Capítulo 8
Es solo el principio.
Nota del editor: Las escenas de este capítulo se desarrollan dentro de un chat, en una de esas plataformas que permiten la comunicación entre dos o más personas en tiempo real con audio y video, como si estuvieran uno frente al otro. Como no estamos recibiendo ningún patrocinio, no voy a mencionar cuál es la aplicación; ustedes supongan.
La pantalla se divide en dos rectángulos.
De un lado, Milagros: blusa clara, el cabello atado con prisa. Detrás, una repisa con libros en desorden y una luz cálida que intenta suavizar la tensión. Acomoda sus audífonos cada tanto, ganando segundos de aire.
Del otro, Eugenio: camisa negra, cuello abierto, copa de vino en la mano. El fondo es un caos de papeles y cuadros torcidos, pero él parece cómodo, dueño de la escena. Habla con la cadencia de quien nunca duda.
Las primeras frases son insinuaciones:
—¿Le entramos, Milagros?
—¿Le entramos a qué, Eugenio? —ella responde con otra pregunta, intentando demorar lo inevitable.
—¿Tú sabes? Teníamos un pacto.
—No, no teníamos un pacto. Solo hubo una propuesta, y aunque suena interesante, también es un riesgo mayor.
—A veces hay que dinamitar un puente para construir otro mejor —dice Eugenio, con media sonrisa.
Milagros guarda silencio. Está al borde del “sí”, pero se sostiene en la cuerda floja del “todavía no”.
—Pero, ¿no crees que es emocionante trabajar juntos en un proyecto de este tipo? —Eugenio intenta transmitir un entusiasmo sincero que siente, y solo espera un “sí” como respuesta.
Interesante es, lo confieso. Tentador también. —Confiesa la periodista.
—Escribir es de las cosas que más disfruto y, si es escribir sobre mis temas favoritos en los que tengo experiencia, más todavía—.
Milagros se detiene, hace como que piensa, pero no es más que una táctica, la de hacerse difícil de convencer. Sabe que con Eugenio es importante no mostrarse completamente. Es muy suspicaz.
Entonces, un sonido metálico rompe la calma:
“Felipe Bermúdez has joined the meeting.”
Una tercera ventana se abre. Felipe aparece desencajado: camiseta arrugada, rostro pálido, el cabello en desorden como si lo hubieran arrancado de la cama. Mira la pantalla con ojos de animal acorralado. El mobiliario a su alrededor indica que se encuentra en el baño. En estas circunstancias, es el mejor lugar privado para conversar con su amigo sin testigos. Solo que jamás imaginó que en la conversación también estaba Milagros.
—¿Milagros? Pero… ¿Qué…? ¿Y esta emboscada, Eugenio? —¿Qué estás tramando? —balbucea Felipe, visualmente preocupado y nervioso. Si ella sabe, su esposa y sus hijos podrían ser los siguientes en saberlo. El terror le borra el color del rostro.
Para Milagros también fue una sorpresa que no esperaba.
—¡¿Qué hace él aquí?! —exclama Milagros, aferrándose a los brazos de la silla.
Eugenio, en cambio, no se inmuta. Levanta la copa hacia la cámara, divertido:
—Ups… parece que alguien encontró la llave de la sala debajo de la alfombra—. Indicó con una risa sarcástica—. Definitivamente, internet es un barrio muy peligroso.
—¿Lo invitaste? —increpa Milagros, bastante molesta.
Él encoge los hombros:
—Digamos que era hora de que el protagonista subiera al escenario, tiene derecho, él es la cara visible de todo esto —aclaró Eugenio despreocupado e insolente, como siempre—.
Felipe tiembla.
—Yo… no sé qué están tramando, pero estoy definitivamente en contra. Solo quiero saber qué piensan hacer conmigo. Porque yo ya me veo arruinado y en desgracia.
Milagros lo mira con mezcla de rabia y compasión. Eugenio corta la tensión como un cirujano:
—Tranquilo, Felipe. Milagros no dirá nada. ¿Verdad, Milagros? Por el contrario, en este momento ella puede ser una gran aliada para vos.
Ella vacila unos segundos, pero finalmente asiente. Ese gesto basta. La resistencia afloja un poco.
—Además —continúa Eugenio tratando de calmar el estado de su amigo Felipe, pero ahora de manera formal y seria. —Hermano, no solamente tú estás corriendo un riesgo en este juego. También Milagros está en una situación complicada. Tú sientes temor por la estabilidad de tu familia; ella está poniendo en riesgo su carrera y su reputación. En cambio, yo no tengo problemas, solo tengo amigos por los cuales estoy dispuesto a asumir riesgos. Por eso es que nos reunimos todos aquí.
—¿Pero y yo?… —¿Qué hago en este no sé qué, que se está cocinando? —pregunta con voz temblorosa.
—Tú eres la estrella, el protagonista —responde Eugenio, ecuánime, seguro—. Solo que esta vez es más fácil. No tendrás que contar historias, ni salir en cámara. Nosotros lo haremos por ti.
—¿Y cómo haré para que mi esposa no sospeche?
—Hermano… tu esposa te ama. Y si la primera vez no sospechó nada, a pesar de lo mal que actuaste, ahora menos.
Felipe se queda en silencio, fragmentado: la tentación de volver a la fama lo atrae, pero el miedo lo paraliza.
Milagros interviene al fin, con voz suave:
—¿Recuerdas aquella entrevista, Felipe? —le recordó Milagros—. Dijiste que escuchaste voces que decían: “Esto es solo el principio”. Pues bien… Esta es la continuación.
En los ojos de Milagros, se dibuja un brillo de entusiasmo y un gesto casi maternal cuando mira a Felipe. A las claras se ve que está entrando en este nuevo proyecto con pasión y sin miedos. En el proyecto anterior, su ingenuidad e inexperiencia le jugaron en contra. Ahora convencida y decidida a lanzarse, pero con madurez y plena conciencia.