La secundaria había dejado de ser una novedad para Emilia. Después de varias semanas, los pasillos ya no le parecían demasiado grandes, los horarios habían dejado de requerir atención y los profesores habían pasado de ser personas desconocidas a convertirse simplemente en los adultos responsables de cada materia. También había aprendido cuáles eran las rutas más rápidas para llegar de un salón a otro, qué lugares del patio estaban menos llenos durante el descanso y qué profesores acostumbraban dejar tareas con mayor frecuencia. Era información útil, pero nada de aquello representaba un desafío. Emilia se adaptaba con facilidad a casi cualquier entorno cuando tenía suficiente información para comprenderlo.
Su reputación, en cambio, había crecido mucho más rápido que su interés por la escuela.
Después de los incidentes con el uniforme, ya no era extraño que algún alumno hablara de ella cuando creía que no estaba escuchando. Algunos profesores también habían aprendido a ser más cuidadosos al momento de indicarle que algo estaba prohibido. No porque Emilia tuviera un trato especial, sino porque ya habían descubierto que discutir con ella sin conocer primero las reglas podía terminar en una conversación incómoda. Emilia no lo consideraba una victoria. Simplemente había conseguido que algunas personas dejaran de perder tiempo.
Había alumnos que la admiraban por eso. Otros la consideraban insoportable. También estaban quienes no tenían una opinión clara y simplemente la observaban. Emilia no intentaba cambiar ninguna de esas percepciones. Si alguien quería pensar que era presumida, podía hacerlo. Si alguien creía que era inteligente, tampoco veía la necesidad de negarlo. La opinión de una persona sobre ella no cambiaba lo que Emilia era.
Sin embargo, había una alumna que parecía tener una opinión particularmente negativa.
Era mayor que Emilia y destacaba físicamente incluso dentro de un grupo de adolescentes. Era alta, bastante más alta que la mayoría de las alumnas de primero, y tenía una constitución más robusta. Su cabello era negro, largo y casi siempre estaba desordenado, como si peinarlo hubiera sido una actividad que rara vez consideraba necesaria. Tenía la piel morena clara y unos ojos negros que normalmente parecían estar buscando alguna razón para molestarse con alguien. Su uniforme tampoco solía estar en buenas condiciones. La camisa aparecía arrugada con frecuencia, a veces tenía alguna mancha difícil de ignorar y los zapatos parecían haber pasado varios días sin recibir atención.
Emilia la había visto antes.
No sabía exactamente cuándo había empezado a fijarse en ella, pero recordaba haberla observado en los pasillos más de una vez. También había escuchado a algunos profesores hablar sobre ella.
No utilizaban palabras especialmente amables.
Había faltado varias veces a clases. Sus calificaciones eran malas. Había tenido problemas con profesores. En alguna ocasión había terminado involucrada en una pelea. También se decía que había repetido años escolares y que, aunque por edad debería encontrarse en segundo, continuaba en primero.
Emilia no sabía cuáles de esas cosas eran ciertas y cuáles eran exageraciones.
No le interesaba comprobarlo.
Para ella era simplemente la chica alta de cabello negro.
En ocasiones la veía llegar tarde. Otras veces estaba sentada al fondo del salón con la cabeza apoyada sobre una mano, mirando hacia cualquier lugar excepto hacia el pizarrón. No parecía preocuparse demasiado por las clases. Cuando un profesor le llamaba la atención, respondía con monosílabos o simplemente guardaba silencio. Si recibía una mala calificación, tampoco parecía especialmente afectada.
Una mañana, durante la clase de matemáticas, el profesor entregó los resultados de un ejercicio. La chica alta recibió su hoja, la observó durante unos segundos y la dejó sobre el escritorio.
—Otra vez reprobaste —dijo el profesor.
Ella se encogió de hombros.
—Me da igual.
El profesor respiró profundamente.
—No debería darte igual.
—Pero me da.
Emilia estaba sentada unas filas adelante y escuchó la conversación sin voltear.
No entendía aquella actitud.
No porque considerara que todos debían disfrutar de las matemáticas o que una mala calificación fuera una tragedia. Simplemente no comprendía la lógica de aceptar voluntariamente un resultado malo cuando podía evitarse.
Si no sabía algo, podía aprenderlo.
Si había cometido un error, podía corregirlo.
Si una materia era difícil, podía estudiarla.
No había nada complicado en eso.
Pero la chica alta parecía tener otra forma de pensar.
Cuando terminó la clase, el profesor pidió que se quedara unos minutos. Ella soltó un suspiro y permaneció sentada mientras los demás salían.
—No puedes continuar así.
—Sí puedo.
—No hablo de si puedes o no. Hablo de que estás desperdiciando tu tiempo.
Ella guardó sus cosas.
—Es mi tiempo.
El profesor no respondió.
Emilia salió del salón.
No pensó más en la conversación.
Durante los días siguientes, sin embargo, comenzó a escuchar comentarios sobre ella con mayor frecuencia. No era difícil. Los alumnos hablaban de casi todo durante los descansos y los cambios de clase. La chica alta tenía una reputación bastante conocida.
—Ayer volvió a pelearse con uno de segundo.
—No fue con uno de segundo, fue con uno de tercero.
—Da igual.
—No, no da igual.
—¿Y quién ganó?
—Ella, creo.
—Siempre se pelea.
—Porque nadie se mete con ella.
—Yo escuché que la suspendieron el año pasado.
—Más de una vez.
Emilia no participaba en esas conversaciones, pero algunas veces estaba lo suficientemente cerca como para escucharlas.
Tampoco le parecía extraño que alguien hablara de otra persona que no estaba presente. Era algo común.
Lo que sí le llamó la atención fue descubrir que la chica alta había escuchado hablar de ella.