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Capitulo 2: Hogar alterado

Capítulo 2

El hogar alterado

Nota del editor: Este capítulo fue construido principalmente a partir de entrevistas familiares realizadas tres semanas después del “hallazgo”. Las grabaciones revelan una familia intentando procesar lo imposible mientras navega una nueva realidad mediática que nunca pidieron.

La casa de los Bermúdez-López había sido, hasta hace una semana, un santuario de rutinas predecibles. Una construcción de clase media en un pueblito rural, tranquilo, sencillo y tradicional. Su casa, con jardín frontal cuidado por Lisset y una sala donde Felipe veía fútbol los domingos mientras Betsy estudiaba matemáticas en el comedor y Junior escuchaba “The Cure” en su cuarto, siempre con la puerta cerrada.

En la casa de los Bermúdez López, nunca pasaba nada; la rutina y la calma llevaban los controles de la familia. No había amigos ni familiares que visitaran los domingos, después de misa. —Bueno, sí había, pero cada uno en sus casas. Tampoco amigos a los cuales visitar. Ni siquiera los cumpleaños eran motivo de alteración del orden de las cosas. Así era siempre, día con día, excepto en Navidad, época en que las cosas se salían ligeramente del control, como mandan las buenas costumbres.

Sin embargo, ahora, a las dos de la tarde del viernes, esa misma sala se había convertido en algo parecido a un centro de operaciones de crisis. Felipe ocupaba su sillón favorito —el reclinable sillón, que Lisset había querido cambiar durante años, pero ya no era el mismo hombre que solía quedarse dormido ahí viendo repeticiones de Chespirito. Sus manos temblaban ligeramente cuando sostenía la taza de café, y cada pocos minutos se tocaba las sienes como si intentara sintonizar una radio defectuosa.

—Cuéntanos otra vez lo de las luces, papá —insistió Betsy desde el sofá, con las piernas cruzadas y esa expresión de fascinación que ponía cuando algo la cautivaba completamente.

Betsy había heredado de su madre la capacidad de encontrar belleza en lo inesperado, pero a diferencia de Lisset, no temía lo desconocido. A los 16 años, el mundo aún le parecía lleno de posibilidades mágicas.

Felipe cerró los ojos, intentando acceder a esos fragmentos de memoria que aparecían y desaparecían como peces en aguas turbias.

—Eran… geométricas —murmuró. —No como las luces de los carros o las casas. Era como matemáticas hechas luz; se formaban figuras flotando en el aire, como si fueran… luciérnagas de diferentes colores y tamaños moviéndose a veces caóticamente en el aire, y otras veces de forma lenta y armoniosa, “como en una danza”.

—¿Matemáticas hechas luz? —Junior levantó la vista del cuaderno donde había estado dibujando y sonrió como burlándose de esa frase, que le pareció ridícula y fantasiosa. A diferencia de su hermana, él había heredado el escepticismo pragmático de su padre, pero envuelto en la sensibilidad artística que lo hacía cuestionar todo.

—Papá, eso no significa nada.

—Junior, ¿qué maneras son esas formas tan irrespetuosas hacia tu padre? —le reprendió su madre desde la cocina, donde preparaba más café del que necesitaban. Cocinar y servir era su manera de procesar el estrés, una herencia de su madre que le había enseñado que las manos ocupadas mantienen la mente calmada.

—No, está bien —admitió Felipe—. Yo tampoco entiendo lo que quiero decir. Es como si las palabras que tengo no fueran suficientes para explicar lo que vi, o lo que creo que vi.

[Domingo, 16 de octubre de 2016]

Era el cumpleaños número 9 de Betsy. Felipe había llegado tarde del trabajo —otra vez— y encontró a su hija llorando porque creía que se había olvidado. La alzó en brazos y susurró: —Princesa, papá nunca se olvida de las cosas importantes—. Desde ese día, cada vez que Betsy sentía miedo o dudas, Felipe la llamaba “princesa” y le recordaba que él siempre estaría ahí para las cosas importantes. Ahora, siete años después, era Betsy quien insistía en quedarse cerca de él, como si temiera que pudiera desaparecer otra vez si apartaba la vista.

Ring, ring.

El teléfono había sonado catorce veces desde que regresaron del hospital. Lisset ya no respondía todas las llamadas.

—¿Contestas tú? —le preguntó a Junior, quien negó con la cabeza sin levantar la vista de su cuaderno.

—Es la periodista otra vez —anunció Betsy, viendo el identificador de llamadas. —¡Milagros Prado!

—¿Puedo contestar?

—¡No! —dijeron Lisset y Junior al unísono.

—Esa chiquilla, ¿no duerme?, ¿no come?, ¿no tiene familia?, ¡qué pereza! —exclamó Lisset en un tono bastante molesto y poco habitual en ella. Lo que me molesta además es lo inoportuno de sus llamadas; habíamos planeado ver una película juntos, en familia, como debe ser, y el teléfono otra vez, no es justo.

Lisset luchaba con todas sus fuerzas por recuperar la tranquilidad familiar. Felipe, sin embargo, parecía estar en una posición diferente. Aunque coincidía con su familia en que las constantes llamadas de la periodista eran incómodas y molestas para todos. Aun así, el desconocimiento del significado del tatuaje que tenía en el dorso de su mano izquierda le era aún muy perturbador y necesitaba respuestas.




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