Capítulo 5. Hasta que la boda nos separe
Rodolfo no tardó en pedirle que fuera su novia.
No hubo una fiesta ni una declaración frente a decenas de personas. La llevó al mismo restaurante donde se habían conocido, pidió una mesa junto a la ventana y, después de cenar, sacó una pequeña caja del bolsillo de su chaqueta.
—Quiero preguntarte algo.
Leticia miró la caja y después a él.
—¿Qué pasa?
—Estos meses contigo han sido muy especiales. Me gusta hablar contigo, me gusta compartir mi tiempo contigo y me gusta imaginar lo que podríamos construir juntos.
Abrió la caja. No había un anillo de compromiso, sino una pulsera delicada.
—Quiero que sepas que mis intenciones contigo son serias. No estoy buscando pasar el rato. Me gustaría que fuéramos novios y que nos diéramos la oportunidad de conocernos pensando en un futuro.
Leticia sintió que se le humedecían los ojos.
Había imaginado muchas veces que algún hombre le haría una propuesta así. En sus fantasías, siempre aparecía vestida de manera elegante, con una sonrisa perfecta y un hombre que la miraba como si no existiera nadie más.
La realidad era más sencilla. Estaba frente a un hombre que le ofrecía una relación sin juegos.
—Sí —respondió.
Rodolfo le colocó la pulsera.
—Gracias.
—¿Por qué me das las gracias?
—Por aceptar que intentemos construir algo bonito.
Leticia lo abrazó.
Y aquella noche, al regresar a casa, sintió que la vida comenzaba a devolverle algo de lo que durante tanto tiempo había creído que le negaba.
El noviazgo fue una época feliz.
Rodolfo no escatimaba detalles. Le llevaba flores, la invitaba a cenar y recordaba las fechas importantes. Si Leticia tenía un problema, la escuchaba. Si estaba triste, buscaba la manera de animarla.
Ella también aprendió a cuidarlo.
Le preparaba alguna comida que sabía que le gustaba, le enviaba mensajes cariñosos y procuraba no discutir por asuntos pequeños. Cuando algo le molestaba, respiraba antes de responder.
No siempre le resultaba fácil.
Una tarde, Rodolfo llegó media hora tarde a una cita. Leticia llevaba todo ese tiempo esperando en el automóvil y estaba furiosa. Cuando él apareció, abrió la boca para reclamarle, pero vio que traía una pequeña bolsa.
—Perdóname. Tuve un inconveniente en el trabajo.
—Podrías haberme avisado.
—Tienes razón. Debí hacerlo.
Le entregó la bolsa. Era un libro que ella había mencionado semanas atrás.
Leticia se quedó callada.
—No tienes que comprarme cosas para compensar que llegues tarde.
—Lo sé. Pero vi el libro y pensé en ti.
Ella sonrió.
—Gracias.
Rodolfo la besó en la frente.
El enojo se le fue pasando, aunque no desapareció del todo. Había algo que quería reclamarle, pero decidió guardárselo. No quería estropear la tarde.
Poco a poco, Leticia comenzó a descubrir que la vida con Rodolfo podía ser agradable. No necesitaba estar siempre a la defensiva. Él no se burlaba de sus inseguridades ni utilizaba sus defectos para herirla.
A veces se preguntaba si aquel hombre realmente existía o si solo estaba viviendo una suerte que no se había atrevido a esperar.
Una noche, mientras cenaban en casa de Rodolfo, él le habló de sus planes.
—He estado pensando en comprar una casa.
—¿Una casa?
—Sí. No quiero esperar a tener hijos para empezar a prepararnos. Me gustaría que tuviéramos un lugar nuestro, un hogar que podamos llenar de recuerdos.
Leticia dejó el tenedor.
—¿Estás hablando de casarnos?
Rodolfo sonrió.
—Estoy hablando de que quiero casarme contigo.
Ella lo miró sin responder.
—No quiero apresurarte —continuó él—. Pero estoy seguro de lo que siento. Quiero que seas mi esposa, que tengamos hijos si Dios nos los concede y que construyamos una familia.
Leticia sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—Yo también quiero eso.
Rodolfo tomó su mano.
—Entonces, cuando estés lista, quiero que hablemos con nuestras familias.
Leticia asintió.
No había imaginado que las cosas avanzarían tan rápido. Sin embargo, la idea de convertirse en esposa de Rodolfo le parecía un sueño.
Aquella noche llamó a Nubia.
—Me pidió matrimonio.
—¡No puede ser! ¿Y qué le dijiste?
—Que sí quiero casarme con él.
Nubia guardó silencio.
—¿Estás segura?
—Nunca había estado tan segura de algo.
—Me alegra que seas feliz.
Leticia sonrió.
—Lo soy.
—Entonces cuídalo, Leticia.
—Lo haré.
Nubia quiso decirle algo más, pero terminó despidiéndose con un simple «me alegro por ti».
Al colgar, se quedó mirando el teléfono. La historia había avanzado demasiado. Ya no se trataba de una mujer intentando conquistar a un hombre. Ahora había dos personas preparándose para compartir una vida, y una de ellas ignoraba que había empezado a enamorarse de una representación.
La boda se celebró unos meses después.
Leticia lucía un vestido blanco que había elegido con mucho cuidado. Su madre lloró durante la ceremonia y sus amigas no dejaron de elogiarla. Rodolfo, frente al altar, tenía los ojos húmedos.
Cuando llegó el momento de los votos, tomó las manos de Leticia.
—Prometo cuidarte, respetarte y permanecer a tu lado en los días buenos y en los difíciles. No quiero que nuestra casa sea un lugar donde tengamos miedo de equivocarnos. Quiero que podamos hablar, perdonarnos y volver a elegirnos cada día.
Leticia sintió que la garganta se le cerraba.
—Prometo amarte, respetarte y ser una buena esposa. Quiero que seamos felices y que nuestra familia esté siempre unida.
El pastor habló del compromiso, de la fidelidad y del amor que debía sostenerse incluso cuando los sentimientos atravesaran momentos difíciles. Les recordó que el matrimonio no era una ceremonia bonita, sino una decisión que tendrían que renovar con sus actos.