El abismo terminó, y sus ojos se abrieron de nuevo ante la inminente realidad:
Aún seguía en aquella jaula.
Aún seguía en aquel almacén.
Aún seguía siendo una esclava.
Aún seguía con vida, al menos de momento, porque todo podía cambiar en aquel infierno. Solo el tiempo lo diría.
Una vez fue consciente de la realidad, nuestra chica Talia despertó con muchos más dolores de los que esperaba. Aquella jaula horizontal no hizo más que prolongar su sufrimiento, empujándola a reflexionar sobre el tormento existencial al que debían de haber sido sometidos aquellos niños, esclavizados mucho antes que ella. ¿Quién podría soportar semejantes condiciones? O, más bien, ¿qué clase de monstruo sería capaz de condenar a unos niños a semejante horror? De nada serviría preguntárselo, ni cuestionar la moralidad de los demonios que habitan aquel infierno. Allí solo existía el sufrimiento.
Talia levantó la cabeza, o al menos hasta hacerla chocar contra las barras del techo, y luego echó un vistazo a su alrededor, comprobando que aún se encontraba en la misma jaula de esclavos, tan estrecha y asfixiante como la recordaba. Eso la dejó dudando de su pasada experiencia. ¿Qué había sido del espacio infinito de estrellas? ¿Qué había sido de la gigantesca serpiente? ¿Y dónde estaba la marca de su mano, junto con los símbolos que había creado en su cuerpo? ¿Acaso lo había soñado todo? Y lo más importante de todo: ¿quién le estaba dando toquecitos en la cabeza? Talia se sobresaltó y se volvió de inmediato hacia quien había interrumpido sus pensamientos. No era otro que su vecino Armando, que trataba de llamar su atención.
—¡Dhalia! —le llamó él—. ¡Arriba, señorita Dhalia!
Talia se tomó su tiempo para despertarse como era debido, estirando las extremidades tanto como le permitían las barras y soltando un pequeño bostezo, tapándolo con la mano.
—Buenos días, Armando —dijo Talia tras terminar—. ¿Quieres algo?
—¿Yo? ¡Pues despertarte, por supuesto! Toca desayunar dentro de poco, y esos malditos bastardos no esperan por nadie. Si te saltas la hora te quedas sin comer. Así es como funciona.
—Es bueno saberlo —Talia se estiró un poco, o más bien lo máximo que le dejó aquella jaula horizontal—. Ahora sí que estoy despierta. ¿Y tú? ¿Cómo vas por ahí al lado?
—No me puedo quejar. Acomodación asequible, ventilación por todos lados, vistas a la mujer más preciosa de todas...
—¿Nunca te cansas de ser tan halagador? —tuvo Talia que decir, aunque con una pequeña sonrisa en la boca—. En serio, nunca he conocido a alguien que pudiera soltar tantos piropos en tan poco tiempo.
—Es la sangre de Surinam, siempre ardiendo en mis venas —Armando terminó riéndose de sus propias palabras—. No me hagas ni caso. Solo es que me gusta imitar a mi hermano mayor. Él fue quien me enseñó el arte del mujeriego.
—¿Y te funciona? —preguntó ella, aunque de forma irónica.
—Solo a veces, en mejores condiciones que esta, pero tú eres quien tiene la última palabra. ¿Acaso te he seducido con mi sensual acento sureño?
Era uno de esos momentos en los que no se sabía si estaba bromeando o lo decía en serio.
—Sigue intentándolo —contestó Talia, guiño de ojos incluido.
—¿Me estás tentado? —preguntó él, jugueteando con ella.
—Tal vez, tal vez —Talia no pudo evitar reírse al respecto—. Lo siento, es que soy muy mala con este tipo de conversaciones. Esperaba que hablar con un chico fuera menos... complicado, con menos piropos de por medio.
—No estás acostumbrada, ¿eh?
Talia se sonrojó un poco. Le sentaría extraño decirlo, pero no era necesario ocultarlo, así que lo dijo de todos modos.
—Me da vergüenza admitirlo, pero eres el primer chico de mi edad que conozco. Bueno... No tan “de mi edad”, pero creo que me hago entender.
Armando asintió, aunque tardó un poco en comprenderlo.
—No te preocupes, Dhal. Tengo cierta experiencia con chicas tímidas.
—Mmm... Yo no lo describiría como timidez. Es más bien falta de práctica. Seguro que tarde o temprano me acabaré acostumbrando.
—En ese caso, estaré dispuesto a escucharte en lo que sea. De todos modos, hay mucho que contarnos, pero antes, necesito que me devuelvas el favor.
—¿Un favor? ¿Qué clase de favor?
—Te lo diré si te acercas a las barras. Pega la oreja al menos. Solo será un momento.
Talia obedeció y acercó la oreja más pegada a la jaula, mientras Armando colocaba su boca cerca de las barras para susurrarle ciertas palabras:
—¿Podrías saludar también a Marie? Igual así le alegras el día. No es que las otras chicas sean muy colaborativas.
—¿Tan brujas son? —preguntó Talia con desprecio, aunque en voz baja para no alterarlas de nuevo—. ¡Pfff! Seguro que lo único que saben hacer es arruinar el día a los demás. Menuda panda de engendros.
Sin embargo, Armando lo negó con la cabeza, muestra de su desaprobación.
—Por favor, no les guardes rencor. Tú eres nueva aquí, Dhal. Alguien que no sabe mucho del mundo de la esclavitud. Pero nosotros, o la mayoría de nosotros, llevamos ya un buen tiempo en este “oficio”. Cuando uno se acostumbra a vivir así, las lágrimas terminan dando paso a otras emociones: la ira, como les ocurrió a las chicas que te gritaron, o la indiferencia, como en mi caso. Cada uno afronta el dolor a su manera, así que, por favor, no las juzgues con demasiada dureza.