Romance de los Tres Vientos - Acto 2

Capítulo 12. La flor de la muerte

Pobre de aquellos que ignoraban, pues la muerte estaba más cerca de lo que pensaban.

Después de encontrar el cadáver de su compañero junto a la esclava, el segundo macarra entró en pánico y alertó con gritos a toda la base. Los demás esclavistas actuaron ante la emergencia y se armaron hasta los dientes para controlar la situación, sin conocer lo que de verdad les esperaba. No obstante, nuestra atención sería puesta en el mismo macarra que había dado la alarma, cuyo verdadero destino era la enfermería de la base, justo donde se encontraba uno de los dos oficiales de la banda. Y tras entrar por la puerta con el más fuerte placaje, este se apresuró en llegar hasta el oficial, pillándolo ocupado organizando sus preciados instrumento de cirugía. Aquel oficial no era nada más y nada menos que el siniestro doctor de negro, el mismo que había llevado a Marie de vuelta a su prisión.

—¡Señor, tenemos una emergencia! —gritó el macarra tras cruzar la puerta—. ¡Los esclavos se han liberados de las jaulas!

El doctor de negro arrojó los utensilios de cirugía en la bandeja de plata y se encaró con este esclavista, sin mostrar ningún aprecio por él.

—Me estás tomando el pelo, ¿no? —soltó aquel furioso doctor.

—¿A qué se refiere? —preguntó el confuso macarra.

Decepcionado por la ignorancia de aquel esclavista, el doctor fue hasta él y colocó la mano derecha en su hombro, con la necesidad de explicárselo mejor.

—Hace aproximadamente unos treinta minutos vendimos a la gran mayoría de esclavos que tenemos. Por lo que Hardwoods me contó antes de irse con Andreas, lo único que no pudimos vender fue a una esclava que adquirimos recientemente. Sabes a dónde quiero ir a parar, ¿no?

El macarra quiso contestar, pero fue severamente interrumpido por el doctor, prefiriendo ir directo al grano.

—¡Solo nos queda una mísera esclava en el almacén! —pronunció con fuerza el doctor—. ¡Una! ¡Sola! ¡Esclava! ¿Y me estás diciendo que no pudiste hacer nada salvo correr y gritar como una nenaza?

—Eh... ¡Sí! —respondió el macarra, sudando la gota gorda—. Por supuesto que pude haber hecho algo, pero no sabía a cuántos me enfrentaba, o si estaban armados o no. Es decir, ¡la chica mató al carcelero como si nada! ¡Podía haber sido el siguiente!

El doctor de negro suspiró de agotamiento y condujo al macarra hacia el exterior de su consulta a base de fuertes empujones. Después terminó echándolo con un empujón final, dejándole clara su siguiente orden:

—Ya me he cansado de tus excusas. ¡Ve allí y tráeme a esa esclava! ¡Ahora!

—Emm... ¿La quiere viva o muerta?

—¿En serio tengo que decirlo? ¡Ve a por ella de una vez!

—¡D-delo por hecho, jefe! ¡Enseguida vuelvo!

El macarra, presa del miedo, se apresuró en salir por el arco de la misma puerta que había usado para entrar, todo para contentar al oficial que tanto le aterraba. Mas su error fue poner un pie en el exterior, encontrándose con alguien mucho más aterrador que él. En un simple instante, una raya rojiza apareció por la cara del esclavista, y poco después la cabeza se dividió en dos, cayendo al suelo para crear un charco de sangre a su alrededor. Ni cinco segundos duró. Ni tuvo tiempo para reaccionar ante su inminente final. Simplemente murió.

No obstante, su asesina aún no había quedado satisfecha. No hasta haberlos asesinado a todos. Así pensó. Así actuó. Así continuó. Porque Talia no se detendría por nada. Esa gente merecía justicia, y para ella el precio a pagar era la muerte.

Con aquel último macarra quitado de encima, Talia subió la vista hacia su nuevo objetivo: el doctor de negro. Sin embargo, este hombre no iba a dejarse matar tan fácilmente, que avanzó con rapidez hacia la puerta para cerrarla y colocarle el pestillo. Pensó que así ganaría más tiempo, porque no tenía otra que luchar para salir con vida de esta. Su sala de operaciones solo tenía una puerta, siendo ocupada por Talia en ese momento, y esconderse no era una opción entre aquellos diminutos armarios. El doctor se apresuró y rebuscó entre los cajones hasta encontrar su par de nudilleras favorito, creyendo que eso sería suficiente como para hacerle frente a la esclava asesina que le acechaba. Y creyó mal.

De repente, el doctor de negro escuchó algo muy pesado caer justo a su espalda. Se trataba de la puerta misma, tirada abajo por Talia al no querer seguir esperando. Había hecho un corte por la ranura para desencajarla, y con una patada más la tiró al suelo. No obstante, aquella esclava tuvo que girarse hacia atrás, escuchando el grito de guerra que soltó uno de los macarras cuando venía corriendo a por ella. Fue un ruido molesto, pero no era nada que los vientos cortantes no pudieran solucionar. Otro simple movimiento de mano y la cabeza del macarra se dividió en dos, atravesando cada extremo de su boca. Otra muerte instantánea.

Ahora el doctor tenía toda su atención. Talia volvió a centrarse en él y preparó los dedos de su mano marcada mientras se acercaba a él paso a paso. Por otro lado, el doctor ni siquiera se molestó en atacar con las nudilleras que tenía en sus manos. Había visto suficiente como para saber que cualquiera de sus movimientos terminarían siendo inútiles contra la chica. Aquellos poderes anormales no podían vencerse con métodos convencionales, y sin un método lógico de su parte, no le quedaba nada que le protegiese. Nada salvo la palabra misma.

—¡Bien, tú ganas! —dijo el doctor, quitándose las nudilleras y poniendo las manos a la vista—. ¡Me rindo!

—¿Te... rindes? —soltó Talia, asqueando en respuesta—. ¿En serio crees que tus súplicas van a servir de algo? ¡Eres un maldito esclavista! ¡Alguien como tú no merece ningún perdón!

—¡Por favor, escúchame! Solo soy un simple doctor. Me contrataron para curar tanto a los miembros de la banda como a los esclavos. ¡Ni siquiera comparto sus ideales!

El doctor iba a seguir justificando su presencia y sus acciones, pero fue interrumpido con el alzamiento de mano de Talia, apuntándole con los dos dedos cortadores.



#1235 en Fantasía

En el texto hay: mitos, drama, bildungsroman

Editado: 08.11.2026

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