La vida no es Justa: Secundaria

Conexión

Las semanas posteriores al conflicto transcurrieron con una normalidad que, para Emilia, resultaba mucho más interesante que cualquier problema. La chica alta había continuado ocupando un lugar cerca de ella con una frecuencia que ya nadie cuestionaba, y su comportamiento también había cambiado poco a poco. Ya no llegaba con el uniforme completamente arrugado, había aprendido a cuidar mejor su cabello y, aunque todavía conservaba muchas de sus antiguas costumbres, había dejado de parecer una persona que simplemente había decidido no prestar atención a su propia apariencia. Emilia había notado esos cambios, pero no les había dado demasiada importancia. Si Mascota había decidido arreglarse, era asunto suyo. Lo mismo ocurría con sus calificaciones, sus hábitos y la manera en que comenzaba a organizar sus cosas. Emilia no consideraba que aquello tuviera relación con ella, por lo que nunca se atribuyó ningún mérito. Su vida continuó concentrada en sus propias actividades, sus clases y las pocas cosas que consideraba necesarias, hasta que una mañana uno de los profesores anunció un nuevo proyecto que tendría que realizarse en equipos.

La actividad consistía en preparar un trabajo que sería presentado al final de la semana. El profesor explicó las instrucciones, estableció los temas que podían elegir y permitió que los alumnos formaran sus propios equipos, siempre que respetaran el número máximo de integrantes. Apenas terminó de hablar, el salón comenzó a llenarse de conversaciones. Algunos alumnos se giraron hacia sus amigos, otros comenzaron a cambiarse de lugar y varios sacaron sus teléfonos para ponerse de acuerdo. Emilia permaneció sentada en su lugar, esperando a que los demás terminaran de organizarse. No tenía especial interés en trabajar con alguien en particular, así que simplemente aceptaría el equipo que correspondiera. Después de unos minutos, una de sus compañeras se acercó a su escritorio y le indicó que ya habían decidido trabajar juntas. Emilia aceptó sin hacer preguntas. Para ella, el proyecto era una actividad más y no encontraba ninguna razón para convertir la elección del equipo en algo complicado.

—Entonces nos ponemos de acuerdo después por la red social —dijo uno de los integrantes mientras guardaba sus cosas.

Emilia levantó la mirada.

—¿Cuál?

El alumno se quedó callado durante un segundo.

—La red social.

—Eso no responde mi pregunta.

—Pues... cualquiera.

—¿Cuál utilizas tú?

El chico la miró como si acabara de hacer una pregunta extraña.

—¿No tienes ninguna?

—No.

La conversación alrededor del grupo disminuyó poco a poco. Algunos de los alumnos que estaban cerca habían escuchado la respuesta y ahora miraban a Emilia con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Ella no entendía qué había provocado aquella reacción.

—¿Cómo que no tienes ninguna? —preguntó una de sus compañeras.

—No tengo.

—¿Ninguna?

—Ninguna.

—¿Ni siquiera una?

Emilia la observó.

—Acabas de preguntar eso.

La chica soltó una pequeña risa, aunque no estaba segura de si Emilia estaba bromeando.

—No, pero... ¿de verdad no tienes redes sociales?

—No.

—¿Nunca has tenido?

—No.

—¿Y cómo hablas con tus amigos?

—En persona.

Algunos alumnos se rieron.

Emilia los observó durante unos segundos antes de continuar.

—También puedo llamar por teléfono.

—Pero eso es diferente.

—¿Por qué?

Nadie respondió inmediatamente.

Uno de los chicos levantó su teléfono.

—Pues porque aquí podemos hablar por mensajes, mandar fotos, hacer grupos, compartir cosas...

—También puedo hacer fotografías.

—Sí, pero...

El chico se quedó pensando.

—No es lo mismo.

Emilia no discutió. Simplemente esperó.

—¿Entonces nunca ves lo que publican los demás?

—No.

—¿No sabes qué está de moda?

—No.

—¿Ni los videos?

—No.

—¿Ni los memes?

—No.

—¿Entonces qué haces cuando estás aburrida?

—Otras cosas.

La respuesta fue tan sencilla que varios alumnos volvieron a reír.

Emilia no entendía qué tenía de gracioso.

Una de sus compañeras intentó explicárselo.

—Es que es raro. Todo el mundo tiene alguna.

—Eso no significa que yo tenga que tenerla.

—Pero sería más fácil para el proyecto.

—Podemos hablar mañana en la escuela.

—Tenemos que organizarnos hoy.

—Entonces pueden hacerlo y mañana me informan.

—No funciona así.

—¿Por qué?

La chica abrió la boca, pero volvió a cerrarla.

No encontraba una respuesta concreta.

Finalmente tomó su teléfono.

—Bueno, podemos hacerte una cuenta.

Emilia la miró.

—No.

—Solo para el proyecto.

—No la necesito.

—No tienes que usarla para nada más.

—Entonces seguiría sin necesitarla.

—Emilia...

La compañera suspiró.

—Solo dame tu teléfono.

Emilia permaneció en silencio unos segundos.

Después abrió su mochila.

Los demás esperaban que sacara uno de los teléfonos modernos que utilizaban prácticamente todos los alumnos. En lugar de eso, Emilia sacó un aparato que parecía pertenecer a otra época. Era un teléfono plegable, pequeño y sencillo, con una carcasa de color oscuro perfectamente conservada. No tenía la pantalla grande de los dispositivos de sus compañeros ni una cámara sobresaliendo en la parte posterior. Tampoco parecía tener ninguna marca importante de uso. Estaba tan limpio y cuidado que daba la impresión de que Emilia lo había sacado de su caja apenas el día anterior.

De la parte inferior colgaba un pequeño llavero con varias figuras diminutas de plástico. Eran piezas sencillas, de colores diferentes, un poco infantiles para alguien de su edad, pero estaban igualmente limpias y sin señales de desgaste.

La compañera que había pedido el teléfono lo tomó con cuidado.

—¿Este es tu celular?




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