Las clases de educación física nunca habían representado un problema para Emilia. No porque fueran sus favoritas ni porque tuviera algún interés especial en demostrar sus capacidades, sino porque, al igual que ocurría con prácticamente cualquier otra actividad, no encontraba demasiadas dificultades en ellas. Desde las primeras clases de secundaria había cumplido con los ejercicios sin quejarse y sin mostrar demasiado entusiasmo. Corría cuando tenía que correr, hacía los ejercicios de coordinación cuando el profesor los indicaba y participaba en los juegos que correspondían al programa. Nunca había preguntado qué actividad tocaría la siguiente semana ni había intentado convencer al profesor de cambiar las reglas. Simplemente hacía lo que se le pedía y esperaba a que terminara la clase. Para ella, educación física era una asignatura más. Sin embargo, durante una de las primeras clases en las que el profesor decidió dividir al grupo para realizar diferentes pruebas, esa manera de verla comenzó a cambiar.
El profesor organizó varias actividades para evaluar velocidad, coordinación, resistencia y capacidad de reacción. No se trataba de una competencia oficial, sino de una serie de ejercicios que permitirían conocer el nivel de cada alumno antes de comenzar con el programa deportivo del semestre. Los estudiantes fueron pasando de una estación a otra mientras el profesor tomaba algunas notas. Algunos corrían demasiado rápido al principio y terminaban agotados antes de completar el recorrido. Otros tenían buena resistencia, pero eran lentos. Algunos eran buenos para lanzar una pelota, aunque tenían dificultades para atraparla. También estaban quienes destacaban en una actividad específica y tenían problemas en todas las demás. Emilia no parecía destacar especialmente en ninguna al principio, precisamente porque no cometía los errores habituales. Regulaba su velocidad sin que nadie se lo indicara, calculaba la distancia antes de lanzar y ajustaba sus movimientos después de observar una sola vez cómo debía realizarse cada ejercicio. Cuando el profesor explicó una actividad nueva, Emilia escuchaba las instrucciones y la ejecutaba. No preguntaba dos veces. No necesitaba que alguien le mostrara el movimiento por segunda ocasión. Si cometía un error, lo corregía inmediatamente.
En una de las pruebas tenían que recorrer una distancia determinada, regresar al punto de partida y tocar una marca antes de que terminara el tiempo. El profesor explicó que no era necesario correr a máxima velocidad desde el inicio porque la prueba también medía resistencia. Varios alumnos salieron disparados apenas escucharon la señal. Emilia comenzó a correr a un ritmo constante. No parecía ir demasiado rápido, pero tampoco reducía la velocidad. Cuando algunos de los primeros corredores comenzaron a cansarse, Emilia continuó prácticamente al mismo ritmo. Al acercarse al final aumentó ligeramente la velocidad y cruzó la línea antes que los demás. El profesor miró el cronómetro y después revisó la hoja donde había anotado los resultados.
—Otra vez —dijo uno de los alumnos—. Ella ganó.
Emilia no respondió.
La segunda prueba consistía en una serie de movimientos que tenían que realizarse siguiendo una secuencia. Había que desplazarse lateralmente, agacharse, cambiar de dirección y recoger una pelota antes de regresar al punto de partida. El profesor mostró el recorrido una vez. Algunos alumnos pidieron que lo repitiera. Emilia no lo hizo porque no lo necesitaba. Cuando comenzó la prueba, cometió un pequeño error al principio porque la pelota había quedado ligeramente fuera de la posición indicada, pero en lugar de detenerse o regresar, modificó el movimiento y continuó. Terminó nuevamente entre los primeros.
—¿Cómo le haces? —preguntó una compañera.
—¿Con qué?
—Con todo.
Emilia la miró.
—Hago lo que explicó el profesor.
La respuesta provocó algunas risas.
—No, pero lo haces bien.
—Sí.
—¿Siempre has hecho deporte?
—No demasiado.
—¿Entonces cómo eres buena?
Emilia se encogió de hombros.
—No sé.
La compañera parecía esperar una explicación más larga, pero Emilia ya había dejado de prestarle atención.
La siguiente actividad fue con balón. El profesor comenzó con ejercicios sencillos de recepción y pase, pero después dividió al grupo en equipos pequeños para jugar un partido. No era un deporte específico, sino una actividad diseñada para observar cómo reaccionaban los alumnos al tener que moverse en grupo. Algunos corrían detrás del balón sin pensar en dónde estaban sus compañeros. Otros permanecían quietos esperando que alguien les pasara. Emilia observó durante los primeros minutos.
No había jugado aquel juego antes.
Eso no le impidió entenderlo.
Cuando recibió el balón por primera vez, en lugar de avanzar directamente, miró hacia los lados y pasó a un compañero que tenía el camino libre. Después se movió hacia otra posición. Cuando el balón volvió a llegarle, hizo lo mismo. No intentaba ser la protagonista del juego. No buscaba quedarse con el balón. Simplemente hacía lo que aumentaba las posibilidades de que su equipo avanzara.
Uno de sus compañeros comenzó a seguir sus indicaciones.
—Pásala aquí.
Emilia lo hizo.
—Ahora corre.
El chico obedeció.
La jugada terminó en un punto para su equipo.
—Eso fue fácil —dijo alguien.
Emilia no respondió.
La siguiente jugada ocurrió de manera parecida.
Al cabo de unos minutos, el equipo de Emilia comenzó a dominar el partido. No porque todos fueran mejores, sino porque ella había empezado a identificar las capacidades de cada uno. Sabía quién corría más rápido, quién tenía mejor puntería, quién podía recibir el balón con mayor seguridad y quién se distraía con facilidad. No necesitó preguntarlo. Lo había observado durante los primeros minutos.
El profesor también lo notó.
—Emilia, ¿has jugado antes?