A finales de 1996, en algún lugar de México, la furia de Miguel Rodríguez seguía ardiendo tras la humillante respuesta de los hermanos Félix. Incapaz de aceptar que un grupo de jóvenes salvadoreños desafiara el poder del Cártel del Norte, descolgó el teléfono y marcó una línea directa con el alto mando de la policía en Colombia. Sin rodeos, delató la ubicación exacta del prófugo más buscado: Vicente Cano, alias El Colonel, revelando que se ocultaba bajo la protección de Los Santos en territorio salvadoreño. El general colombiano, sorprendido por la precisión del dato, intentó presionar para saber cómo había obtenido esa información, pero Miguel le colgó el teléfono en la cara. Tras unas horas de deliberación y análisis de inteligencia, el general tomó una decisión drástica: llamó directamente a las autoridades de El Salvador para notificarles que las tropas de élite colombianas ya estaban en camino para ejecutar la captura.
Mientras tanto, en las oficinas de la corporación vinícola, los hermanos Félix se reunieron a puerta cerrada con Tony. Le informaron detalladamente sobre la ruptura definitiva con México, explicándole que Miguel les había exigido regresar al Norte, a lo que ellos se negaron rotundamente por su lealtad a Los Santos. Advirtieron a Tony que el ego de Miguel estaba gravemente herido y que, con toda seguridad, no tardaría en traicionarlos y atacarlos de frente. Tony, manteniendo una calma imperturbable, respondió con frialdad: —Si ataca, responderemos. Pero no seré yo quien declare esta guerra—. En ese instante, el teléfono de su escritorio interrumpió la conversación. Una voz oficial al otro lado de la línea le exigió presentarse de inmediato en el Palacio Legislativo. Tony se puso de pie, cruzó una última mirada con los hermanos Félix y se despidió. Antes de salir, Edward le aseguró que él se encargaría de mantener las operaciones de la empresa bajo control absoluto en su ausencia.
Lejos de la capital, en el terreno escarpado de las montañas de Chalatenango, Zack Jairo vigilaba el horizonte con sus binoculares tácticos. El eco lejano de unas hélices llamó su atención; al enfocar, divisó las siluetas de varios helicópteros militares colombianos aproximándose a baja altura. Con el instinto de guerra encendido y una mala espina instalada en el pecho, Zack se volvió hacia sus hombres de confianza y dio una orden tajante: —Algo apesta en esto. Desplieguen a las tropas, nos movemos ya—.
Al llegar a la Asamblea, Tony se topó con un despliegue inusual de seguridad; los pasillos estaban fuertemente custodiados por guardias fuertemente armados. Al entrar al salón de sesiones, un silencio sepulcral cayó sobre la sala cuando las puertas principales se abrieron para dar paso al Presidente de la República, flanqueado por el General de la policía colombiana. Sin preámbulos, el mandatario tomó la palabra para anunciar que la inteligencia internacional poseía pistas irrefutables de que el peligroso capo Vicente Cano se escondía en tierras salvadoreñas. En su asiento, Tony permaneció completamente callado. Su mente ágil ató cabos de inmediato: Miguel los había vendido. Sin embargo, recordando el pacto fundacional de Los Santos, donde El Colonel aceptó explícitamente ser el pararrayos legal de la organización si las cosas salían mal, Tony supo que debía actuar rápido para proteger la fachada empresarial. Con total aplomo, se levantó de su asiento y se dirigió al estrado: —Señor Presidente, yo mismo lideraré la operación de búsqueda junto a Zack Jairo y nuestras fuerzas de la UOE, trabajando en perfecta coordinación con el gobierno de Colombia—.
Frente al pleno de la Asamblea, Tony justificó su intervención recordando su promesa pública de limpiar el país de criminales, argumentando que no vacilaría ni un segundo, sin importar lo peligroso de la misión. Por dentro, Tony sentía el amargo peso de estar entregando a un miembro de su propia familia, pero comprendía que era el único camino para salvar el imperio. Para proceder sin trabas y evitar que las fuerzas extranjeras actuaran por libre, Tony exigió y obtuvo la aprobación unánime de los diputados para que la UOE tuviera el control operativo de la captura en el terreno.
A kilómetros de ahí, la evacuación ya estaba en marcha. Zack arrastraba al Colonel fuera de su campamento principal mientras los helicópteros sobrevolaban la zona. —Ya saben que estás aquí—, le advirtió el comandante guerrillero con severidad. —Tengo que moverte. Te esconderé durante dos días y luego te entregaré. Es la única forma de que salgamos limpios de esta—. El viejo capo colombiano, con una mezcla de rabia y resignación, escupió al suelo: —Miguel es un sapo hijo de puta... Pero estoy de acuerdo. Sé cuáles son las reglas de este juego—. Ejecutando una retirada impecable, Zack trasladó al Colonel hasta una casa de seguridad a diez kilómetros de la frontera con Honduras. Ahí lo dejó bajo la estricta vigilancia de una cuadrilla de sus guardias de élite, todos perfectamente camuflados como campesinos de la zona, listos para resistir las próximas 48 horas antes del inevitable juicio.
Al salir de la Asamblea con el rostro rígido, Tony no perdió un segundo. Descolgó el teléfono y llamó a Edward con una orden directa: —Reúne a todos. En dos horas estaré en la casona para hablar—.
Mientras la tormenta política se desataba en la capital, en el puerto de La Unión se libraba una carnicería. Germán y Jonathan Félix lideraban un asalto definitivo contra el remanente de la pandilla Calle 8. Tras eliminar a la mayoría de los pandilleros, lograron acorralar y capturar al líder absoluto y fundador de la estructura: Roberto Alejandro, alias "Keko", un hombre de 46 años con un historial brutal. Jonathan, invadido por el asco de saber cuántas mujeres habían sido asesinadas y abusadas bajo sus órdenes, le propinó un brutal golpe en el rostro. Germán lo detuvo en seco con voz firme: —¡Basta, Jonathan! Lo quieren vivo—. Limpiándose los nudillos, Jonathan escupió con desdén: —Ya casi todos los de Calle 8 están muertos. Él era el único que quedaba en pie para que esa basura cayera. Ahora solo faltan los hermanos de la M-11, y a esos ya se los están llevando a juicio para condenarlos—.