La mujer que ocupa mi lugar

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Capítulo 2. La mujer que nadie quería

Leticia aprendió muy pronto que había mujeres a las que los hombres les abrían la puerta, les acercaban la silla y les llevaban flores. A otras, en cambio, apenas les prestaban atención.

Ella pertenecía al segundo grupo.

No era una mujer especialmente fea, aunque llevaba años convencida de que lo era. Tenía una nariz algo ancha, el cabello difícil de dominar y una manera de hablar que podía convertir una conversación sencilla en una discusión. No sabía disimular el fastidio, se impacientaba con facilidad y, cuando alguien la ofendía, encontraba la forma de devolver el golpe con palabras.

Sus amigas decían que tenía un carácter complicado. Su madre prefería llamarlo falta de educación.

—Si sigues contestándole así a todo el mundo, no habrá hombre que te aguante —le repetía.

Leticia solía responder que tampoco necesitaba que ningún hombre la aguantara. Lo decía con firmeza, pero después, cuando regresaba a casa y se quitaba los zapatos, se preguntaba si alguna vez alguien tendría ganas de quedarse a su lado.

Aquella tarde estaba sentada en una cafetería con dos amigas. Habían quedado para conversar, aunque Leticia sospechaba que la reunión terminaría hablando de novios, bodas y otras cosas que parecían ocurrirles a todas menos a ella.

—¿Y tú? ¿Sigues sin conocer a nadie? —preguntó una de ellas.

—No estoy buscando.

—Eso dices siempre.

—Porque es verdad.

La otra soltó una risita.

—Leticia, no te enojes, pero deberías hacer algo contigo misma. Cambiarte el cabello, vestirte un poquito mejor. No sé, verte más femenina.

—¿Y si me pongo un vestido también me aparece un marido?

Las dos se echaron a reír.

—Con esa actitud, ni aunque te pongas de novia.

Leticia apretó los labios. No quería darles el gusto de verla afectada.

—Al menos yo no tengo que estar cambiando de novio cada seis meses.

—¡Eso es porque no tienes candidatos! —replicó una de ellas.

La carcajada que siguió fue demasiado larga.

Leticia miró su taza. Había salido de casa con la intención de pasar una tarde agradable y ahora deseaba marcharse. Sin embargo, se quedó. No quería que pensaran que podían herirla con tanta facilidad.

Cuando llegó a casa, su madre estaba doblando ropa en el sofá.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

—¿Conociste a alguien?

—Mamá, fui a tomar café con mis amigas.

—Ya sé. Pero nunca se sabe.

Leticia dejó el bolso sobre una silla.

—¿Podemos hablar de otra cosa?

Su madre suspiró.

—No quiero que después me reproches que no te advertí. El tiempo pasa, hija.

—Tengo treinta y tantos años, no ochenta.

—No se trata de eso. En nuestra familia las mujeres han tenido la menopausia bastante jóvenes. Tu abuela todavía era joven cuando empezó con esos problemas. Tu tía también. ¿Y si a ti te sucede lo mismo? ¿Qué vas a hacer si después quieres tener hijos?

Leticia sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—¿Ahora también tengo fecha de vencimiento?

—No me hables así. Soy tu madre y quiero lo mejor para ti.

—Pues deja de hablarme como si estuviera a punto de quedarme fuera del mercado.

Su madre dejó la ropa sobre sus piernas.

—No quiero que termines sola.

La frase quedó suspendida entre las dos.

Leticia quiso contestar algo hiriente, pero no lo hizo. Su madre no estaba intentando humillarla. Tenía miedo, aunque lo expresara de una manera que solo conseguía transmitirle más miedo.

—No todas las mujeres necesitan casarse para ser felices —murmuró Leticia.

—Eso es cierto. Pero tú sí quieres una familia. Te conozco.

Leticia apartó la mirada.

Su madre tenía razón en algo que ella jamás admitiría en voz alta. Quería casarse. Quería que alguien la eligiera, que la buscara al terminar el día, que se preocupara por ella. También quería tener hijos, una casa propia y fotografías familiares que no tuviera que mirar desde el otro lado de la mesa de una amiga.

Lo que no soportaba era que todos parecieran saber que no lo conseguiría.

Esa noche se miró al espejo del baño. Se recogió el cabello, se lo soltó y volvió a recogérselo. Se observó de perfil. Después se acercó tanto al espejo que pudo distinguir cada pequeña imperfección de su rostro.

—¿Qué quieres que haga? —se preguntó.

No esperaba una respuesta.

Al día siguiente, durante una reunión con sus amigas, la conversación volvió a girar alrededor de los hombres. Una de ellas contó que había terminado una relación hacía poco. Habló de su exnovio con una mezcla de ternura y fastidio.

—Era demasiado bueno conmigo. Me llevaba flores, me escribía mensajes a cualquier hora y quería pasar todos los domingos juntos. ¡Imagínense! A veces sentía que iba a terminar con diabetes de tanta dulzura.

Las demás rieron.

Leticia no prestó demasiada atención hasta que escuchó el nombre.

—¿Cómo se llamaba?

—Rodolfo.

—¿Y por qué lo dejaste?

—Porque era demasiado intenso para mí. No hacía nada malo, pero quería una relación de esas de película. Yo necesitaba respirar.

Leticia revolvió el café.

—¿Y él sigue soltero?

Su amiga la miró con curiosidad.

—Que yo sepa, sí. ¿Por qué preguntas?

—Por nada.

La mujer sonrió.

—No me digas que te interesa.

—Solo pregunté.

—Pues te advierto que Rodolfo no es un hombre cualquiera. Es romántico, familiar, trabajador. De los que todavía creen que una mujer merece flores sin tener que pedirlas.

—Parece una especie en peligro de extinción.

—Lo es. Pero tiene sus exigencias. Quiere una esposa cariñosa, que disfrute estar en casa, que quiera tener hijos. Le gusta hablar de matrimonio, de fidelidad, de esas cosas que a mí me parecían demasiado serias.

Leticia levantó la mirada.

—¿Y qué tendría de malo?

—Nada. Simplemente no era para mí.




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