En el hangar de México, los pilotos de la corporación completaron la descarga de las toneladas de mercancía. Miguel Rodriguez entregó los maletines con los 20 millones de dólares en efectivo al emisario de El Colonel, estrechándole la mano. Sin embargo, la mirada del capo mexicano reflejaba una profunda preocupación:
—Mis analistas confirman que la DEA ha iniciado una investigación masiva contra nuestra red de distribución exterior, muchachos —advirtió Miguel—. Tengan mucho cuidado; con el nivel de poder e influencia política que están acumulando, Los Santos se convertirán muy pronto en el objetivo principal de las agencias de inteligencia mundiales. El gobierno salvadoreño los está metiendo en su propio juego; es una trampa legal, deberían salir de ese Congreso de inmediato.
—Retirarnos ahora despertará sospechas obvias, Miguel —respondió el emisario siguiendo las directrices de El Colonel—. Descuida, nuestras operaciones financieras están perfectamente camufladas detrás de la apertura de nuevas cadenas comerciales legítimas.
17 de noviembre de 1996
Tony Armando compareció en solitario ante el pleno de la Asamblea Legislativa para rendir el informe de seguridad.
—Logramos la captura y procesamiento formal de los hermanos Chariot y Chaillot, los dos máximos líderes de la estructura criminal M-11 —anunció Tony ante los aplausos de los diputados—. Adicionalmente, las células de la Calle 8 han sido prácticamente erradicadas tras oponer resistencia armada contra nuestras fuerzas élite en los operativos del oeste.
Un senador de la comisión de presupuesto se puso en pie:
—Hemos recibido informes de inteligencia internacional que alertan sobre el masivo flujo de estupefacientes en las fronteras de nuestros vecinos. Esta Asamblea propone desviar una partida de los fondos de la UOE para edificar un complejo nacional contra el narcotráfico.
Tony contuvo la tensión y esbozó una sonrisa sumamente diplomática y calmada:
—Es una iniciativa loable, señores senadores, y nuestra corporación la respalda por completo. No obstante, les sugiero que mantengamos el enfoque absoluto de los recursos en consolidar los cuarteles de la UOE para blindar primero la seguridad interna de los ciudadanos. Los legisladores, complacidos, asintieron y ratificaron su confianza absoluta en la gestión del joven CEO.
Minutos después de abandonar el Congreso, Tony recibió una llamada urgente de El Colonel desde el aeródromo. El tono del colombiano reflejaba conmoción:
—Tony... mis informantes en la terminal aérea acaban de confirmar un dato. Ángela Martinez acaba de aterrizar en el país en un vuelo comercial procedente de los Estados Unidos.
Tony se quedó completamente petrificado; el aire parecía abandonar sus pulmones. Con el corazón desbocado, tomó de su escritorio el muñeco de trapo que había guardado durante años y corrió hacia su vehículo blindado con rumbo al aeropuerto internacional.
Al ingresar a la terminal principal, divisó a Ángela a lo lejos. El Colonel se había aproximado discretamente a ella, entablando conversación:
—¿Se encuentra perdida, señorita? —preguntó el viejo capo con amabilidad.
—No, gracias... Busco las oficinas de transporte —respondió ella con cortesía.
En ese instante, Tony se detuvo a pocos metros. Ángela se giró y lo miró fijamente; los años la habían cambiado, convirtiéndola en una hermosa mujer de la alta sociedad. No lo reconoció de inmediato, hasta que sus ojos se posaron en el muñeco de trapo que Tony sostenía fuertemente en sus manos. Sus labios se entreabrieron por la sorpresa.
Sin embargo, antes de que pudieran pronunciar una sola palabra, un apuesto joven de traje formal se aproximó a Ángela, tomándola delicadamente de la mano.
—¿Está todo bien aquí, mi amor? El chofer ya tiene las maletas listas en la entrada —dijo el recién llegado.
Tony sintió un golpe devastador en el pecho. Su mirada se llenó de un profundo conflicto y dolor. El Colonel, percatándose de la situación, tomó suavemente a Tony del brazo y lo jaló hacia la salida:
—Vámonos de aquí, muchacho... —susurró el colombiano con crudeza paternal—. La niña que conociste en la infancia ya es una mujer del norte; vivió con los gringos y obviamente rehizo su vida lejos de esta guerra. Es hora de despertar.
Tony caminó hacia su vehículo blindado sumido en un absoluto letargo, arrastrando los pies con una profunda confusión. Ángela, mientras caminaba de la mano de su prometido, miró hacia atrás sobre su hombro con una mezcla de melancolía y duda, habiendo sentido una conexión inexplicable al contemplar los ojos de ese misterioso joven de traje de diseñador.
Al salir de la terminal, Ángela observó con asombro los nuevos edificios iluminados y las impecables estaciones de seguridad de la ciudad:
—Vaya... este lugar ha cambiado por completo —susurró para sí misma.
—¿Dijiste algo, cariño? —inquirió su novio.
—No, nada... —respondió ella de forma evasiva.
Al instalarse en la residencia de su tía, Ángela encendió el televisor y se topó con un reportaje especial sobre el milagro económico y de seguridad que había pacificado a El Salvador en el último año. En la pantalla se proyectó la fotografía del artífice de esa transformación: Tony Armando, el CEO de la Corporación Los Santos
Ángela susurró el nombre de Tony, ahogando un lamento teñido de nostalgia. —Te extrañaré, Tony, te prometo que lo haré—, se dijo a sí misma. En su mente se repetía, como un eco lejano, la promesa que él le había hecho años atrás: que se convertiría en alguien importante por y para ella. Recordó aquel inocente beso de la infancia, un pacto entre dos niños que no tenían idea de la magnitud con la que se cumpliría el destino. Mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, una dolorosa certeza la invadió: Tony había levantado todo ese imperio solo para que ella pudiera regresar a un hogar seguro.
Mientras tanto, en la penumbra de su oficina, Tony ahogaba sus penas en una copa de vino, atormentado por la imagen de Ángela del brazo de otro hombre. La puerta se abrió y Edward entró con semblante serio, informándole que Miguel exigía una reunión urgente debido a que la DEA había comenzado a investigarlo. Lleno de dolor, frustración y con la amarga sensación de haber sacrificado su vida para nada, Tony sentenció con frialdad: —Destruiré y acabaré con cualquiera que intente tocar al Cártel de Los Santos—. Se puso en pie, transformado. Con una mirada implacable, comenzó a dictar órdenes implacables que antes se negaba rotundamente a dar. Ordenó erradicar a las pandillas callejeras, abrir nuevas rutas de contrabando, duplicar el arsenal y expandir los territorios hacia otros países, sin importar si eso significaba desatar una guerra total. Su decreto fue claro: en un año, el país tendría el orden y la paz que gozaba ahora, pues al ver caer abatidos y capturados a sus líderes, los pandilleros rasos no tendrían más opción que huir.