La mujer que ocupa mi lugar

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Capítulo 3. El hombre equivocado para la mujer correcta

—Antes de que te cuente nada, quiero que me prometas que no vas a burlarte.

Leticia miró a Nubia por encima de la taza de café.

—Depende de lo que me cuentes.

—Así no funciona una promesa.

—Entonces no me pidas una.

Nubia soltó una carcajada. Era una mujer desenvuelta, de esas que podían hablar con cualquiera y convertir una conversación insignificante en una anécdota. Leticia la conocía desde hacía varios años y sabía que, detrás de sus bromas, solía esconder una buena dosis de indiscreción.

—Rodolfo es un hombre muy particular —comenzó Nubia—. Cuando salíamos, me llevaba flores hasta cuando iba a recogerme al trabajo. Una vez apareció con una caja de chocolates porque le había dicho que había tenido un día horrible.

—Qué terrible desgracia.

—No te burles. El problema era que después quería saber si me habían gustado, cuáles había probado y si había guardado la tarjeta. ¡Todo tenía que convertirse en un recuerdo!

—Parece agotador.

—Para mí lo era. Para otra mujer, quizá sea maravilloso.

Leticia intentó imaginarlo. Un hombre que recordaba los detalles, que no necesitaba una fecha especial para demostrar cariño. No era algo que hubiera experimentado demasiado.

—¿Y cómo era contigo?

Nubia se quedó pensativa.

—Bueno. Me quería mucho. Creo que más de lo que yo estaba preparada para aceptar. Yo salía con mis amigas, cambiaba los planes a última hora, a veces ni siquiera contestaba sus mensajes. Él se molestaba, pero terminaba disculpándome.

—¿Nunca te reclamaba?

—Sí, claro. Pero no era de gritar. Se quedaba callado, esperaba a que se me pasara el mal humor y luego intentaba hablar. Eso también me desesperaba. Yo quería que reaccionara, que discutiera, que me demostrara que le importaba.

—¿Y no le importaba?

—Demasiado, diría yo.

Nubia removió el café.

—Con el tiempo comprendí que no éramos compatibles. Yo quería salir, viajar, cambiar de planes. Él quería construir una familia, tener una casa, compartir los domingos. No había nada malo en eso, pero yo no quería esa vida.

Leticia bajó la mirada hacia sus manos.

—¿Y él todavía quiere casarse?

—Muchísimo. No esconde lo que busca. Quiere una esposa, hijos, una casa donde se respire cariño. Es de los que creen que el matrimonio debe ser para toda la vida.

—Eso no suena mal.

—No, pero hay que tener paciencia con él. Es muy romántico. Y tiene una idea bastante definida de cómo debería ser una relación.

Nubia sacó el teléfono y buscó una fotografía.

—Mira.

En la pantalla apareció un hombre de cabello oscuro, sonrisa tranquila y camisa clara. No tenía una belleza llamativa, pero su expresión transmitía serenidad. Estaba sentado en una terraza, con una taza de café entre las manos.

—¿Ese es Rodolfo?

—Sí. La foto es de hace unos meses.

Leticia la observó unos segundos más de lo necesario.

—No está mal.

—Sabía que te iba a gustar.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

Nubia guardó el teléfono.

—Escúchame, Leticia. Si de verdad quieres conocerlo, puedo presentártelos. Pero antes necesito explicarte algo.

—Te escucho.

—Rodolfo no busca una mujer que se burle de sus detalles, que le diga que las flores son un gasto inútil o que convierta cada desacuerdo en una pelea. Quiere una compañera. Alguien que también tenga ganas de construir un hogar.

Leticia frunció el ceño.

—¿Y tú crees que yo no puedo ser una buena esposa?

—No he dicho eso.

—Pero lo estás insinuando.

—Estoy diciendo que, si lo conoces tal como eres ahora, probablemente no le gustes.

La respuesta fue tan directa que Leticia dejó de fingir indiferencia.

—¿Y qué propones? ¿Que me convierta en una muñeca?

—No. Que aprendas a mostrar tu mejor parte.

—¿Y si no le gusta mi mejor parte?

—Entonces sabrás que no es para ti.

Leticia no estaba convencida. Había algo incómodo en aquella conversación, algo que no conseguía acomodar dentro de sí.

—Dijiste que podías ayudarme. ¿Cómo?

Nubia sonrió y empezó a enumerar algunas cosas.

A Rodolfo le gustaban las conversaciones tranquilas. Le encantaba que una mujer se interesara por su trabajo y le preguntara cómo había pasado el día. Prefería los planes sencillos: una cena en casa, una caminata, una tarde de películas. Le gustaba regalar flores, pero también recibir muestras de cariño. No era partidario de las relaciones pasajeras y tenía muy clara su postura sobre la intimidad: quería reservarla para el matrimonio.

—¿En serio? —preguntó Leticia.

—En serio. No lo juzgues por eso. Es una convicción importante para él.

—No lo estoy juzgando.

—También le gusta la vida familiar. Habla mucho de tener hijos. Quiere ser un padre presente, no de esos hombres que creen que pagar las cuentas es suficiente.

Leticia imaginó a un hombre que llegaba del trabajo, encontraba a sus hijos corriendo por la casa y se sentaba a jugar con ellos. Un hombre que la abrazaba al entrar y le preguntaba cómo había sido su día.

La imagen le produjo una tristeza inesperada. No porque la considerara imposible, sino porque llevaba mucho tiempo deseándola sin atreverse a reconocerlo.

—¿Y qué tendría que hacer para que se fijara en mí?

Nubia apoyó los codos sobre la mesa.

—Primero, dejar de actuar como si todo te molestara.

—No todo me molesta.

—A veces parece que sí.

—Gracias por la delicadeza.

—También tendrás que aprender a escuchar sin interrumpir, no responder con ironías cuando algo no te guste y demostrar afecto sin sentir que estás perdiendo una batalla.

Leticia permaneció callada.

—¿Y si me pide algo que no quiero hacer?

—Le dices que no. No tienes que aceptar todo. Pero si quieres conocerlo, tendrás que darle la oportunidad de acercarse.




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