En el piso inferior un hombre está mirando al público, en su mano derecha hay un abanico cerrado, este destaca por lo clara que es la madera frente a la túnica carmesí que porta.
Me recuerda a un emperador romano, la máscara blanca que le da una expresión impasible, el cinturón dorado que fija la tela sin costuras en su cintura. El torso desnudo presenta un moreno curtido, de alguien que pasa muchas horas bajo el sol.
Abre el abanico con un golpe seco mientras que una comitiva de hombres con armaduras de cuero manchado con tierra y sangre aparece doblando la esquina, de los cinco hombres uno destaca sobre los demás.
En sus brazos carga a una persona envuelta en una mata color ciruela.
--¿Dónde están los demás? –pregunta el hombre del abanico dándose la vuelta para mirarlos mientras un soldado mueve la puerta a un lado dejado pasar al que carga a Nana. --¿Por qué cargas a una puta en tus brazos?
--nos la encontramos en el camino de vuelta, solo tenía esta manta y una daga. –uno de los hombres le tiende la daga y este la recoge con su mano libre, la mira un momento para después enfundarla en el cinturón. –no sé porque se desharían de ella, pero no parece ser de ellos.
--vale, pero aun así podrías haberla llevado en un carro.
--hace tiempo que no me calientan la cama. –comenta mientras se dije hacia la tercera puerta. –y una cosa hay que reconocer, buena esta un rato.
--antes de meterte dentro de eso. –comenta señalando a Nana. –dala un baño que hule a semen desde aquí.
Saro asiente mientras traspasa la puerta, mientras el hombre del abanico se gira para hablar con los soldados.
--id a descansar, los médicos llegaran pronto para curaros.
Ellos entran por la primera puerta mientras por la central entra una sirvienta con pasos rápidos y cortos, deteniéndose a unos centímetros de él.
--Beta. –llama con voz temblorosa. –la Luna necesita hablar con urgencia al Alfa.
No contesta, abre el abanico y se cubre la parte inferior del rostro.
--¿Cómo de urgente es?
--no lo se. --comenta mientras niega con la cabeza. –el coincidente se limitó a esa petición.
--lleve esto a mi oficina. –la tiende la daga por el mango. –y como no este sobre mi mesa al volver, será reubicada para servir en la próxima batalla.
Ella asiente mientras sostiene el arma con las dos manos y desaparece tras la puerta central, mientras el Beta sale por una de las puertas laterales con paso tranquilo y aun con el abanico cubriéndole el rostro.
la planta baja hay varias personas comiendo, en pequeños grupos de no más de cuatro personas, un hombre va de un lado al otro con una jarra llenando vasos. el sonido de conversaciones inentendibles y platos chocando ahogan la débil melodía del tambor de la bailarina de la cual solo podemos ver la sombra en la cortina de la puerta central.
El Beta entra por la puerta lateral de la izquierda sin saludar ni detenerse, los comensales parecen no fijarse en él y el camarero agacha la cabeza cuando se cruzan cuando pasa por la puerta de la derecha.
En el piso superior esta la Luna de la manada, viste exactamente igual que la Luna de la otra menada. Frente a ella hay una mesita de madera dorada con dos vasitos humeantes.
--tú no eres a quien espero. –la mujer no se levanta cuando entra el Beta a la habitación. --¿Dónde está el Alfa?
--yo soy a quien tendrás. –con un golpe seco cierra el abanico y lo deja en la mesita junto a la taza. --¿Qué necesitas?
--ha llegado a mis oídos que mi hermano ha vuelto de la guerra con una mujer que no es su mate. –habla mientras el sienta frente a ella. --¿sabes la imagen que deja a la familia?
--a la población lo único que le importa es comer un día más y que el enemigo no mate a sus hijos. –toma el abanico de nuevo despacio lo abre para después moverlo con calma. –si las noticias del frente llegaran tan rápido como el cotilleo a tus oídos, abríamos ganado esta guerra.
--no tengas tantas confianzas Beta. –coge un vasito y lo sujeta entre sus dedos teniendo el codo apoyado en la mesa, lo mira durante un segundo para después posar la vista en el Beta, este oculta su boca tras el abanico sin moverlo. –una divinidad no está a nivel de los mortales. –con un movimiento rápido de muñeca se bebe todo el liquido de golpe dejando a la taza boca abajo. –contáctame cuando el Alfa esté disponible.
--será un honor. –comenta mientras se levanta. –pero necesito que recuerde una cosa, no hay Dios sin fe.
--¡vuelve aquí! –ella golpea la mesa con la palma mientras el Beta cruza la cortina, causando que la otra taza se caiga y la moje. –hay que joderse.