la cama.

—¿Alguna vez fuiste feliz conmigo?

Ella se detuvo junto a la puerta.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una que llevo mucho tiempo haciéndome.

Leticia tardó en responder.

—Sí. Fui feliz.

—Entonces, ¿por qué parece que ahora no soportas estar conmigo?

—Porque estoy cansada de tener que ser la mujer que tú quieres.

Rodolfo se quedó inmóvil.

—Yo nunca te he pedido que seas otra persona.

Leticia soltó una risa amarga.

—No. Tú solo te enamoraste de una que no existe.

La discusión continuó durante varios minutos.

Rodolfo quería saber qué significaba aquello. Leticia intentaba esquivar las preguntas, pero estaba cansada de sostener una versión de sí misma que ya no quería representar.

—¿Qué esperabas que hiciera? —preguntó ella—. ¿Que pasara toda la vida sonriendo, agradeciéndote las flores y fingiendo que me encantan tus planes?

—No esperaba que fingieras.

—¡Pero eso fue lo que hice!

Rodolfo la miró sin comprender.

—¿Qué quieres decir?

Leticia respiró profundamente.

—Cuando te conocí, ya sabía qué clase de mujer buscabas. Sabía que querías una esposa dulce, cariñosa, paciente, familiar. Sabía que soñabas con tener hijos y una casa donde todos se quisieran. Y yo quería que me eligieras.

—¿Quién te dijo que yo buscaba una mujer perfecta?

—Nubia me habló de ti.

Rodolfo frunció el ceño.

—¿Nubia?

—Sí. Me contó cómo eras, qué te gustaba, qué esperabas de una relación. Me dijo que no soportabas las groserías, que te encantaban los detalles, que querías una mujer que disfrutara de la vida familiar.

Él empezó a comprender.

—¿Y tú decidiste convertirte en esa mujer?

Leticia bajó la mirada.

—Decidí darte lo que querías.

—¿Aunque no fueras así?

—Tenía miedo de que no te fijaras en mí.

Rodolfo se levantó de la cama.

—¿Todo fue mentira?

—No todo.

—¿Qué parte fue verdad?

—Mis sentimientos.

—¿Y las conversaciones? ¿Las cosas que me decías? ¿Cuando me contabas que soñabas con nuestra familia?

Leticia tenía los ojos húmedos.

—Yo también quería tener una familia.

—¿Pero querías la misma vida que yo?

Ella no respondió.

Rodolfo se llevó una mano a la frente.

—No puedo creerlo.

—¿Ves? Por eso no quería decírtelo.

—No. No me digas que el problema es que yo no quería saber la verdad. Me casé contigo creyendo que te conocía.

—Nunca me conociste.

—Porque no me dejaste.

Leticia apretó los labios.

—Tú estabas enamorado de una mujer que siempre estaba de acuerdo contigo. Una mujer que sonreía cuando le llevabas flores, que te escuchaba hablar de tus sueños y que decía exactamente lo que querías escuchar.

—Yo estaba enamorado de ti.

—No. Estabas enamorado de la farsante, de la mentirosa, de la grosera, de la amargada, de la fea. De esa mujer que soy cuando no estoy intentando gustarte.

Rodolfo la observó con dolor.

—Estoy enamorado de la mujer con la que me casé. Pero no conozco a esa otra mujer de la que me estás hablando.

—Pues tendrás que conocerla.

—Leticia...

—Y después tendrás que decidir si puedes vivir con ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.