La mujer que ocupa mi lugar

6

6

Capítulo 6. La esposa que dejó de fingir

El primer cambio fue pequeño.

Rodolfo llegó una tarde con un ramo de flores y encontró a Leticia hablando por teléfono en la sala. Dejó las flores sobre la mesa y se acercó para besarla.

Ella levantó un dedo, indicándole que esperara.

Él se quedó junto a la puerta hasta que terminó la llamada.

—Te traje flores.

Leticia miró el ramo.

—Ya vi.

—Son las que te gustan.

—Rodolfo, no tienes que comprarme flores cada semana. Tenemos otras cosas en las que gastar el dinero.

Él sonrió, pensando que quizá estaba bromeando.

—No son tan caras.

—No importa cuánto cuesten. Es que llenas la casa de flores y después hay que buscarles un jarrón, cambiarles el agua y terminar tirándolas.

Rodolfo bajó la mirada hacia el ramo.

—Puedo ponerlas yo.

—Haz lo que quieras.

La conversación terminó allí. Él llevó las flores a la cocina y buscó un recipiente donde colocarlas.

Leticia volvió a su teléfono.

No había gritado. Tampoco había dicho nada especialmente grave. Sin embargo, Rodolfo sintió que algo se había perdido en aquel intercambio.

Con el tiempo, las diferencias dejaron de ser pequeños incidentes.

Leticia empezó a levantarse de mal humor, se quejaba de las visitas familiares y encontraba motivos para discutir por asuntos cotidianos. Si Rodolfo le preguntaba cómo estaba, respondía que cansada. Si él proponía salir, decía que prefería quedarse en casa. Y si se quedaban en casa, le molestaba que quisiera pasar tiempo con ella.

Una noche, Rodolfo llegó con una bolsa de comida.

—Pensé que podríamos cenar juntos.

—¿No avisaste que ibas a comprar?

—Quería darte una sorpresa.

—Pues podrías haber preguntado. Ya había preparado algo.

Rodolfo miró hacia la cocina.

—Lo siento. No sabía.

—Nunca sabes nada. Siempre haces las cosas a tu manera y después esperas que una se alegre.

—Solo quería tener un detalle contigo.

—Pues no todos tus detalles son necesarios.

Él dejó la bolsa sobre la mesa.

—Está bien. Mañana comemos lo que preparaste.

Leticia suspiró.

—No quiero que mañana me estés recordando que desperdicié tu comida.

—No voy a recordártelo.

—Eso dices ahora.

Rodolfo decidió no responder.

Había aprendido a reconocer cuándo una conversación estaba a punto de convertirse en una pelea. No quería que la casa se llenara de gritos. Pensaba que, si tenía paciencia, las cosas volverían a ser como antes.

Pero no estaban volviendo.

Cuando llegaron los niños, la vida familiar trajo alegrías y responsabilidades que ninguno había imaginado del todo.

Rodolfo se esforzaba por estar presente. Después del trabajo jugaba con ellos, les ayudaba con las tareas y los llevaba al parque los fines de semana. Le gustaba escuchar sus historias y verlos correr por la casa.

Leticia también los amaba. Los cuidaba, se ocupaba de sus necesidades y se preocupaba por su bienestar. Pero la maternidad no convirtió su carácter en algo distinto. Seguía impacientándose, seguía quejándose y había días en que el ruido de la casa la sobrepasaba.

Rodolfo procuraba ayudar.

—Yo me encargo de bañarlos —le decía al llegar del trabajo—. Tú puedes descansar un rato.

—No necesito que me des permiso para descansar.

—No te estoy dando permiso. Quiero ayudarte.

—Pues entonces hazlo sin anunciarlo como si estuvieras haciendo un sacrificio.

Él se quedaba callado y se ocupaba de los niños.

A veces, durante la cena, los pequeños contaban algo emocionados y Leticia los interrumpía.

—Coman, que la comida se enfría.

—Pero mamá, todavía no he terminado.

—Después me cuentas.

Rodolfo intervenía con suavidad:

—Déjalo terminar, cariño. Está contándonos algo.

Leticia lo miraba molesta.

—Si quieres escuchar historias, hazlo después. Ahora tienen que comer.

Los niños bajaban la mirada.

Rodolfo no quería contradecirla delante de ellos, pero tampoco quería que crecieran creyendo que sus palabras no importaban.

Más tarde, cuando estaban solos, intentaba hablar con ella.

—Podríamos tener un poco más de paciencia con ellos.

—¿Ahora resulta que soy una mala madre?

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

—Solo digo que a veces podemos escucharlos un poco más.

Leticia cruzó los brazos.

—Tú llegas a jugar con ellos después de trabajar. Yo estoy aquí todo el día. No tienes idea de lo que es escuchar preguntas, peleas y quejas desde la mañana.

Rodolfo bajó la cabeza.

—Tienes razón. No puedo saber exactamente cómo es tu día. ¿Qué puedo hacer para aliviarte?

La pregunta la desarmó por un instante.

Pero enseguida respondió:

—No necesito que me preguntes. Necesito que te des cuenta.

Rodolfo se quedó sin palabras.

Una tarde, mientras ordenaba un armario, Leticia encontró una caja con fotografías de su noviazgo.

Las fue mirando una a una.

Allí estaba ella con el vestido color vino de la primera cena. En otra fotografía sostenía un ramo de margaritas. En una más, Rodolfo la abrazaba durante un paseo.

Parecía feliz.

En realidad, recordaba que algunas de aquellas sonrisas habían sido producto de un esfuerzo. También recordaba otras que no había tenido que fingir.

Eso era lo que más la confundía.

No todo había sido mentira.

Había amado las flores, aunque no todas. Había disfrutado las conversaciones, aunque no siempre. Había deseado casarse con Rodolfo, aunque también había tenido miedo de que conociera su verdadero carácter.

Guardó las fotografías.

Cuando Rodolfo entró, la encontró sentada en la cama.

—¿Qué haces?

—Nada. Estaba ordenando.

Él vio la caja.

—¡Mira! ¿Te acuerdas de ese día?

Leticia cerró la tapa.

—Sí.

—Estabas preciosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.