Los Reyes Del Mal

Capitulo 1:el origen

sonido de pisadas aceleradas rompía el silencio del bosque de Chalatenango. Un hombre corría desesperadamente entre los árboles, evadiendo las ramas que azotaban su rostro. Exhausto, llegó a una enorme roca y se desplomó sobre ella para tomar aire. Desde esa altura, fijó la mirada en el horizonte: abajo, en el valle, destellaban las luces de la gran ciudad de San Salvador. De repente, el eco distante de botas militares y el batir de las hélices de un helicóptero quebraron la calma. El hombre se puso en pie de un salto y continuó la huida, cojeando visiblemente debido a una profunda herida sangrante en la costilla.

Invierno de 1979

Los rumores de una inminente guerra civil ya sacudían cada rincón de El Salvador por los crecientes conflictos contra el gobierno. En medio de esa incertidumbre nació un niño marcado por el destino; un niño que, años más tarde, convertiría a su patria en el país más seguro del mundo, no sin antes desatar un sinfín de caos y problemas en el proceso.

15 de Febrero de 1991

Habían pasado once años desde el inicio de la guerra en Centroamérica. La economía salvadoreña estaba colapsada y la mayoría de las familias luchaban día a día por sobrevivir. A sus once años, Tony Armando no era el chico más fuerte de la clase, pero sí el más inteligente. Mientras los demás niños jugaban, él se devoraba libros sobre política y negocios, obsesionado con una sola idea: volverse alguien importante para erradicar la pobreza de su tierra.

El único que compartía su visión era su mejor amigo, Edward Rodriguez. Juntos planeaban fundar empresas que cambiarían el rumbo de la nación. Desde pequeños demostraron astucia: cuando sus compañeros de escuela necesitaban ayuda con los deberes o favores, ellos negociaban a cambio de monedas, con Edward estructurando las ideas comerciales.

Una tarde, mientras contemplaban el atardecer desde la cima de una montaña, Edward preguntó con duda:

—¿Cómo pretendes cambiar este país, Tony? —

—Solo existe una forma, Edward —respondió Tony con la mirada fija en el horizonte—. Con dinero y poder.

Edward bajó la cabeza, con un brillo de temor en los ojos:

—Tengo miedo, Tony... Pronto cumpliré doce años.

Tony asintió en silencio, invadido por una profunda tristeza; ambos sabían perfectamente que en esa zona no había escapatoria pero el destino no tardó en alcanzarlos.

En 18 abril de 1991, una patrulla de la guerrilla irrumpió en el pueblo y se llevó a Edward a la fuerza; necesitaban jóvenes reclutas para el frente. Tony se quedó completamente solo, viendo cómo su hermano de infancia marchaba hacia una guerra de la que tal vez jamás regresaría.

Días después de la partida de Edward, Tony caminaba cerca de la escuela cuando vio a un grupo de chicos acorralando y molestando a una niña. Sin dudarlo, se plantó firmemente en medio, bloqueando el paso.

—¡Déjenla en paz! —exclamó Tony con autoridad.

Los agresores, intimidados por su determinación, retrocedieron y se marcharon. Tony se giró hacia la pequeña y la ayudó a levantarse.

—¿Cómo te llamas? —preguntó amablemente.

—Soy Angelina Martinez... pero dime Ángela —respondió ella, limpiándose las lágrimas con gratitud.

Desde ese instante se volvieron inseparables. Cada tarde, al salir de clases, caminaban juntos, compartiendo risas y secretos. En agosto de ese mismo año, mientras jugaban en un descampado, Ángela le entregó un pequeño muñeco de trapo que ella misma había confeccionado. En ese momento, una fuerte explosión sacudió el suelo, seguida por el eco de ráfagas de fusil. La guerra civil había llegado formalmente a su pueblo.

—Edward se fue hace cuatro meses a los frentes... —susurró Tony con amargura—. No sé si volveré a verlo.

Ángela tomó la mano de Tony con fuerza, mirándolo a los ojos con infinita tristeza:

—Mis padres quieren que nos vayamos del país, Tony. Buscan un futuro mejor para mí, lejos de las bombas.

En octubre, el día de la partida llegó. Ángela tenía las maletas listas para mudarse a los Estados Unidos. Le dolía profundamente despedirse, pero no había marcha atrás.

—Te extrañaré mucho, Tony... —dijo Ángela con la voz entrecortada.

Tony, ocultando su dolor detrás de una sonrisa nostálgica, le hizo una promesa solemne:

—Te prometo que un día volveremos a vernos, Ángela. Me convertiré en alguien importante y transformaré este país en un lugar digno y seguro para ti.

—¿Lo prometes? —preguntó ella.

Tony asintió. Ángela se acercó, le dio un tierno beso de despedida y subió al vehículo de sus padres. Mientras el automóvil se alejaba por la carretera, Ángela miró hacia atrás con los ojos inundados de lágrimas, viendo la silueta de Tony, quien la despedía agitando la mano bajo el sol poniente.




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