Emilia tenía doce años cuando comenzó la secundaria, aunque para su abuela aquella etapa de su vida había comenzado mucho antes. En realidad, era difícil señalar un momento exacto en el que Emilia hubiera dejado de ser una niña y comenzado a convertirse en la persona que era ahora. Había crecido de una manera bastante distinta a la mayoría de los niños de su edad, no porque hubiera tenido una infancia particularmente difícil, al menos no en el sentido que otras personas habrían utilizado para describirla, sino porque desde que tenía memoria había vivido bajo unas expectativas que para cualquier otro niño habrían parecido excesivas. Para Emilia, en cambio, simplemente eran las reglas normales de la vida. Sus padres habían muerto cuando ella era demasiado pequeña para conservar recuerdos claros de ellos. Un accidente se los había llevado cuando Emilia apenas comenzaba a comprender el mundo que la rodeaba, y después de aquello había quedado al cuidado de su abuela. No existían recuerdos de conversaciones, abrazos, juegos o momentos cotidianos que pudiera recuperar por sí misma cuando pensaba en ellos. No podía recordar el sonido de sus voces ni la manera en que la miraban. No podía recordar haber caminado tomada de sus manos ni haberlos llamado desde otra habitación. Todo aquello pertenecía a una etapa de su vida que había quedado enterrada antes de que pudiera comprender su importancia.
Lo que Emilia sabía de sus padres lo sabía porque su abuela se lo había contado. Sabía cómo se habían conocido, qué clase de personas habían sido, qué cosas les gustaban y algunas de las pequeñas costumbres que tenían. Sabía que su madre había sido más tranquila y que su padre tenía una personalidad bastante diferente, aunque con los años incluso esos detalles habían comenzado a mezclarse con las historias que había escuchado tantas veces. La abuela le hablaba de ellos cuando Emilia preguntaba, pero nunca intentaba obligarla a recordar algo que no podía recordar. Tampoco llenaba la casa de fotografías ni convertía la ausencia de sus padres en una tragedia permanente. Las fotografías existían, por supuesto, y Emilia las había visto muchas veces, pero para ella aquellas personas tenían algo de extraño. Eran sus padres porque su abuela decía que lo eran y porque las fotografías mostraban a una mujer y a un hombre sosteniendo a una niña que reconocía como ella misma, pero sus rostros no despertaban en Emilia la clase de emoción que su abuela parecía esperar algunas veces. Eran parte de su historia, pero no de sus recuerdos.
La abuela nunca se lo reprochó. Sabía que no se puede extrañar de la misma manera a alguien a quien apenas se recuerda.
Por eso, cuando Emilia preguntaba cómo eran sus padres, la respuesta nunca comenzaba con una reprimenda ni con una frase destinada a hacerla sentir culpable por no recordarlos. Su abuela simplemente hablaba. Le contaba anécdotas, describía sus personalidades y, algunas veces, repetía historias que ya había contado tantas veces que Emilia podía anticipar ciertas partes. No porque la niña sintiera especial interés por escucharlas una y otra vez, sino porque aquellas historias eran lo más cercano que tenía a conocer a las dos personas que le habían dado la vida.
La abuela de Emilia era una mujer que podía intimidar a prácticamente cualquiera. Era alta, de postura firme y con una manera de mirar que hacía que muchas personas midieran sus palabras antes de hablar con ella. No necesitaba levantar la voz para hacerse obedecer. De hecho, rara vez lo hacía. Había sido educada bajo una disciplina estricta y había aprendido desde muy joven que no era necesario gritar cuando una orden podía darse con claridad. Con Emilia había aplicado exactamente la misma filosofía.
Desde que era pequeña, Emilia aprendió que las cosas debían hacerse correctamente. No existía una razón para hacer algo a medias cuando podía hacerse bien. Si tenía una obligación, debía cumplirla. Si cometía un error, debía corregirlo. Si no sabía algo, debía aprenderlo. Si había una dificultad, debía encontrar la manera de resolverla. Su abuela nunca consideró que Emilia fuera demasiado pequeña para aprender algo simplemente porque otros niños de su edad todavía no lo conocieran.
Cuando Emilia apenas comenzaba a leer, su abuela ya le enseñaba palabras que no necesitaba para las tareas de la escuela. Cuando empezó a comprender las operaciones matemáticas básicas, comenzaron a aparecer problemas que exigían un poco más de razonamiento. Cuando aprendió a resolverlos, aparecieron otros más complicados. No había una intención de convertirla en una niña prodigio ni de demostrar nada ante otras personas. La abuela simplemente consideraba que una niña debía aprender todo aquello que fuera capaz de aprender.
Y Emilia era capaz de aprender mucho.
Quizá demasiado para el ritmo al que se movían las cosas a su alrededor.
Su abuela nunca tuvo que repetir una explicación demasiadas veces. Emilia recordaba las cosas con facilidad, comprendía conceptos rápidamente y encontraba soluciones que en ocasiones la propia abuela no había considerado. Al principio aquello la sorprendía. Después dejó de sorprenderla. Con el tiempo, la mujer comenzó a asumir que si le enseñaba algo a Emilia, probablemente la niña terminaría encontrando una manera de hacerlo mejor de la que ella había esperado.
Eso no significaba que Emilia recibiera elogios constantemente. De hecho, ocurría exactamente lo contrario.
Cuando obtenía una calificación perfecta, su abuela no hacía una celebración especial. Cuando terminaba una tarea antes de tiempo, no la felicitaba como si hubiera conseguido algo extraordinario. Cuando resolvía un problema complicado, simplemente comprobaba el resultado y continuaba con lo siguiente.
Para Emilia aquello era normal.
Para su abuela también.
La perfección no era un acontecimiento. Era el resultado esperado.
La relación entre ambas tampoco era particularmente afectuosa en el sentido convencional. No había grandes demostraciones de cariño ni largas conversaciones sentimentales. La abuela no acostumbraba decirle a Emilia lo orgullosa que estaba de ella y Emilia tampoco buscaba escuchar esas palabras. Existía, sin embargo, algo mucho más importante entre ellas: una confianza absoluta.