Capítulo 6
La calma
Nota del editor: Este capítulo pretende ser pausado y reflexivo. Después de tantos ruidos estridentes y luces cegadoras, hace falta un impasse, una leve parada para la reflexión y la reformulación de ideas y puntos de vista. Como siempre sucede, después de la tormenta, llega la calma.
La muerte del ruido.
El teléfono vibra una vez, luego otra.
Ring… Ring…
Todos se miran, sorprendidos, durante un par de segundos que se estiran como si fueran siglos.
Nadie se mueve.
Esperan el tercer timbrazo que nunca llega.
Entonces, cada uno regresa a lo suyo, como si nada hubiera pasado. Es la primera vez que el sonido del teléfono corta el silencio espeso y pegajoso de esta tarde calurosa de domingo. Solo Betsy rompe la quietud. Se levanta despacio, revisa el aparato y dice:
—No era nadie. Número equivocado, tal vez… nadie escucha.
Su voz se disuelve en la pesadez del aire. Regresa con el mismo paso lento, se deja caer en su sillón favorito, cruza las piernas y, celular en mano, continúa hurgando en el mundo digital, a ver qué encuentra.
En la televisión, el partido se detiene un rato para el “minuto de hidratación”; los muchachos aprovechan para refrescarse un poco y ponerse de acuerdo en las estrategias con su entrenador. Felipe, sin embargo, no aprovecha la pausa: se queda inmóvil, con la mirada fija en la pantalla, como si buscara algo que no está allí.
El calor y un bostezo lo empujan a un sueño liviano que después se hizo profundo. Y entonces, de nuevo, aparece Eduardo. No como él lo reconoce, sino convertido en una serpiente de escamas brillantes. La criatura lo observa, inmóvil.
—Ahí está esa manzanita… muérdela… es tuya… aprovecha la oportunidad —susurra con voz casi humana.
Felipe despierta con la boca seca y el corazón desbocado.
Betsy suspira. La calma la decepciona.
El grupo Alien-Squad está en silencio desde hace horas.
El hashtag #AbducciónCabuyal ha desaparecido de las redes, y rápidamente fue reemplazado por otros: #alienígenasconflow y #gatitoscuriosos.
—Al diablo los gatitos —murmura, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa—. A mí me gustan más las vacas, y de ellas ya ni hablan.
Los influencers, sin embargo, nunca descansan. Cambian de tema como quien cambia de barco antes de que se hunda. El mar de las redes ya se ha retirado, y la ola que una vez levantó a Felipe también se fue, dejándolo varado como un pez que boquea en la arena.
Las redes sociales tienen su propio pulso: nacen con un clic, crecen con un escándalo y mueren de aburrimiento. Los humanos las alimentan… y luego ellas los devoran.
Qué ironía: ayer fue trending topic; hoy, un hombre somnoliento frente a la tele, invisible otra vez.
“La calma no es paz.
Es el tiempo que necesita la tormenta para volver a armarse.”
Afuera, ni una hoja se mueve; el calor obliga a caminar lento y hasta pensar lento. Mientras tanto… adentro, bien adentro, en la mente de Milagros, por el contrario, se agita un torbellino.
Imágenes, voces, recuerdos y pistas se cruzan sin orden:
Mentira… coartada… Eugenio… tatuaje… reputación… verdad… mentira…
Ya nada es seguro. Todo es potencialmente falso. Incluso sus propias creencias están bajo sospecha.
En la mesa, la laptop abierta parece no haber dormido en días. Rodeada de tazas vacías y migas de galleta, exhibe documentos llenos de notas y tachaduras. En la esquina, un sticker recuerda las frases de Eugenio:
—No todo lo que parece misterio lo es realmente. A veces es solo una buena coartada para desaparecer un rato.
¿Realmente hubo abducción? Todo huele a coartada. Detrás hay una gran mentira. Una mentira en technicolor.
Milagros respira hondo:
La abducción fue una farsa. Eugenio escribió el guion; Felipe resultó ser un pésimo actor. Y ella, arrastrada por la emoción, terminó siendo vocera de una decepcionante “fake news” más.
Bebe un sorbo de café frío y cierra la laptop. El cursor deja de parpadear. El silencio se instala.
Frente al espejo, se enfrenta a dos versiones de sí misma:
—La periodista: “Publica la verdad o serás cómplice”.
—La mujer cansada: Cállate y sálvate. No arruines tu vida por un mentiroso”.
Pero el espejo no tiene respuestas. Solo refleja ambas versiones.
—Si lo callás, sos parte de la mentira.
—Si lo decís, se termina todo.
—Tal vez… no todo tiene que saberse.
—Tal vez… ya es tarde para callar.
Afuera, la calma sigue.
Las redes son como un feroz animal dormido. Pueden invernar durante mucho tiempo como osos, para despertar hambrientos y furiosos en el momento menos esperado.
Revisando en su teléfono, encuentra un vídeo olvidado que atrapa su atención:
Felipe sonríe nervioso ante las cámaras; parece leer de un teleprompter. Responde cada pregunta con un flujo plano de palabras, carente de emoción y de entonación. No sabe lo que dice, ni cómo lo dice; es un robot humanoide programado con un mal software.
Su jefe, en cambio, domina el show: interrumpe, desvía, mete publicidad gratuita sobre la empresa.
Muy astuto… piensa Milagros.
Las miradas ya no buscan a Felipe.
El jefe no para de hablar.