Los Reyes Del Mal

Capitulo 1: Parte 2 El Origen

El 17 de noviembre de 1991, Tony Armando cumplió los doce años. En esa época, alcanzar esa edad significaba ser apto para el combate. Tony se resistía a la idea; él quería estudiar y repetía constantemente que las armas no solucionarían los problemas del país. Sin embargo, la realidad lo golpeó dos días después, cuando el ejército gubernamental comenzó a realizar batidas masivas en su municipio. Para evitar ser reclutado por las fuerzas oficiales, Tony tomó la decisión de unirse voluntariamente a las filas de la guerrilla local, sabiendo que, de un modo u otro, el conflicto lo devoraría.

Al subir al camión de transporte militar, Tony observó a decenas de adolescentes de su misma edad, ya uniformados y con la mirada perdida, resignados a su nueva vida en el frente. Fue en ese campamento donde conoció a Zack Jairo, el líder guerrillero del sector. A pesar de tener solo veintidós años, Zack operaba con la frialdad de un veterano, habiendo combatido desde los doce años.

Zack midió al nuevo recluta con la mirada y habló con tono burlón:

—Oye, mocoso, ¿cómo te llamas?

Tony, aunque con la voz trémula por los nervios, respondió con una firmeza inesperada:

—Soy Tony Armando... y yo voy a reconstruir este país a mi manera.

Zack se sorprendió y soltó una carcajada, pero al escrutar los ojos del muchacho, supo que no estaba ante un recluta ordinario.

Una semana después, la columna guerrillera recibió órdenes de trasladarse a un campamento aliado en la profundidad del bosque. Al llegar, entre el humo de las fogatas, Tony divisó una silueta familiar: era Edward Rodriguez. El reencuentro fortaleció la moral de ambos muchachos en medio del infierno. Pocos días después, durante una incursión enemiga, Tony y Edward tuvieron que correr por sus vidas bajo el fuego cruzado, ocultándose en el interior de un enorme tronco hueco hasta que pasó el peligro.

De regreso en la base, Zack reunió a sus hombres más cercanos cerca de una radio de onda corta.

—Hay fuertes rumores de que el gobierno firmará la paz con la dirigencia general —comentó Zack con desprecio—. Pero eso es una farsa. Ese tratado no ayudará al pueblo hambriento; el gobierno seguirá siendo el mismo nido de corruptos.

Tony escuchaba atentamente en la penumbra. En su mente, una conclusión comenzó a tomar forma: el verdadero obstáculo para sus sueños de reconstrucción era la estructura misma de un Estado fallido y corrompido.

A pesar de las negociaciones de paz, las hostilidades continuaban en el terreno. Una noche, ante la sospecha de una emboscada gubernamental para tomarlos con la guardia baja, Zack ordenó a Tony y Edward vigilar el perímetro del campamento mientras él realizaba una ronda de reconocimiento más amplia. Minutos después, los dos jóvenes detectaron un movimiento inusual entre la maleza. Con sigilo, rodearon la zona y sorprendieron a un espía enemigo camuflado. Lo encañonaron por la espalda de inmediato.

Zack apareció de entre las sombras, sonriendo con frialdad:

—Excelente trabajo, muchachos —dijo, antes de desenfundar su arma y ejecutar al espía en el acto y sin piedad.

Ante el impacto de los jóvenes, Zack les advirtió:

—En esta guerra nunca ha habido piedad. El gobierno masacra inocentes y nos pinta a nosotros, los que luchamos contra la miseria, como los verdaderos villanos.

El 16 de enero de 1992, los locutores de la radio nacional anunciaron el acontecimiento histórico: el presidente de El Salvador había firmado los Acuerdos de Paz, poniendo fin a doce años de conflicto armado. Sin embargo, la facción radical comandada por Zack Jairo se negó a deponer las armas bajo los términos de un gobierno que los quería muertos. Decidieron replegarse a las inexpugnables cuevas de las montañas de Chalatenango para continuar protegiendo a las comunidades rurales. La influencia militar de Zack era tan vasta que se estimaba que controlaba la lealtad de cerca del 65% de las fuerzas militares de la región, volviéndose un objetivo prioritario.

Tony y Edward regresaron a sus respectivos hogares, pero solo encontraron desolación. Sus familias habían huido; el pueblo era un fantasma de polvo y silencio. Tony caminó hasta los restos de la vivienda de Ángela y la encontró semidestruida. Entre los escombros, divisó el muñeco de trapo que ella le había regalado y una vieja fotografía de la niña. Apretando el juguete contra su pecho, susurró:

—Cambiaré este lugar... Te lo prometo, Ángela.

Sabía que el reencuentro con su primer amor parecía imposible, pero la promesa seguía viva. Edward se acercó e inquirió sobre la identidad de la niña de la foto.

—Alguien importante... Mi motivación para cumplir una promesa —respondió Tony, antes de añadir con pragmatismo—: Necesitaremos mucho capital para arrancar, Edward.

—Contamos con los camiones para mover carga de logística —asintió Edward—. Yo me encargo de coordinar las rutas.

—Ya sé exactamente qué rumbo tomaremos —sentenció Tony.

Abril de 1995

A sus dieciséis años, Tony y Edward operaban una modesta pero eficiente flotilla de camiones comerciales transportando cargamentos legítimos de verduras, licores y frutas por todo el territorio nacional, generando ganancias estables. Todo cambió la tarde en que un misterioso intermediario se les acercó con una propuesta inusual: transportar una mercancía especial a través del país a cambio de 5,000 dólares para cada uno. Para dos jóvenes acostumbrados a percibir apenas 120 dólares por fletes convencionales de vino y alimentos, la suma era astronómica. Aceptaron el trato sin vacilar, marcando el inicio de su ascenso en las altas esferas del contrabando.

Poco después, fueron citados en una elegante oficina privada para conocer la identidad de su empleador. Detrás del escritorio se encontraba Vicente de Cano, un imponente ciudadano colombiano de cincuenta y seis años, conocido en el hampa internacional bajo el alias de El Colonel. Era un hombre temido, de modales refinados pero de una peligrosidad extrema.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.