Prohibido cruzar la línea #2

Capítulo 6

Capítulo 6

Tina Jonshon:

Cálmate, cálmate. Solo fue un instante, no más.

Un maldito instante que mandó al demonio lo que oculté por años. Maldito pelinegro, ¿por qué tenía que quedarse viéndome de esa forma tan... extraña? ¿Por qué demonios miró mis labios? ¿Por qué, maldita sea, tuvo que sonreírme así?

Gimoteo, dejando caer suavemente mi cabeza contra la mesa, maldiciendo mentalmente en italiano a mis ancestros.

—¿Estás bien? —Malú me habla en un tono bajo, inclinándose al mismo tiempo hacia mí— Puedes contármelo.

Sonrío sin un gramo de diversión.

—Ni siquiera puedo decírmelo a mí misma, ¿cómo podría haberlo con alguien más? —lloriqueo, sintiéndome patética en pleno salón de Alemán Avanzado.

Doy un brinco en mi asiento, al sentir una mano en mi hombro.

—¿Tina?

Maldita sea, es Randy. Actúa normal, Tina, por amor a Dios.

—¿Te sientes bien?

Con todo el esfuerzo de mi alma, me enderezo y me volteo sobre mi lugar para verlo y sonrío lo más natural posible.

—Perfettamente. —respondo lo más tranquila que puedo aparentar.

Frunce ligeramente el ceño, y sé que no me cree del todo, pero lo deja pasar prestando atención a la conversación que tiene con Javier, el chico a su lado. El mismo que le gusta a Malú y jugaba fútbol con Randall el lunes.

—¿Tiene que ver con Randy?

Ahogo un jadeo del susto que me provoca Malú, volviendo a acercarse a hablar bajito sin yo darme cuenta.

—No —miento—. ¿Por qué lo preguntas?

—Ya va —rueda los ojos—, ¿qué paso entre ustedes?

Podría desahogarme, quizás no aquí ni ahora, pero en otro momento y lugar. Sin embargo, opté por mantener mi postura de negación:

—Nada. ¿Por qué habría de pasar algo?

Está a punto de hablar —seguramente para refutar y sacarme la verdad—, cuando ingresa una mujer esbelta, de cabello negro, y una expresión de «háblame y te hago desaparecer». A su paso, todo aquello que mantenía una conversación antes de su llegada, enmudecieron de inmediato con toda la atención sobre ella.

—Buenos días. —murmura, avanzando hacia el escritorio.

—¿Esa es la profesora de Alemán Avanzado? —dice Malú en un tono aún más bajo, si cabe— Tiene un aire tenebroso, como de cementerio. ¿No crees?

—Lo tiene —respondo, antes de apartar la mirada y verla a ella—. ¿Pero no conocías a todos los docentes?

—Ella entró nueva este año —explica, y ambas volvemos a mirar a al susodicha—. Mirti, quien ocupaba su puesto, renunció de pronto sin dar explicaciones. Es la primera vez que la veo.

Ambas guardamos silencio cuando la profesora se presenta con una frialdad peor que el Everest y da su clase con una cara de «odio a todo el mundo».

**

Malú sacude su mano a modo despedida y con una pequeña sonrisa le devuelvo el gesto. Solo que, antes de perderla de vista, me hace un gesto que interpreto como «italiana, ayúdame con eso». No es la primera vez que me lo dice tal cual, desde que fue pillada por Javier, quien estaba charlando con Randy, me ha pedido que le consiga el número del chico a través de Randy. Y no ha parado de repetirlo, poniendo de excusa que es el amor de su vida predestinado y no podía dejarlo escapar.

—¿Y por qué no vas directamente a pedirle su número? —Le pregunté la primera vez que me pidió hacerlo, en un descanso de la clase optativa.

Malú puso una cara de sufrimiento absoluto, antes de responder:

—Cada vez que me le acerco, el maldito destino decide que es un buen momento para interrumpir.

Pensé que estaba de broma o le gustaba ese rollo de intermediarios tipo libro de romance juvenil. Pero la ragazza no mentía. Se dio la vuelta e intentó saludarlo, pero justo la profesora le preguntó algo de la clase a Javier.

La segunda vez, la clase había acabado y estábamos recogiendo. El salón estaba casi vacío y ella vio una oportunidad, pero justo le sonó el teléfono al chico y contestó la llamada sin percatarse de la presencia de Malú.

Y la tercera vez, fue en pleno pasillo. Hace un momento. Ya había acabado la llamada y murmuró un «ahora sí» antes de echarse a correr hacia él. Fue rodeado de una multitud de chicas que lo arrastraron a sabrá Dios dónde.

—¿Ya ves? —dijo con una expresión decaída.

Así que bueno, decidí echarle una mano. No perdía nada con ayudarla. Solo tengo que ver cómo le pregunto a Randy.

Aunque, ¿por qué me preocupa lo que pensará mi mejor amigo al preguntarte por Javier?

—¿Malú no viene esta vez?

Hablando del rey de Roma, Randy me alcanza casi a carreras y camina a mi ritmo. Afortunadamente, mis nervios se apaciguaron a mitad de la clase y no parecen tener intenciones de regresar.

—Va a esperar a su padre —respondo, mientras cruzamos el umbral de la facultad—. Randy, necesito un favor.

Asiente sin dudarlo.

—Lo que necesites.

—Ese chico... Javier —hago una pausa—. ¿Podrías conseguirme su número?

Me detengo cuando él lo hace primero. Y cuando pensé que los nervios, o lo que sea que fueran, no volverían por hoy decidieron volver duplicados justo cuando esa mirada de cielo me observa fijamente.

—¿Qué?

—¿Puedes conseguirme su número? —repito, cada palabra saliendo más baja que la anterior.

Odio no poder saber qué es lo que piensa ahora mismo. Su rostro, aunque lleno de asombro, oculta una emoción que no sé leer. Y me frustra, pero no puedo hacer nada.

—¿Qué?

Frunzo el ceño ligeramente.

—Que si puedes conse...

—Ya sé —me interrumpe, con cierta brusquedad. Mira hacia cualquier lado antes de mirarme con esa expresión que empiezo a odiar—. ¿Por qué quieres su número?

Malú me hizo prometerle que no dijera que el número lo conseguiría para ella. Ni siquiera a Randy si me preguntaba. Me lanzó un par de leyes de la amistad que según ella son inquebrantables y que aunque mi mejor amigo llegó primero que ella, la ley es la ley.

Mira en la encrucijada a la que me expones, Malú Santana.




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