Nombre prestado

CAPÍTULO 1. Irene

—Sube al coche, Irene.

Valeria no respondió.

Durante un segundo pensó que el hombre hablaba con otra persona.

El aparcamiento subterráneo estaba casi vacío. Eran las once y diecisiete de la noche, y a aquella hora solo quedaban media docena de vehículos repartidos bajo la luz blanca de los fluorescentes. A su izquierda, la puerta del ascensor acababa de cerrarse. A su derecha estaba su coche, a unos veinte metros.

Y detrás de ella, dos hombres.

Valeria mantuvo la mano dentro del bolso.

Las llaves se le clavaban entre los dedos.

—Te has equivocado —dijo.

El hombre que había hablado llevaba una cazadora oscura y no tendría más de cuarenta años. El otro, más ancho de hombros, permanecía un poco apartado.

Ninguno parecía borracho.

Eso habría sido más sencillo.

—No hagas esto difícil.

—No sé quién es Irene.

El primero la observó en silencio.

No mostró desconcierto.

Ni siquiera duda.

Aquello fue lo que empezó a preocuparla de verdad.

—Claro.

Valeria retrocedió un paso.

El hombre hizo lo mismo hacia delante.

—He dicho que os estáis equivocando.

—Nosotros no.

El segundo habló por primera vez.

Su voz era tranquila.

—Tú, quizá.

Valeria miró de reojo hacia el ascensor. El indicador luminoso marcaba el cuatro. Si gritaba, probablemente nadie la escucharía desde las oficinas superiores.

Había una cámara de seguridad sobre la rampa de salida.

Eso significaba que aquellos hombres sabían que podían ser grabados.

O que no les importaba.

—Voy a llamar a la policía.

Sacó el teléfono.

El hombre de la cazadora no intentó impedírselo.

Sonrió apenas.

—Llámala.

Valeria desbloqueó la pantalla.

—Hazlo —insistió él—. Diles que Irene Salvat quiere denunciar que dos hombres han venido a recuperar lo que se llevó.

El dedo de Valeria quedó inmóvil sobre el icono de llamada.

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que sí.

—Me llamo Valeria Montejo.

—También.

Aquella palabra la desconcertó.

—¿Cómo que también?

El hombre no respondió.

Metió la mano en el bolsillo interior de la cazadora.

Valeria tensó todo el cuerpo.

Pero no sacó un arma.

Sacó una fotografía.

La sostuvo por una esquina.

—¿Quieres verla?

Ella no se movió.

—Déjala en el suelo.

Él soltó una pequeña risa.

—Sigues haciendo lo mismo.

—¿El qué?

—Pensar que si controlas la distancia controlas la situación.

Valeria sintió una mezcla absurda de miedo e irritación.

—No me conoces.

Por primera vez, la sonrisa desapareció.

—Te conozco bastante mejor de lo que me gustaría.

Dejó caer la fotografía.

El papel planeó unos centímetros antes de quedar boca arriba sobre el cemento.

Ninguno de los dos hombres avanzó.

Valeria dudó.

Después miró.

La iluminación del aparcamiento era mala, pero vio suficiente.

Una terraza.

Una mesa.

Tres personas.

La fotografía parecía tomada desde cierta distancia.

Un hombre calvo estaba sentado de perfil. Frente a él había una mujer rubia. Entre ambos, mirando directamente hacia la cámara, había otra mujer.

Valeria.

No alguien parecido.

Ella.

El mismo lunar junto a la mandíbula.

El mismo pelo oscuro.

Incluso reconoció el pequeño desnivel de su ceja izquierda.

Pero había algo imposible.

La fecha impresa en la esquina inferior decía:

14 / 06 / 2023

Valeria sabía exactamente dónde había estado ese día.

En Zaragoza.

Su madre había sido operada aquella mañana y ella había pasado dos noches enteras en el hospital.

Nunca había visto aquella terraza.

Ni al hombre.

Ni a la mujer rubia.

Levantó la mirada.

—Esto está manipulado.

—No.

—Sí.

—Pregúntale a Medina.

—¿Quién?

El hombre ancho soltó una breve carcajada.

Su compañero lo silenció con una mirada.

—No juegues con nosotros, Irene.

Valeria sacó el teléfono de nuevo.

Esta vez marcó el 112.

El hombre de la cazadora dio un paso.

Ella levantó el móvil.

—No te acerques.

—No quería hacerlo así.

—Pues no hagas nada.

Valeria empezó a caminar lateralmente hacia su coche sin darles la espalda.

Uno.

Dos metros.

El hombre ancho se desplazó para cerrarle el paso.

Valeria cambió de dirección.

—Déjala —dijo el primero.

Su compañero lo miró.

—¿Qué?

—He dicho que la dejes.

Valeria también se detuvo.

Algo había cambiado.

No entre ellos.

Más allá.

Al fondo del aparcamiento se acababa de encender un motor.

Un coche negro salió lentamente de una de las filas laterales.

Los dos hombres lo reconocieron antes que ella.

El ancho murmuró una palabrota.

El otro guardó la fotografía que aún tenía en la mano.

—Esto no termina aquí.

—Para mí ni siquiera ha empezado.

Él la miró con una expresión extraña.

Casi compasiva.

—Eso es lo peor.

Se alejaron hacia la rampa peatonal.

Valeria tardó un segundo en comprender que realmente se marchaban.

Después otro.

No bajó el teléfono.

El coche negro avanzó hasta detenerse a pocos metros.

Valeria se preparó para correr.

La puerta del conductor se abrió.

El hombre que salió tendría unos treinta y cinco años.

Alto, abrigo oscuro, camisa sin corbata. No tenía el aspecto de alguien que acabara de llegar por casualidad a un aparcamiento a las once y veinte de la noche.

Miró primero hacia la rampa por la que habían desaparecido los otros.

Después hacia Valeria.

No se acercó.

—¿Está herida?

—No.

—¿Le han quitado algo?

—No.

—Entonces váyase.

Valeria parpadeó.




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