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Capitulo 7: Pas de deux

Capítulo 7

Pas de deux

Escena 1: Los disfraces

Milagros: ¿Café, un fresco… o una cervecita?

Eugenio: Depende. ¿Cuál es la bebida para protegerse de confesar mentiras?

Milagros: Esa no está en la carta.

Eugenio: Entonces, café. Así, en caso de que me contradiga, siempre puedo culpar a la cafeína.

Milagros: (ríe con un dejo de ironía) Confieso que me gusta tu estilo evasivo. Ocultas la realidad con gran ingenio. Dices verdades como si fueran mentiras, y mentiras que irradian credibilidad absoluta.

Eugenio: ¿Y no es eso lo que venimos haciendo todos? Disfrazarnos.

Milagros: No todos, Eugenio. Algunos solo intentamos entender, asumiendo el costo de equivocarnos y no entender nada.

Eugenio: Ahí está, a mi modo de ver, un error tremendo. Entender en algunos contextos es una forma elegante de perder el tiempo. A veces no hay que entender, solo ver, oír, sentir.

Milagros: Está bien, puede que tengas razón en eso, pero ¿qué pasa cuando las evidencias son las que te encuentran a ti, aunque no las estuvieras buscando? ¿Qué pasa si logras encontrar lo que otros esconden?

Ambos se miran cara a cara y sonríen con complicidad, como si entendieran que no hay atajos, ni alternativas, ni sitio donde esconderse.

Eugenio: Entonces no nos escondamos más. Poné la primera pieza sobre la mesa.

Milagros se levanta lentamente mientras se deja ver en su rostro una leve sonrisa, que a la vez trata de disimular a los ojos de Eugenio. Toma un tablero de ajedrez que tenía como adorno en su sala y lo coloca en la mesita que servía de frontera entre ambos.

Milagros: La primera pieza ya está puesta: sos vos.

Termina la frase moviendo lentamente uno de sus peones hacia adelante, como si jugara; silencio breve, él sostiene la mirada.

Eugenio: Interesante. Entonces la segunda es esta: (mueve su peón negro también hacia adelante): Yo no vine a negarlo todo… vine solo a ver cuánto ya descubriste.

Escena 2: Descubriendo piezas.

El tablero sigue presente. Ambos juegan, pero ya menos concentrados en ganar. Lo que importa es lo que dicen. El ajedrez refleja sus personalidades en esta simulada partida. Milagros ataca con sus piezas blancas. Eugenio sabe muy bien cómo defenderse y esquivar amenazas, pero está atento para contraatacar en el menor descuido.

Milagros (moviendo la reina, tono firme): —Un guion casi perfecto… pero yo lo descubrí.

Eugenio (suelta una ligera carcajada, hace un sacrificio de alfil): —Entonces no fue tan perfecto. ¿De qué sirve un plan perfecto, si alguien logra desarmarlo rápidamente?

Milagros (captura el alfil sin dudar): —No fue el plan. Quien falló fue el actor. Él no estaba a la altura. Fue pésimo como actor.

(Silencio breve. Ambos se miran. Hay coincidencia.)

Eugenio: (mueve un peón hacia el centro del tablero) —Felipe nunca entendió que estaba en una partida, o más bien, su propia partida. Creía que jugaba damas, cuando en realidad era ajedrez.

Milagros: Definitivamente, a Felipe lo veo como un torpe mentiroso, pero tan torpe, que cae ingenuamente en sus propios enredos.

Eugenio: Vieras que no. —Hace una leve pausa mientras toma un sorbo de café, pero sin apartar la vista de los ojos de Milagros—. Felipe no fue abducido por alienígenas como vos ya sabés, pero sí fue “secuestrado”.

La palabra "secuestrado" fue pronunciada con un tono misterioso, mientras hacía con sus dedos el clásico gesto de entre comillas.

Milagros: ¿Secuestrado, dices? ¿Estás jugando de nuevo a tus intrigas?

Eugenio: No, en serio, Felipe siempre fue un tipo honesto, no programado para la mentira o el engaño. Eduardo, en cambio, más mentiroso e irresponsable es difícil encontrarlo, pero es un amigo común y, como tal, lo aceptamos. Quizás el secuestro no sea la palabra adecuada, pero sí fue instigado hasta el cansancio, para convencerle de que tenía derecho a divertirse un poco.

Milagros: Pero eso no es un secuestro. Él aceptó echar una canita al aire, como se dice coloquialmente.

Eugenio: Bueno, ahí es donde entro yo (confiesa, mientras mira hacia el suelo, como esquivando la mirada acusadora de Milagros). Yo le convencí de que con mi plan, jamás se notaría su ausencia.

Milagros (apoya el codo sobre la mesa, lo estudia): —Y vos… disfrutabas viendo cómo se movían las piezas, incluso las que no sabían que eran piezas de tu ajedrez.

Eugenio (sin molestarse, solo aceptando con frialdad): —Sí. Pero un buen guionista no lo controla todo. Siempre hay margen para la sorpresa. Y vos fuiste la sorpresa.

Milagros se queda quieta. Sonríe apenas, aunque con un dejo de amargura. Avanza un peón con lentitud.

Milagros: —Tal vez. Aunque no siempre es un mérito descubrir la mentira. A veces es una condena. Una condena con que hay que cargar por el descubrimiento que no debió hacerse.

Eugenio la observa. Su tono se suaviza, como quien percibe una grieta invisible. Una debilidad en su oponente que debe aprovechar para contraatacar, pero decide otra cosa. Para él, la partida ya terminó; solo espera que su oponente se dé cuenta.

Eugenio: —¿Una condena… o una oportunidad?, ¿un triste final o un nuevo comienzo? Todo depende de cómo lo mires.




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