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Capitulo 5: Una luz cegadora

Capítulo 5

Una luz cegadora.

Nota del editor: Este capítulo no ha sido posible estructurar de manera coherente. Es de difícil lectura, pero de muchas sugerencias y reflexiones que deben leerse entre líneas. Así de raro e inexplicable es describir un sueño o una pesadilla que a veces nos da respuestas acerca de todo y de la vida; que aún no sabemos si es un frenesí, una ilusión, o quizás sea un sueño. Y los sueños, sueños son.

Luces de neón.

Veo una estrella de neón de 8 puntas de color rojo.

No es rojo… creo que es naranja.

Más bien son 12 puntas… ¿O eran 8?

La estrella titila sobre el cartel de:

“Welcome to Fabulous Las Vegas”.

La imagen vibra. ¿Se desvanece?

Ruido de tragamonedas.

Voces en inglés.

Gritos.

Risas.

Culpa.

Música electrónica.

Luces cegadoras.

Las personas son extrañas, se mueven de manera extraña, parecen alienígenas con forma casi humana.

Ahí está Eduardo, pasa a mi lado velozmente y me jala del brazo con fuerza, mientras ríe a carcajadas. Va zigzagueando entre la multitud. Saca la lengua a cada persona que dejamos atrás.

Está fuera de sí, eufórico, casi animal.

Me grita algo que no puedo entender, ni siquiera leyendo sus labios.

¿Será Eduardo, mi amigo de siempre, o un alien más?

A lo lejos, en la pista de baile, veo a Carmen, la asistente de mi oficina, disfrazada de hawaiana; se contorsiona con un alien humanoide. Qué sensación tan extraña. Ella no es así, está cambiada o también ha sido abducida. Reprogramada. ¿O estaré yo también siendo abducido?

Todo es incoherente, pero emocionalmente intenso.

Mi cabeza da vueltas. Una montaña rusa de estímulos.

Descubro que mi rostro está empapado en sudor.

Y por un instante, cuando Eduardo me sonríe,

Veo que su lengua parece bífida.

Es un déjà vu, que me sacude y me confunde:

¿Será la mismísima serpiente del jardín, invitando al pecado original?

La interpretación de los sueños es subjetiva. Solo se sueña, y cada quien interpreta. Cuando el subconsciente toma el control, los temores ocultos afloran y se pueden ver. Es así de fácil.

Domingo, 2:45 am – Casa de los Bermúdez

Respiración agitada.

Inhala… exhala… inhala… exhala… cada vez más veloz el ritmo. Párpados que tiemblan.

Se abren… Oscuridad… Silencio.

La cama se ve desordenada.

Felipe se sienta sobresaltado.

Hace calor, un denso calor.

Mira a su lado: su esposa duerme profundamente.

La luz tenue del pasillo perfila su silueta.

Hay algo sagrado en ese descanso. Se siente paz.

Camina hacia la cocina sin encender luces. Tropieza una y otra vez con los muebles que encuentra en el camino.

No quiere despertar a los demás.

¡Qué nochecita esta!

Se sirve agua… Mira por la ventana.

Nada.

El amanecer aún está muy lejos.

Regresa a la cama.

Sus ojos pesan, van cayendo lentamente, pero se resisten.

Teme volver a soñar.

Finalmente,

Se cierran.

Una botella en cámara lenta.

Cae.

Se rompe…

Rebota una y otra vez.

Se ven fragmentos en todas direcciones. También en cámara lenta.

Parece que fue un brindis que salió mal.

El vestido de una señora arruinado.

Eduardo se ríe con la boca abierta, pero sin sonido.

Parece reírse por dentro.

Eugenio baila con un sombrero de cowboy.

¿Bailando? ¿Eugenio está bailando?

No lo creo, él nunca baila.

Se ven muchas personas sin rostro, como de utilería, maniquíes que se mueven y sonríen y hablan.

Me veo de pronto caminando como borracho, pero no lo estoy.

Sé que no lo estoy.

“No he tomado tanto… pero siento como si flotara.”

¿Adónde voy?

Al baño, tal vez.

Un hombre con traje de lentejuelas me palmea el hombro y me dice:

—Tu secreto está a salvo conmigo.

Parece gringo, pero me habla en perfecto español.




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