El día comenzaba a despuntar cuando Olivia entró a su casa. Sus pasos eran ligeros, casi temerosos, mientras trataba de no hacer ruido. Había pasado la noche entre emociones intensas con Axel, y aunque el peso de su despido aún rondaba su mente, las palabras de él le habían dado algo de consuelo. Sin embargo, sabía que aún tenía que enfrentar una realidad inevitable: contárselo a sus padres.
Al entrar al salón, encontró a su madre sentada en la mesa, hojeando el periódico. Su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa y descontento al verla.
—¿De dónde vienes a estas horas? —preguntó su madre, con una ceja levantada.
—Salí a dar una vuelta... necesitaba despejarme. —La voz de Olivia era apenas un susurro, sabiendo que la verdadera conversación estaba por llegar.
Su madre dejó el periódico de lado, cruzándose de brazos.
—Pues más te vale despejarte rápido, porque tienes cosas más importantes de las que preocuparte. He oído que te han echado del trabajo. ¿Es cierto?
El corazón de Olivia dio un vuelco. No esperaba que la noticia hubiera llegado a su madre tan pronto.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Sara llamó anoche, preocupada por ti. Fue ella quien me lo contó. ¿Por qué no dijiste nada?
—No quería preocuparos —respondió Olivia, evitando el contacto visual.
—¿Preocuparnos? —intervino su padre, entrando al salón con expresión severa—. ¿Te parece mejor callártelo y andar por ahí como si nada hubiera pasado?
—No es eso, papá. Solo... no sabía cómo decíroslo.
—¿Y ahora qué, Olivia? —Su madre golpeó la mesa suavemente, pero con firmeza—. ¿Cómo vas a contribuir en esta casa?
Olivia respiró hondo, intentando mantener la calma.
—Voy a buscar otro trabajo, lo prometo. No quiero ser una carga para vosotros.
—Eso espero, porque aquí no podemos mantener a alguien que no aporta nada —dijo su padre, tajante.
La dureza de sus palabras cayó como un mazazo sobre Olivia. Sabía que su familia siempre había tenido dificultades económicas, pero jamás imaginó que la situación llegaría a este punto.
—Papá, solo necesito tiempo...
—Tiempo es lo que no tenemos, Olivia. Tú siempre has sido responsable, pero últimamente parece que te estás dejando llevar por tonterías. ¿Es por ese chico del que tanto habla la gente? ¿El futbolista?
La mención de Axel hizo que Olivia levantara la mirada, sorprendida.
—Esto no tiene nada que ver con él —respondió con firmeza—. Mi despido fue decisión de Carmen, y no tiene nada que ver con Axel.
—Pues más te vale mantener las prioridades claras —añadió su madre—. Este no es el momento de andar soñando con cuentos de hadas.
Olivia sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer.
—Lo entiendo. Haré lo que sea necesario para demostraros que puedo manejar esto.
Sin embargo, la tensión en la sala no disminuyó. Su padre se levantó del sofá, mirándola con una mezcla de decepción y cansancio.
—Si no tienes trabajo, tampoco tienes lugar aquí. No podemos cargar contigo, Olivia.
—¿Me estás echando? —preguntó ella, incrédula.
—Solo hasta que encuentres un empleo —respondió su madre, aunque su tono no fue menos contundente—. Esto no es un castigo, es la realidad.
Olivia se quedó quieta, procesando lo que acababa de escuchar. Sentía como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido.
—De acuerdo —dijo finalmente, con voz quebrada—. Me iré.
Horas más tarde, Olivia estaba de pie frente a la puerta de su casa, con una mochila y una pequeña maleta a su lado. Todo lo que había logrado empaquetar en poco tiempo cabía en esos dos bultos. Miró hacia la ventana del salón, donde su madre observaba en silencio, sin hacer ningún gesto.
Con un último suspiro, Olivia se dio la vuelta y comenzó a caminar. No sabía exactamente a dónde ir, pero lo último que quería era que Axel se enterara. Él ya había hecho demasiado por ella, y no estaba dispuesta a ser una carga para él también.
Mientras recorría las calles de la ciudad, el peso de su situación la golpeaba con fuerza. Su hogar, su familia, incluso su trabajo... todo parecía derrumbarse a su alrededor.
—Lo resolveré —se dijo a sí misma en voz baja, aferrándose a una esperanza frágil—. No necesito que nadie me salve.
Pero en lo profundo de su corazón, sabía que no sería tan fácil.
El sol se había escondido tras los edificios de Barcelona, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y violetas. Olivia ajustó los puños de su chaqueta mientras esperaba junto a la puerta del hostal. Era un lugar modesto, de fachada desgastada y cartel luminoso parpadeante. Había logrado encontrar un pequeño cuarto allí con sus ahorros, pero el precio, aunque económico, no dejaba de preocuparla.
Un coche negro frenó suavemente frente al edificio. Axel, al volante, le sonrió desde la ventanilla. Ella respiró hondo, intentando borrar cualquier rastro de preocupación en su rostro, y se acercó al vehículo.
—¿Llevas mucho esperando? —preguntó Axel mientras ella se acomodaba en el asiento del copiloto.
—No, acabo de salir. —Le devolvió una sonrisa, más pequeña pero igual de cálida.
El trayecto transcurrió entre conversaciones ligeras. Axel le habló de los entrenamientos, de lo emocionado que estaba por el próximo partido, y de cómo había logrado perfeccionar un movimiento que llevaba días practicando. Olivia asentía, riendo de vez en cuando, pero su mente divagaba. Miraba por la ventanilla, los escaparates iluminados y las calles transitadas, preguntándose cuánto tiempo podría seguir manteniendo el secreto de su situación.
Axel aparcó en una zona cercana al restaurante, un lugar elegante pero no excesivamente ostentoso. Había elegido el sitio con cuidado, pensando en algo cómodo para Olivia pero que también fuera especial.
—¿Te parece bien aquí? —preguntó mientras apagaba el motor.
—Sí, está perfecto. —Olivia intentó sonar entusiasta, aunque su estómago se encogía al pensar en los precios del menú.