Nada. No sentía nada, como si aquellos misteriosos vientos que habían aparecido ante sus pies se hubieran llevado toda su preocupación, concediéndole el más placentero de los sueños. Pero ella no lo recordaba. Su dolor fue tan extremo que acabó nublando sus recuerdos, y de ahí que despertara sin tener ni idea de la marca que se ocultaba en su mano derecha. Una marca que ni siquiera podía verse a simple vista, y que solo aparecía cuando se le requería, pero por ahora solo hubo silencio. Un silencio mortal.
Después de levantar un poco la cabeza y abrir los ojos, nuestra chica Talia se encontró en un espacio envuelto en oscuridad. Otra vez.
Le costaba mucho moverse. Otra vez.
Y ni siquiera podía ver nada de lo que se encontraba a su alrededor. Otra vez.
No obstante, había una diferencia muy clara con la última detención, no por el hecho de que estaba colocada boca abajo sino por no poder moverse de su posición. Talia se sentía encajonada, con la frente chocando contra unas barras de metal que había delante de ella. Lo mismo ocurría con sus pies en el lado opuesto, que pisaban y aplastaban otras barras sin que estas se movieran de su sitio. Ni siquiera era capaz de levantar la espalda sin que chocara contra el techo. Y de los laterales, mejor ni hablar, también llenos de barras que la mantenían allí prisionera.
El resultado de todo esto la llevó a sacar una sola conclusión. Una sola y trágica conclusión.
—(¡Estoy encerrada! ¡Otra vez!) —pensó ella misma, causándole un gran pánico en su interior. Su nueva situación le recordaba a la celda de las mazmorras del castillo, habiendo estado allí encerrada hasta que la sacaron para que asistiera al juicio de su padre. Sin embargo, esta vez era peor: ni siquiera tenía espacio para estirarse o para caminar. Era evidente que le habían empeorado la condena.
Críticas a la jaula aparte, el entorno en donde se encontraba también le resultaba diferente. Ni siquiera había iluminación como para poder ver a su alrededor, también contraria a las lámparas de luz cálida que se encontraban pegadas a los muros rocosos de los calabozos. Aquel vacío de oscuridad incomodó un poco a Talia, aunque no tanto para causarle nictofobia. Solo quería descubrir dónde se encontraba, o al menos encontrarse con algún guardia que le confirmara su nuevo ingreso en las cárceles del palacio. Eso le bastaba para sentirse mejor consigo misma, y por eso alzó la voz: para encontrar una respuesta a lo que le inquietaba.
—¿Hola? —gritó Talia con fuerza, intentando llamar la atención de la forma más simple posible—. ¿Hay alguien aquí? ¡Por favor, que alguien me saque de aquí!
No obstante, al contrario de lo que esperaba, las voces que escuchó estaban lejos de ser adultas, y mucho menos pertenecían a los imperiales.
—¡A callar, zorra! —gritó otra chica de repente.
—¡Sí, eso! ¡Cállate ya! —la siguió una chica diferente.
—¿Q-quiénes sois vosotras? —preguntó Talia.
—¡Nadie! —gritó otra voz—. ¡No somos nadie, así que déjanos dormir en paz!
—Si yo solo quería...
—¡No nos importa, joder! —interrumpió una cuarta—. ¡Cierra el pico de una vez!
De repente, más voces de chicas sobresaltaron, y todas ellas se centraron tanto en criticar a nuestra chica como en mandar a callar a las otras para poder dormir mejor. Cualquiera lo confundiría con un corral de gallinas, o con un zoológico dado que todas ellas también estaban encerradas en jaulas muy similares a la de Talia, aunque ella no lo pudiera ver por ahora.
—(¿Pero qué está ocurriendo aquí?) —pensó Talia, también temiendo por la respuesta.
Sin embargo, todo aquel griterío acabó con el crujido de una puerta, que se estaba abriendo en ese mismo momento. Por ella pasó un hombre con un aspecto bastante siniestro, cuya cara reflejaba el mal día que había tenido y la molestia que aquellas chicas le estaban causando. Se le pudo ver gracias a la lámpara que llevaba en su mano, y su siguiente grito atraería aún más la atención:
—¡Sileeeeeencio! —gritó el hombre con fuerza, con la voz más áspera de todas.
Ninguna de las otras chicas volvió a abrir la boca, temiendo las consecuencias que la desobediencia implicara. Y con ellas en silencio, aquel hombre con pintas de macarra fue andando a paso lento a través de las filas de jaulas, iluminando cada una de ellas para observar a aquellas chicas muertas de miedo. Pronto llegaría a la jaula de Talia, y no pensaba que fuera a tener problemas con ella, pero se equivocaba. Es más, fue Talia quien llamó su atención.
—¡Ey, señor! —gritó nuestra chica—. ¡Por favor, sácame de aquí!
El macarra no recibió sus quejas con mucha gracia, acercándose a la jaula de Talia mientras sacaba una porra de seguridad de su cinturón.
—¿Te atreves a dirigirte a mí, esclava? —soltó este furioso macarra.
—¿Esclava? —se preguntó Talia—. No, no, no. Esto tiene que ser un error. Seguro que os estáis confundiendo con otra persona. Yo no soy ninguna esclava, sino una ciudadana americana...—pero se calló al instante cuando el hombre golpeó los dedos de su mano derecha con la porra, haciendo que nuestra chica retirara la mano mientras aguantaba el dolor.
—¡Te lo advertí, cría de las narices! —dijo este vil macarra—. ¡Vuelve a abrir la boca otra vez y te llevaré directa al jefe!