Agosto de 1996
Tony, Edward y Zack se reunieron de emergencia para diseñar una estrategia política de alta envergadura. Utilizando sus millonarias donaciones y redes de influencia, habían logrado penetrar en las comisiones de seguridad de la Asamblea Legislativa. Su objetivo era obtener la autorización estatal para edificar modernas estaciones policiales comunitarias en sectores vulnerables, asumiendo el control territorial absoluto bajo una fachada institucional.
—Yo iré personalmente a la Fiscalía General de la República a tramitar los permisos de operaciones —indicó Edward, antes de inclinarse hacia Tony y susurrarle al oído—: Recibimos una comunicación directa desde México. Miguel Rodriguez, el líder supremo del temido Cartel del Norte, exige una línea directa de negociación con nosotros. Está impresionado por nuestro volumen de distribución.
Tony se sorprendió ante el interés de semejante titán criminal, pero mantuvo la calma. Horas más tarde, desde la privacidad de su oficina, marcó el número satelital del capo mexicano. Al otro lado de la línea, la voz de Miguel Rodriguez sonó imponente:
—Quiero una alianza formal y ser socio de tu organización para invertir las ganancias, Tony. Veo un potencial tremendo en ustedes. Juntos seremos el cartel más poderoso del continente.
Tony apretó la mandíbula, pero respondió con una cortesía milimétrica y una fría seguridad:
—Le agradezco el interés, Don Miguel, pero se equivoca en un término. Los Santos no somos un cartel; somos una organización empresarial orientada al desarrollo nacional. No obstante, podemos establecer un acuerdo de negocios: les enviaré un cargamento de quince toneladas inmediatas de mercancía a su territorio si a cambio usted me concede un pequeño favor operativo.
—Trato hecho —respondió el mexicano, intrigado por el estilo del salvadoreño.
El 7 de octubre de 1996, Tony Armando aterrizó en una exclusiva mansión en territorio mexicano para sellar el pacto de negocios.
—Don Miguel Rodriguez, el cargamento de quince toneladas tocará su frontera en dos días; El Colonel le coordinará la entrega exacta —indicó Tony cruzando las piernas con elegancia—. Según lo acordado en nuestra alianza de distribución, les cedemos el 50% de la mercancía a cambio de que su estructura nos asista en los canales internacionales de lavado de activos.
—Excelente —asintió Miguel Rodriguez—. Pondré a tu entera disposición a los dos mejores especialistas financieros de mi organización: Los hermanos Félix. Son de tu misma nacionalidad, salvadoreños, por lo que se entenderán a la perfección en la limpieza de capitales.
Al salir de la cumbre, Tony abordó la camioneta blindada que lo trasladaría de regreso al aeropuerto. De repente, su comunicador encriptado comenzó a sonar. Era Zack, con la voz cargada de una furia incontenible:
—Tony... un comando armado de la Calle 8 o la M-11 violó los perímetros fronterizos de nuestro territorio. Secuestraron, violaron y asesinaron a una niña de apenas dieciséis años. Era la única hija de una familia humilde de la zona.
Tony cortó la comunicación de golpe. Se quedó mirando fijamente a través de la ventanilla, con las manos apretadas en puños, las venas del cuello marcadas y la mandíbula completamente tensa. En su mente se proyectó un flashback violento de sus días en la guerra civil: la imagen difusa de los soldados cometiendo abusos sistemáticos contra jóvenes indefensas en los pueblos arrasados. Una furia ciega, pero fríamente calculada, se apoderó de él.
Al aterrizar en El Salvador, Tony se dirigió de inmediato a la sede central. Entró a su oficina con los ojos inyectados de rabia, contemplando el mapa de operaciones. Esas pandillas malditas representaban el único obstáculo real para instaurar la paz absoluta por la que tanto había sacrificado su alma.
Edward entró apresuradamente al despacho:
—Tony, acabo de regresar de estar con la familia de la víctima. Cubrimos absolutamente todos los gastos funerarios y les asignamos una pensión corporativa permanente. Pero esto es inaceptable. Prometimos que esta capital sería un santuario seguro, y esos malditos entraron a violar y matar a una menor. Zack ya confirmó las identidades de los perpetradores.
—Quiero a todos los policías bajo nuestra nómina y a todo el ejército privado de Zack desplegados en cada rincón del país a partir de este maldito segundo —ordenó Tony con voz gélida y cortante.
Al amanecer del día siguiente, las fuerzas élite de Zack cercaron por completo un pequeño caserío en las laderas de un cerro donde se ocultaban los agresores. Al verse acorralados por decenas de hombres fuertemente armados, los dos pandilleros abrieron fuego desesperadamente. Los soldados de Los Santos respondieron con una lluvia de balas precisa, neutralizándolos en el acto. Zack reportó la baja inmediata a la base. Tony colgó el teléfono y juró solemnemente ante el silencio de su oficina que ninguna otra vida inocente sería segada en su territorio.