Los Reyes Del Mal

Capitulo 2: El Plan -Parte 2

Simultáneamente, en el departamento de Santa Ana, Jonathan Félix comandaba otra columna armada de Los Santos. Sus hombres asaltaron una enorme casona abandonada que funcionaba como cuartel general de la Calle 8. Los pandilleros abrieron fuego con fusiles automáticos, desatando un violento tiroteo. Jonathan y sus soldados se cubrieron y respondieron con disciplina militar, abatiendo a la mayoría de los agresores en el sitio. El único superviviente, herido en el hombro, arrojó su arma y levantó las manos. Al aproximarse y colocarle las esposas, los soldados lo identificaron como uno de los principales cabecillas de la pandilla en la zona occidental. Jonathan lo miró con profundo asco y escupió al suelo, recordando las atrocidades cometidas por esa estructura contra mujeres inocentes. Activó su comunicador:

—Tony, neutralizamos la base de Santa Ana. El jefe local está bajo custodia y el resto de su comando fue dado de baja en combate.

Zack, mientras inspeccionaba las casas capturadas en la M-11, localizó un compartimento secreto debajo de una tarima. Al abrirlo, encontró un fajo de documentos y una correspondencia semi-borrosa con información confidencial, rutas logísticas y nombres clave de la estructura interna de Los Santos. Zack apretó el papel con rabia y llamó a la base:

—Tony, tenemos un problema grave aquí. Encontré archivos confidenciales de nuestra empresa en manos de las pandillas. Alguien de adentro está filtrando información sensible... Tenemos a un maldito sapo filtrando datos.

Tony se quedó pensativo en su despacho, asimilando el golpe. ¿Cómo era posible que unos delincuentes de la calle tuvieran acceso a sus planes corporativos? Jonathan entró a la oficina en ese instante:

—El líder capturado en Santa Ana confirmó que la M-11 y la Calle 8 están consolidando una alianza absoluta para asaltar nuestros camiones de mercancía —informó el menor de los Félix—. Déjame encargarme personalmente del asunto, Tony; yo voy a cazar a ese traidor infiltrado.

—Mantén la calma, Jonathan —ordenó Tony de forma analítica—. Primero necesitamos estructurar el panorama completo y descubrir cómo operan sus canales de información.

Mientras trazaban el contraataque, Germán y Edward regresaban a la sede central cuando fueron interceptados por un emisario oficial de la alcaldía municipal.

—Los ministros y la junta de la Asamblea Legislativa exigen una reunión de urgencia con ustedes dos y el señor Tony Armando —anunció el funcionario—. Han sido seleccionados formalmente para comparecer ante el pleno gubernamental en representación de la Corporación Los Santos, debido a las millonarias inversiones mensuales que realizan en la infraestructura del país.

Edward se comunicó de inmediato con Tony, alarmado:

—Esto está saliendo de nuestras manos, Tony... Estamos atrayendo demasiada atención pública institucional. Los políticos quieren husmear en nuestras finanzas.

Al día siguiente, El Colonel aterrizó de regreso en San Salvador, se despidió de Miguel por radio y acudió directo a la sala de juntas de la casona. Encontró a toda la cúpula sumida en una profunda tensión.

—¿Qué demonios sucede aquí? —inquirió el colombiano, arrojando su abrigo sobre una silla.

—Tenemos a un traidor filtrando datos a los enemigos —explicó Tony seriamente—. Y para colmo, la Asamblea Legislativa citó a Edward y a Germán para que comparezcamos ante el pleno del Congreso.

El Colonel encendió un cigarrillo y analizó la situación:

—Rechazar la invitación del gobierno generaría sospechas inmediatas y pondría a los servicios de inteligencia sobre nuestro rastro. Debemos aceptar la comparecencia. Edward y tú irán como los rostros legítimos y refinados de la corporación.

—Esos malditos burócratas solo huelen el dinero —reprochó Edward con indignación—. Saben que somos la única empresa con liquidez multimillonaria en la posguerra y pretenden obligarnos a financiar sus proyectos políticos con nuestras ganancias.

—Iremos, pero mantendremos un perfil bajo y pulcro —sentenció Tony—. Nada de ruedas de prensa ostentosas ni espectáculos mediáticos.

10 de noviembre de 1996

Tony Armando y Edward Rodriguez caminaban por los majestuosos pasillos de mármol de la Asamblea Legislativa. A pesar de los lógicos nervios, sus rostros proyectaban una calma gélida e intimidante. Al ingresar al gran salón de sesiones, decenas de diputados y ministros fijaron sus miradas en ellos: los jóvenes filántropos que estaban reconstruyendo el agro y financiando las escuelas de la nación. En el estrado principal se encontraba el presidente de la junta, Gonzalo Martin.

La sesión comenzó con debates económicos sobre la inflación, hasta que un ministro de línea dura tomó la palabra para abordar el azote de las pandillas. Fue entonces cuando Tony Armando se acercó al micrófono principal, ajustándose la corbata roja. Su voz resonó con una autoridad implacable:

—Nuestra corporación está dispuesta a asumir la responsabilidad total de pacificar las calles y desmantelar a esas estructuras criminales. Sin embargo, requerimos garantías jurídicas; si nuestras fuerzas de seguridad detienen o tienen que neutralizar a esos delincuentes en defensa propia, no permitiremos que se nos persiga legalmente por operar sin autorización estatal.

Un diputado de la oposición se puso en pie, golpeando su escritorio:

—¡Esto es inaceptable! Tenemos reportes de que las milicias del exguerrillero Zack Jairo ejecutaron a varios pandilleros en el oeste sin ningún tipo de orden judicial. ¿Pretenden imponer una dictadura paramilitar?

—El comandante Zack Jairo se encontraba protegiendo a las comunidades rurales de Chalatenango frente a incursiones armadas de terroristas —respondió Tony con una mirada cortante que silenció al legislador—. No venimos a pedirles dinero ni recursos del Estado; nuestra corporación financiará absolutamente toda la logística y los operativos de extracción. Lo único que exigimos de esta Asamblea es la autorización legal formal para proceder.




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